Ja ja ja ja... Ja ja ja ja... Ja ja ja ja...

Acaso lo más recordado de la sesión de esta última investidura será la risa de Sánchez en la tribuna de oradores. Duró más de un minuto y ponía los pelos de punta, era aterradora.

El domingo pasado leía uno bien temprano, antes de ir al Rastro, el artículo dominical de Fernando Savater en The Objective. Las tres grandes aficiones de este hombre admirable son conocidas: las carreras de caballos, la ciencia-ficción y las novelas policiacas. A propósito de la última de Pérez Reverte, El problema final, un homenaje a Arthur Conan Doyle, citaba Savater las tres mejores a su juicio. Y el primer libro que le salió a uno al paso en el Rastro fue precisamente una de ellas, El perro de los Baskerville. Estos pequeños milagros suceden en el Rastro y cualquiera habría cometido un crimen no rescatándola por un euro de la batea de libros viejos.

Ja ja ja ja... Ja ja ja ja... Ja ja ja ja...
JAVIER OLIVARES

Si esas novelas-problema, como también se las llama, han tenido tantísima fortuna es por estas dos razones: el muerto da igual, y el autor hace creer a los lectores que son tan inteligentes como el detective. Ambas cosas hacen muy agradable la lectura: nadie llora demasiado al interfecto, el asesino puede ser cualquiera y el enredo (el problema) nos tiene entretenidos unas cuantas horas.

El perro de los Baskerville le rejuveneció a uno durante dos tardes, al tiempo que me recordó lo que está sucediendo con la ley de amnistía. El fondo (su inmoralidad) ha pasado a segundo plano y tratan de distraernos con la trama (su constitucionalidad).

La ley está lejos de ser un crimen perfecto, desde luego. De hecho es un bodrio porque los autores (está escrita al alimón por Sánchez-Puidgemont) no siguen las enseñanzas de sir Arthur: el muerto (la amnistía) les da lo mismo, cierto; pero la trama (negociaciones, idas y venidas a Waterloo, preámbulo, artículos, etc.) está tan llena de agujeros que la hacen insostenible; en cuanto a los lectores (los españoles), son con ellos infinitamente más groseros que Conan Doyle: los han tomado por tontos, principalmente a las almas bellas que en las últimas elecciones votaron a Sánchez, creyendo que eran mozuelas antes de que se las llevara al río; todos sabían desde el principio que el asesino era Sánchez-Puigdemont (porque, sobre ser negra, esta novela es autobiográfica).

Hasta las elecciones del 23-J los condicionantes morales, jurídicos y políticos que hacían inviable la amnistía eran los importantes, y al prófugo le esperaba la justicia española, que presumiblemente le condenaría por unos cuantos delitos, y a Sánchez, la escombrera de la Historia. El resultado de las elecciones dio al traste con esas expectativas, como es sabido, y Puigdemont resucitó, y Sánchez también, y, por un puñado de votos, aquel exigió a este ser coautor del libro.

Sabe uno lo difícil que es escribir una novela (incluso mala), pero esta la hicieron en un rato. Se pusieron de acuerdo desde el principio en algo: a los dos la amnistía les importaba un guano; uno solo quería volver a La Moncloa y al otro únicamente le interesa el referéndum que saque a Cataluña de España, que aborrece. ¿Y los lectores? Como en el fondo los desprecian, confían en engañarlos con cuatro embustes groseros y un par de golpes de efecto. Cuentan además con una editorial potente (el parlamento) donde trabajan sus empleados (diputados socialistas, exterroristas, delincuentes y comunistas) con una lealtad a prueba de secta.

¿Ya? No del todo. Al haberse escrito tan deprisa hay tantos detalles que no cuadran, embustes y felonías, que hasta las almas bellas se han dado cuenta de la estafa y andan aún por los rincones llorando su perdida virginidad socialista.

«Una nación es una narración», recordaba hace unos días un Pérez, agente de Agitación y Propaganda del Gobierno (desde su órgano oficial). Uno creía que una nación era una comunidad de ciudadanos que aspiran a ser o seguir siendo libres e iguales. Pues no, como sabe muy bien Puigdemont desde hace años, y ahora, desde hace dos días, Sánchez. Una nación es una narración, una novela, un cuento chino.

Se subió Sánchez a la tribuna. Recordaba a uno de los oradores de Chumy Chúmez. Pudo empezar diciendo aquello de «no les voy a decir la verdad, porque mentiría». Y narró y narró y narró durante horas. Mintió, mintió y volvió a mentir (tanto si hacía responsable al Pp de la delincuencia independentista de 2017, como al asegurar que obraba en nombre de España y no en beneficio propio al promover esa amnistía que él decía indecente hasta hace dos meses). Y entonces sucedió: sin venir a cuento rompió a reír. «Se echó a reír de un modo que casi daba lástima», se dice de un personaje de El perro de los Baskerville. Fueron unas carcajadas extemporáneas, aterradoras, que helaban la sangre. La constatación de que ni cuando se ríe, ese hombre dice la verdad. Sus secuaces lo advirtieron y le arroparon con indignidad, como el que le ríe los chistes malos al jefe.

«Nada de deprimirse. Ahora, las armas que usábamos contra el franquismo: sarcasmo, conspiración y sabiduría». Sugestionado como andaba uno esa mañana, llegué a pensar que se trataba del fantasma de Sherlock Holmes en la pantalla de mi ordenador. Mejor aún: el correo que Azúa, el hombre más jovial y nietzscheano imaginable, enviaba a unos cuantos amigos. Y como el sarcasmo empieza por uno mismo, añadir que el que menos años tiene en nuestro «clan de los mendigos» tiene setenta, jajajajá.

Andrés Trapiello, escritor.

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