Italia después de Silvio Berlusconi

La dimisión de Silvio Berlusconi como primer ministro de Italia no supone, contra lo que muchos creen, su fin sino el principio del fin. Il Cavaliere no va a desaparecer de escena de la noche a la mañana. A través de sus vastas redes en el sector público y en el privado, su influencia en los asuntos italianos se dejará sentir en el futuro inmediato y aún más allá. Sin embargo, a pesar de haber protagonizado varias reapariciones siempre con éxito, sus posibles intentos futuros para volver a la política serán mucho menos eficaces. Mientras que la credibilidad de Berlusconi en el extranjero está ya irremediablemente echada a perder, su legitimidad mengua y mengua de manera constante dentro de su país. Como cualquier personaje que se hace mayor a gran velocidad, cada vez está más desconectado de la realidad política.

El auténtico estado de necesidad en el que vive el país transalpino ha impuesto un Gobierno tecnocrático, encabezado por el prestigioso economista Mario Monti, que debería durar hasta 2013, la fecha en que están previstas oficialmente las elecciones. Pero durante este periodo los problemas de Italia no se van a resolver. Los objetivos del Ejecutivo de transición han de ser el de colocar a Italia en una trayectoria decidida de reformas y proporcionar a los mercados internacionales un grado notable de certidumbre.

Y hasta que se promulguen y se pongan en práctica las reformas pertinentes, resultaría excesivamente arriesgado e inútil, dicho lisa y llanamente, la realización de elecciones de cualquier tipo. No supondría sino otro proceso más de pérdida de tiempo y de enfrentamientos. La incertidumbre y sus consecuencias serían desastrosas, tanto en el plano nacional como en el internacional. A Italia se le ha agotado el tiempo para fijar el proceso y el ritmo de las reformas. Los fracasos anteriores ya no permiten más margen. La incapacidad para abordar de manera eficaz los cambios estructurales que deberían haberse acometido hace tiempo se traducirá en que la transformación habrá de llevarse a cabo a través de medidas más estrictas. Ahora son imprescindibles mayores sacrificios colectivos.

El nuevo Gobierno habrá de adoptar con firmeza decisiones inexcusables, por lo general impopulares, que le pondrán incesantemente a prueba ante la opinión pública y el conjunto de las fuerzas del atomizado arco parlamentario. Para el futuro de Italia son fundamentales un empeño y una perseverancia implacables en la resolución de los problemas. La necesidad imperiosa de reformas estructurales y de mayor desregulación se acompaña de la necesidad de impulsar la competitividad y el crecimiento, elementos indispensables para el éxito a largo plazo.

Mientras siguen sin resolverse los problemas crónicos de Italia, persiste un elevadísimo nivel de polarización política, como también se mantiene invariable el fracaso de Italia a la hora de adaptarse a un mundo cada vez más globalizado. Con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, Italia se está convirtiendo de manera cada vez más evidente en una nación de pensionistas, gobernada por pensionistas en beneficio de pensionistas. Una especie de gerontocracia con una pizca de meritocracia, si es que hay alguna. En Italia se considera dirigente político joven a cualquiera que ya haya cumplido los 50 años.

La impresión dominante sobre los políticos es que su propósito no es el de servir al público sino aprovecharse de él y distribuir el botín entre los leales con el fin de garantizar la supervivencia y el instinto de conservación. Para los jóvenes italianos, el ascenso social no es un proceso fluido. Las conexiones personales o la tutela a la sombra de un protector han pasado a ser una garantía más segura de éxito. Algunos de los mejores y más brillantes jóvenes italianos optan por buscar oportunidades en el extranjero para encontrar una mayor meritocracia y resultados equitativos a cambio de su esfuerzo laboral.

En el ámbito corporativo, muchas de las más grandes multinacionales de Italia se han adaptado a la globalización. Sin embargo, numerosísimas empresas pequeñas y medianas, en gran parte responsables del éxito económico de la nación en la posguerra, tienen problemas para competir. Para una sociedad que ha disfrutado de décadas de generosas ayudas a cargo del Estado, la modificación o la revocación de lo que se considera un derecho va a resultar extremadamente difícil, lo que va a suponer no sólo un cambio económico sino también cultural en un país en el que la dependencia del Estado predomina en multitud de sectores y está profundamente arraigada en la cultura política.

