Italianizando

Durante mucho tiempo la noción italianizar o italianizante tenía en España esencialmente un significado descriptivo, aunque es cierto que en muchas ocasiones hacía referencia a algo positivo, prestigioso, pues venía a suponer la tendencia o imitación de un canon o un modelo preponderante: se podía italianizar la pintura, la escultura, una forma literaria determinada o, en fin, la fachada de un palacio podía resultar italianizante. Por supuesto también la música: durante mucho tiempo en España se extendió la costumbre entre los músicos, pero sobre todo entre las/ los cantantes, de italianizar nombres y apellidos para poder triunfar, como, divertido, recogió De Amicis en su conocido Spagna.De un tiempo a esta parte, sin embargo, en España el término italianizar ha adquirido en el uso común (incluso, o sobre todo, en los círculos políticos) características no solamente negativas, sino peyorativas: lo peor que te puede pasar es hacer como los italianos. Antes de que se socializase este término aplicado al ámbito político-social, la inmensa mayoría de los españoles ya sabía que cuando escuchaba en una retransmisión deportiva que un determinado equipo estaba “italianizando” un partido, lo que se quería decir es que el aludido estaba intentando hacer imposible el juego del contrario usando tácticas dilatorias o provocando incidentes, es decir, juego sucio. Pero realmente, en el intercambio de visiones entre españoles e italianos, España no sale tampoco bien parada. Nacido probablemente en el siglo XVII, y aunque sea un término prácticamente en desuso, queda en la lengua italiana el término spagnolesco o spagnoleggiante para hacer referencia a algo decadente, a un uso exagerado en lo formal o incluso a un formalismo excesivo sin gran contenido y además corrupto.

La formación de los estereotipos tiene siempre unas referencias históricas concretas que justifican su creación, y que el paso del tiempo va adaptando a circunstancias completamente distintas a las que les dieron origen. A muchos les sorprendería saber que una buena cantidad de los estereotipos que utilizan tienen siglos de antigüedad. El estereotipo navega en todas las aguas, hasta el punto de que la misma imagen en unas ocasiones viene proyectada en negativo y otras en positivo. Al margen de lo puramente anecdótico, los estereotipos llevan aparejados muchos peligros, pues permanecen, consciente o inconscientemente, en el substrato de las relaciones entre los pueblos. Es complicado, pero sería muy interesante saber hasta qué punto el estereotipo, armado en forma de prejuicio, interviene en el proceso de toma de decisiones, ya sea al más alto nivel político, ya sea en las cúpulas de las empresas. Al menos en este último aspecto no parece que haya influido muy negativamente, puesto que las cifras del intercambio comercial entre ambos países sitúan a Italia como el tercer mayor comprador de productos españoles a escala mundial, mientras que España es para Italia su quinto mejor cliente a no mucha distancia del cuarto, Estados Unidos. Es cierto que el dinero tiene dueño y que, cada vez más, no reconoce patrias, pero también es cierto que suele ser muy asustadizo y que, si de vender se trata, al ciudadano común pueden influenciarle multitud de factores que acaban dañando las cuentas de resultados. Un enfadado Segismundo Moret recordaba a finales del siglo XIX, ante el fracaso parlamentario de los tratados de comercio negociados con varios países, entre ellos Italia, que resultaba imposible pretender buenas relaciones políticas con quien no se mantienen fuertes lazos económicos. Pues bien, esta afirmación, que se ha utilizado recurrentemente durante decenios para explicar la debilidad de las relaciones hispano-italianas, en los últimos años ha dado un giro de 180 º , hasta el punto de tener que preguntarnos si hoy las relaciones políticas están a la altura de las relaciones económicas.Volvamos a la italianización de España. Según algunos articulistas, este proceso consistiría en el fondo en una especie de peligroso camino de descenso a los infiernos dantescos. Dibujar Italia como un lugar donde todos los vicios hacen alarde, parafraseando a Tirso de Molina, me resulta de todo punto excesivo. Y no porque niegue la pertinencia de la crítica (por muy dura que sea) a la situación de otro país socio de la Unión Europea, pues no se encontrarán críticas más duras a Italia que dentro de la propia Italia. Vito Mancuso comenzaba así un artículo aparecido en La Repubblica el pasado 13 de enero: “No conozco que exista una lengua en el mundo que use el adjetivo de la propia nacionalidad para designar algo que es imperfecto y pillo (furbesco),como en cambio hacemos nosotros italianos diciendo ´a la italiana´”. El problema no es la crítica. La cuestión es cuando se hace de forma acerba, sobrepasando ciertos límites que lo primero que provocan es su caída en el descrédito. Con respecto a Italia, sobra este tipo de críticas y falta conocimiento y análisis. ¿Oes posible que los lectores españoles acepten que se diga – como se ha llegado a escribir-que Silvio Berlusconi es un “delincuente” y que como los italianos admiran a los grandes delincuentes lo han elegido como presidente del Consejo? ¿Más de diecisiete millones de italianos? La política italiana tiene sus claves, pero en ningún caso pueden resultar tan pedestres. Como sucede con las personas, el alma de los pueblos es su propia historia y precisamente desde la óptica del historiador no podemos conformarnos con condenar o bendecir un hecho, estamos obligados a explicar el porqué de las cosas, porque la historia, como recordaba Claudio Magris en el discurso que pronunció en el Quirinal el día de la Memoria, “no es justiciera ni justificadora, sino que es – o debería ser-inteligencia de las cosas”. Tantas veces nos sucede con Italia que, navegando en la espuma de los sucesos, pretendemos estar haciendo pie enel fondo de los acontecimientos.En fin, puestos a italianizar España, y si pudiéramos pilotar este proceso que a juicio de algunos resultaría imparable, propongo que comencemos por italianizar lo que ahora nos es más urgente, por ejemplo, las cifras del paro, después ya veríamos, aunque lanzo ya la posibilidad – ciertamente habrá que esperar tiempos mejores-de que comencemos a pensar en italianizar España en lo que respecta a la concesión de los premios Nobel. Desde luego, no sería todo pero reconozcan conmigo que no sería un mal comienzo.

Fernando García Sanz, el Instituto de Historia del Centro Superior de Investigaciones Científicas.