Italia: no hay tiempo para la inacción

Por Marco Vicenzino, director de Global Strategy Project (EL MUNDO, 16/05/08):

Mientras Silvio Berlusconi celebra su tercer retorno a la Jefatura del Gobierno, la rápida inflexión de Italia hacia el deterioro económico sigue su camino sin que nadie se lo impida. Cualquier Gobierno italiano, independientemente de su filiación ideológica, tendría escasas opciones, en caso de que tuviera alguna. La única forma de salir adelante es acometer una reforma estructural. La inminente crisis económica que se cierne sobre Italia puede alcanzar pronto un punto de no retorno si no se emprenden acciones inmediatas. La situación requiere una voluntad colectiva de buscar soluciones y, por encima de todo, un esfuerzo colectivo para introducir las reformas que se necesitan desesperadamente. El nuevo Gobierno de Berlusconi debe mostrarse fuerte, eficaz y capaz de tomar las decisiones que hacen falta, duras y en muchos casos impopulares. Italia todavía ha de pasar por las severas reformas que introdujeron otros países europeos, como el Reino Unido en los años 80 bajo Margaret Thatcher.

Limpiar la basura de Nápoles y resolver el impasse en que se halla la línea aérea nacional de Italia, Alitalia, que está al borde de la bancarrota, puede ayudar a crear una tendencia y a establecer el tono de una nueva etapa en la que hay que actuar. Sin embargo, la continuidad en la acción y la voluntad de enfrentarse a obstáculos mayores e introducir cambios más profundos pondrán permanentemente a prueba al nuevo Gobierno. Persistir y perseverar sin descanso en la solución de los problemas es fundamental para su éxito y el futuro de Italia.

La economía italiana prevé un crecimiento cero el año que viene. Italia tiene el sistema más sobrerregulado y la tasa más baja de productividad laboral del mundo desarrollado. La reforma del mercado de trabajo y el sistema de pensiones, así como la desregulación siguen siendo prioridades esenciales.

Unos sindicatos poderosos en exceso continúan ejerciendo una influencia desproporcionada sobre la política nacional, como lo demuestra la reciente debacle de Alitalia. La corrupción y el crimen organizado en las regiones meridionales de Italia siguen obstaculizando el desarrollo económico.

Con más de 150 partidos compitiendo a nivel nacional y local, el resultado de las últimas elecciones supuso una reducción significativa y muy necesaria de las formaciones representadas en el Parlamento. Aunque la consolidación de los partidos políticos todavía no ha terminado, la regionalista Liga del Norte, que duplicó su número de votos, es potencialmente el partido bisagra. Antigua compañera de coalición, es probable que la Liga colabore en líneas generales, pero sigue mostrando su oposición en ciertos asuntos, como la devolución del poder y la reforma económica. En el momento actual, hay menos partidos en el Parlamento que permitan augurar un Gobierno estable y una acción eficaz. La reforma electoral, en cualquier caso, sigue teniendo una importancia fundamental de cara a asegurar la estabilidad de futuros gobiernos.

Los italianos siguen estando, en líneas generales, desilusionados con el estado de las cosas y con el establishment político. Aunque la participación fue más baja que en las elecciones anteriores, una tasa del 80% sigue siendo impresionante si se compara con otras democracias del mundo desarrollado. A los votantes les impulsó no tanto su amor por un candidato como su antipatía hacia el contrario.

Con la economía más cuestionada de los grandes países de Europa, la imagen que tiene de Italia mucha gente de fuera es la de una nación que niega sus realidades económicas. Hay quien puede sacar la conclusión de que los italianos no son un auditorio receptivo, dispuesto a escuchar o aceptar las inevitables demandas que se necesitan para reactivar la economía. Aunque poca gente negaría la necesidad de una reforma económica, alcanzar un consenso sobre cómo llevarla a cabo sigue siendo el reto fundamental.