En tanto que octava economía más importante del mundo, Italia pelea sistemáticamente por debajo de la categoría correspondiente a su peso. Puesto que se mantiene en esa misma trayectoria, y puesto que surgen nuevas potencias a nivel mundial, se quedará inevitablemente relegada. Su clase política tradicional pierde mucho en cuanto a competencia cuando se la compara con su clase empresarial. Italia sigue siendo una nación incapaz de dar rienda suelta a su abundancia de talento, que en una gran parte sigue buscando oportunidades en el extranjero, lo que perjudica de manera importante la competitividad y el crecimiento del país.

Italia cuenta con una de las economías más excesivamente reguladas del mundo desarrollado y con uno de los índices más bajos de productividad laboral. La reforma laboral y la de las pensiones y la desregulación siguen siendo prioridades esenciales. Unos sindicatos demasiado poderosos siguen ejerciendo una influencia desproporcionada sobre la política nacional. La corrupción y la delincuencia organizada de las regiones del sur de Italia siguen obstaculizando el desarrollo económico.

En cuanto a la era posberlusconiana, se abre la puerta a una posible realineación de la política italiana. Podría surgir un bloque centrista bastante grande que se constituyera en un potente factor de determinación de los futuros gobiernos. Sería una combinación de antiguos demócrata-cristianos, desertores del partido de Berlusconi y elementos centristas desencantados del principal partido de centro izquierda, el Partito Democratico. Mientras que el centro-derecha de Berlusconi intentará consolidar sus filas, el centro-izquierda tendrá problemas para superar las divisiones. En medio de la confusión de los últimos meses, el centro-izquierda italiano ha fracasado por completo a la hora de tomar la iniciativa política. En parte, eso es lo que ha contribuido a prolongar la supervivencia de Berlusconi.

¿Hay una herencia de Berlusconi?

Visto retrospectivamente, Il Cavaliere ha tenido una oportunidad histórica de reformar Italia, sobre todo después de conseguir la mayoría parlamentaria absoluta en 2008. La desperdició por culpa de sus limitaciones personales en buena medida y también por su incapacidad para gestionar eficazmente la economía y el sistema político italiano. Al final, sus fracasos le han acarreado esta dimisión forzosa.

A lo largo de sus 20 años de carrera política, Berlusconi ha exhibido una impecable capacidad de resistencia. En el plano interno, ha sobrevivido a más de 50 mociones de confianza, a escándalos, a juicios y a polémicas varias, sometido todo en mayor o menor medida a su influencia. Sin embargo, la presión actual de los mercados ha resultado ser abrumadoramente arrolladora incluso para el aura de invencibilidad y omnipotencia de Berlusconi. No deja de ser irónico que su derrota más humillante le haya sido infligida en gran medida por circunstancias externas más allá de su control. En menos de 48 horas vertigionosas, con la prima de riesgo alcanzando el techo histórico de los 500 puntos, se convirtió en la segunda víctima de la crisis de la Eurozona en una semana, tras la caída del primer ministro griego Yorgos Papandreu.

Berlusconi se convirtió en gran medida en víctima de su propia arrogancia. Por más que a muchos italianos les hicieran antes gracia sus payasadas, con el tiempo pasaron a ser algo fastidioso y especialmente inaceptables para el importante bloque de votantes católicos seguidores de su partido. La actitud de infalibilidad de Berlusconi también llegó a ser insostenible. La sensación de que él no debía rendir cuentas a nadie más que a sí mismo creó resentimiento incluso entre sus partidarios acérrimos. Todo esto se complicó aún más ante la sensación de que había un Gobierno que no hacía nada y que no producía ningún resultado.

Desde la perspectiva de Berlusconi, lo han apuñalado por la espalda. A fin de cuentas, según su relato, fue él quien salvó a Italia de la extrema izquierda y por tanto estaba en su derecho de gobernar a su antojo y de abandonar el poder cuando le viniera bien. Pensar lo contrario es cometer traición.

Eran muchos los que estaban impacientes por desembarazarse de Berlusconi, y cuanto antes, mejor. Algunos, por motivaciones ideológicas; otros, simplemente, cansados de polémicas y del estancamiento de la situación política. Puede que sea demasiado pronto para escribir su necrología política. «Yo no me rindo», declaró ayer desafiante ante la prensa. Sin embargo, lo cierto es que muchos ya han empezado a redactarla en serio.

Por Marco Vicenzino, director del think tank Global Strategy Project, con sede en Washington, EEUU.

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