Jack London vuelve

Hubo una época en que los obreros leían y los banqueros no. Hecho sorprendente a primera vista. Leían las señoras de los banqueros, pero sus maridos estaban demasiado ocupados en otras cosas y “no tenían tiempo”. Los trabajadores que sabían leer, y querían sobre todo formarse una idea del mundo, echaban mano de los libros más insólitos y de los autores más raros. En España hay auténticos expertos en literatura popular.

¿Qué leía la clase obrera culta? Textos tan insólitos como Las ruinas de Palmira, del conde de Volney, que nunca pisó Palmira, cosa que sí hizo y durante un buen tiempo Agatha Christie, casi un siglo después. ¡Y pensar que Volney, en un libro interesante de masón deísta, evocaba en su imaginación las ruinas de la gran Palmira! ¿Qué escribiría hoy de las ruinas que siguieron a aquellas ruinas y que es nuestro miserable legado de una supuesta civilización más cuidadosa y modernizada?

Entre los autores favoritos de la clase obrera culta, que la había en España y que fue diezmada por la Guerra Civil y la posguerra implacable, estaba un tipo fuera de serie, Jack London (1876-1916). Confieso que no soy un admirador de los Estados Unidos de América como sociedad, pero me inclino ante algunos personajes que fue capaz de parir. Uno de mis favoritos es Jack London. Europa, reconozcámoslo, no puede competir con tipos así. Quizá lo provoquen los espacios. Quizá también por eso es probable que Rusia y China tengan ejemplares únicos. El espacio cuenta, y si no que se lo pregunten a la literatura de San Marino o de Andorra.

Jack London fue uno de los escritores más leídos en el siglo XX. Escribió 20 novelas, 19 narraciones cortas -entre ellas Por un bistec, un texto que adoro y que presté tanto, amén de hacerlo leer a mis hijos como obligación, que alguien se quedó con él, hasta que un lector de La Vanguardia, de Vulpellac, al que estaré eternamente agradecido y al que no conozco de nada, me envió un ejemplar que no saldrá de mi casa hasta que llegue la hora funeraria-. Artículos escribió hasta cansarse, porque no era un reportero al uso; era un escritor que iba a donde había que ir. Y sobre todo, fue un inmenso fotógrafo cuya obra es para nosotros prácticamente desconocida -12.000 fotos memorables- editadas hace años y que merecen la pena sin excepción, porque ahí está la leprosería de Molokai (1907), con una placa de la orquesta de leprosos vestidos de alcurnia, que te deja con la retina congelada. Y el terremoto de San Francisco de 1906. Y la guerra ruso-japonesa (1904) y hasta la Revolución Mexicana de 1914. Una exhibición de talento, de audacia, donde reproduce una foto suya desnudo, con sus partes pudendas cubiertas con un taparrabos tahitiano, que merecería un Pulitzer.

Y todo eso y mucho más en 40 años de vida, hasta que el inevitable suicidio le arrastró al final. Seamos sinceros, aunque muchos no admitan la muerte voluntaria: lo había hecho todo. Novelas irregulares como El talón de hierro. La sugerente autobiografía enmascarada, Martín Edén, recientemente editada por Akal. Pero a mí lo que más me emociona es que alguien que llegó a ganar tanto dinero que no sabía ni cómo gastarlo, porque le pagaban por sus textos cantidades astronómicas para nuestro pacato mundo europeo, lo que le permitía barcos, viajes exóticos, una vida que ya hubiera deseado Scott Fittzgerald, de pronto se decide a ir a donde nadie va voluntariamente. El East End de Londres. Del Yukon canadiense, a la mugre del capitalismo europeo.

Quien no ha tenido el privilegio de ver sus fotos de esos bajísimos fondos londinenses no sabe que ahí está concentrado mucho Zola, incluso Víctor Hugo, y toda una retahíla de escritores que no alcanzaron gloria alguna porque, desmembrados ante aquella miseria en su más alto grado, renunciaron y se fueron. Jack London se quedó. Como tenía sentido del humor en alto grado, pudo compaginar lo que esperaba, la hez del capitalismo en su época más agresiva y contemplar los festejos que conmovieron la Europa de la riqueza: la coronación de Eduardo VII.

La recolección de reportajes, aunque mejor sería decir fotogramas literarios de la miseria de un tiempo atroz, se tituló La gente del abismo, y acaba de aparecer en Gatopardo Ediciones, editorial de la que desconozco todo. Pero es muy bestia que no haya encontrado ni una reseña, ni una evocación, ni la dignidad de reforzar unos artículos que conmueven por su fuerza y su desolación. Es literatura. De la buena. No puedes hacerte pajas mentales como Virginia Woolf, aquella cursi que reprochaba a James Joyce su vulgaridad lingüística. (Siempre sentí cierta piedad hacia ella, porque murió fría, en un río, tal como había vivido, sin ningún calor ni pasión que le hubiera podido recordar el ardor, aunque durara un chispazo.)

Paradojas de la vida. Jack London consiguió que su editor vendiera diez mil ejemplares de La llamada de la naturaleza en un solo día. Y de pronto un pringao, estudios elementales, una semana y media en una universidad de postín, unos matrimonios desastrosos, se convierte en aquello que alimentó el gran genio de la promoción publicitaria, Ernest Hemingway: transformarse en noticia y vivir de ello. Hasta que un día ese hilo fino que liga la inteligencia, la sensibilidad y la honradez profesional se rompe. Y entonces todo se va al carajo.

Tenía un cuerpo para pelear, una cabeza para llegar lejos, una sensibilidad que sólo se les consiente a los poetas, él, que llegó a la cultura y no digamos a la poesía demasiado tarde para que calara. Pero dejó una obra de una fuerza extraordinaria que irrita a todos los pijos de la tierra. Un escritor menor, aseguran. No lo era, pero por encima de todo era un hombre que muere en el momento que cualquiera de los suyos se hubiera ido al sur de Francia a gastarse una cuantiosa fortuna. Se quedó, el ciclo de su vida había terminado. Había luchado hasta en el Partido Socialista norteamericano, se afilió en 1896 y lo mandó a la mierda veinte años más tarde. Ya eran una institución exitosa, aunque efímera.

¿Por qué ahora vuelve Jack London? Independientemente del impulso editorial, que debe ser reconocido, porque su mundo se nos echa encima. Una literatura muerta, sin fuerza, castrada por principio de nacimiento, se ve de pronto reforzada por una historia antigua que evoca tiempos pasados: cuando los obreros que leían querían conquistar el mundo, y los banqueros no leían más que los balances, porque no tenían tiempo.»

Gregorio Morán

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