Hasta ahora, buena parte de la dificultad de llegar a él puede atribuirse a la falta de un liderazgo creíble en todo el espectro político, en Italia y en la Unión Europea, que transmitiera con objetividad y eficacia las realidades y desafíos de la globalización, cómo y por qué van a influir en la vida cotidiana, los sacrificios y ajustes que se requieren para garantizar y corregir ciertas prestaciones sociales y las oportunidades a largo plazo de las que se dispone para integrarse en una economía más global.

Actualmente, Italia todavía tiene un plazo para determinar el proceso y el ritmo de los cambios. No obstante, si se demorara la toma de medidas resueltas, la crisis se haría realidad en un futuro no muy lejano, lo que obligaría a Italia a emprender por necesidad las transformaciones por medio de medidas radicales y bajo circunstancias y condiciones más severas.

El fracaso de la clase política italiana a la hora de conectar con los ciudadanos de a pie contribuye a que crezca la división entre los gobernantes y los gobernados. Un líder debe tener la capacidad de percibir y sintonizar con las necesidades del pueblo y de comprender sus problemas. El nuevo Gobierno ha de ser capaz de insuflar e inspirar una sensación de que existe un objetivo nacional y convencer a los ciudadanos de que la reforma es una necesidad colectiva que sólo puede llevarse a cabo con un esfuerzo colectivo. No hacerlo terminaría produciendo una mayor desilusión de los ciudadanos con el estado de las cosas y alimentaría la incertidumbre y el miedo al futuro. Si no fuera capaz de transmitir una visión de futuro y un sentido de la oportunidad, se asestaría un golpe trágico a la juventud italiana y los pilares de cualquier sociedad libre quedarían erosionados.

A diferencia de las elecciones de 2006, en las que Irak fue un asunto predominante, la política exterior no desempeñó ningún papel en la última campaña. Sin embargo, la implicación de Italia en Afganistán resurgirá inevitablemente como tema destacado en los meses próximos, sobre todo porque la tarea en ese país se está volviendo difícil y el intenso debate abierto entre los miembros de la OTAN sobre el reparto de cargas no puede seguir siendo soslayado por los parlamentos nacionales. En los últimos meses, ha quedado claro que los miembros europeos de la OTAN deben asumir una cuota de responsabilidad mayor, y Francia, por ejemplo, ha prometido enviar 1.000 soldados más. Este año, Italia tendrá que incrementar su aportación en Afganistán, particularmente en el número de soldados y el apoyo logístico. Tras el fracaso de la extrema izquierda en su intento de obtener siquiera un escaño en el nuevo Parlamento, el debate en la cámara será menos hostil, pero enfrentarse a la opinión pública de una cultura de posguerra tradicionalmente pacifista puede resultar arriesgado.

La relación bilateral históricamente cercana que une a Italia con Estados Unidos estará marcada por una vuelta a la fuerte retórica pronorteamericana de Berlusconi y quedará reflejada en su sólido vínculo personal con Bush. Hasta cierto punto, habrá un cambio más sustancial en la política italiana en Oriente Próximo, que está más en línea con la de Estados Unidos, especialmente en el conflicto entre Israel y Palestina. Berlusconi anunció durante toda la campaña que su primer viaje al extranjero sería a Israel. Bajo su Gobierno, Italia adoptará una postura más explícita contra las pretensiones nucleares de Irán, pero probablemente ésta se vea atemperada por los cercanos lazos comerciales que tiene con dicho país, los cuales determinarán el alcance de la crítica ciudadana. Italia no abandonará sus relaciones con Irán ni dejará de mantener un diálogo con él.

En Europa, Berlusconi se encontrará con un entorno mucho menos hostil que en su anterior mandato. La designación de gobernantes de centro-derecha de mentalidad afín en Alemania y, sobre todo, Francia con Sarkozy, permitirá relaciones notablemente más cordiales que las que hubo con Schröder y Chirac. Además, Berlusconi ya se unió antes a Tony Blair en su oposición a la idea de una Europa más federalista bajo tutela franco-alemana. Debería esperarse la continuidad de esta situación con el primer ministro Gordon Brown. Finalmente, las relaciones con Barroso, el centroderechista presidente de la Comisión Europea, se demostrarán claramente más fructíferas que con su predecesor y eterna némesis de Berlusconi, Romano Prodi.