Izquierda no es populismo

La izquierda, llamemos clásica, ha establecido tradicionalmente su proyecto de transformación definiendo los sujetos, sus alianzas, los programas y formas organizativas diversas y aun contradictorias, siempre partiendo del conflicto que se deriva de la economía y que impregna el conjunto de relaciones políticas y sociales.

De los explotados y explotadores de Marx a la complejidad actual del capitalismo desarrollado, hay procesos de concentración e internacionalización, cambios sociales y revoluciones tecnológicas, irrupción casi ilimitada de las tecnologías de la comunicación y el conocimiento y, obviamente, modelos productivos que necesariamente cambian los análisis porque cambian las formas, los sujetos y sus relaciones.

También tengo por cierto que nada más viejo que las novedades. En nuestros tiempos de crisis, existe una gran mayoría social que sufre las consecuencias de la misma y no tiene resortes directos para su solución, y, al tiempo, una minoría que se beneficia y detenta, importantes claves de su desarrollo.

En esos «explotados» modernos caben importantes sectores de la economía que no son estrictamente los «explotados» de entonces. Los trabajadores y trabajadoras por cuenta ajena, en general, no son los únicos perjudicados por este estado de cosas; las pymes, las profesiones liberales, los autónomos, el pequeño comercio, etcétera, sufren también la crisis y se verían alentados por un programa de objetivos mínimos, solidarios, democráticos y de progreso. No hablamos, obviamente, de un programa tradicional de izquierdas, sino de una propuesta que recupere el estado social mínimo que se tambalea en el camino del Estado del bienestar inédito en España.

La izquierda no especulativa ha intentado siempre ofrecer una propuesta real, posible. No se trata de dibujar la idealidad a conquistar dentro de cien años, se trata de trabajar en este mundo, en la Europa actual y en los problemas de hoy, asumiendo que esta sociedad que no nos gusta y queremos cambiar es en la que vivimos y de la que somos parte. La izquierda no está fuera del «sistema», porque desde fuera no se puede intervenir en nada y además no es una ubicación posible.

Entiendo el interés muy generalizado de conceder a determinadas opciones políticas recientes la titularidad de la denominación «Izquierda». Es una forma sencilla de caricaturizar la historia, la memoria y el patrimonio de la izquierda, y eso, para los interesados, no es desdeñable.

Aunque en la confusión todo vale, no hay por qué confundirlo todo. Donde se hablaba de sujetos definidos por el conflicto económico y social, se propone ahora algo tan «novedoso» como «los de arriba y los de abajo», «lo viejo y lo nuevo» o «los ricos y los pobres». Bonita forma de diluir las identidades colectivas y sustituirlas por el individuo aislado en su entorno económico y social, en el que, invariablemente, siempre habrá alguien por «arriba» y aquel otro por «abajo».

No faltan discursos que identifican lo viejo con lo caduco para negar los derechos a la participación en los asuntos públicos. Esas derivas, para el pensamiento progresista, son sencillamente reaccionarias y ajenas a los derechos de las personas.

El programa es lo que la gente que más sufre quiere oír y puede ser de máximos o de mínimos según la táctica del día, trazando, eso sí, las líneas rojas en el agua para que no se marquen. La gran alianza es «El Pueblo» en el que caben el nacionalismo, el federalismo, el confederalismo, el centralismo y el independentismo, así como la socialdemocracia, el pensamiento anarquista y el comunismo sin comunistas. Solo queda fuera del pueblo la mayoría que no les vota.

Tras someter a linchamiento a los viejos partidos y sus viejos aparatos (ciertamente necesitados de profundas revisiones en sus estructuras y funcionamiento), presentan algo tan moderno como la democracia directa, la supresión de estructuras delegadas y las asambleas como hallazgo paralelo al Bosón de Higgs, proclamando la democracia popular.

Así, al individuo, sin estructuras de relación y formación de las opiniones, le queda siempre la relación con lo realmente existente, el líder, que, como se demuestra, nombra y cesa, disuelve y compone, juzga y decide, siempre encarnando la voluntad del pueblo.

Así es verdad que ya mandan mucho menos los viejos aparatos. Ahora mandan pequeños autócratas que se disputan el trono de hierro. Ni qué decir que en conflicto cualquiera en donde se dé recomiendan diálogo, mucho diálogo, aunque allí donde sí son competentes no sea necesario, porque ya existe la voluntad popular.

En fin, una propuesta de izquierda exige rigor, esfuerzo, conocimiento, propuesta real, movilización consciente, democracia directa y representativa, organización social e implicación en procesos complejos y contradictorios.

Para generar falsas ilusiones no hace falta ni rigor ni esfuerzo. Palabras, imágenes, efectos, inmediatez y enormes y costosísimos apoyos mediáticos son suficientes.

Una parte de la izquierda deberá recomponerse en el futuro. Será necesaria porque los falsos predicadores conllevan el peligro de la frustración y el desengaño.

Ángel Pérez Martínez fue portavoz de IU en el Ayuntamiento de Madrid.

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