Jamás la violencia

Siempre ha sido un orgullo a lo largo de mi vida sentirme español, nacido y sintiendo mi tierra catalana, y, precisamente por ello, en los momentos que vivimos me inunda una sensación de tristeza por la orfandad que la gran mayoría de catalanes sentimos y que conlleva la inquietud o, por qué no, el miedo por el estado de abandono en el que nos encontramos.

Me siento demócrata practicante y por tanto debo acatar un resultado electoral en la Generalitat que por una injusta aplicación del reparto de votos otorga una exigua mayoría de escaños sin haber obtenido la mayoría de votos, y mucho menos el soporte social. Otra cosa es que por mucho que lo intento no puedo entender a esa masa de votantes que con sus papeletas facilitan coaliciones con extremistas de izquierda antisistema, destructores de la paz y la convivencia, comandos de encapuchados practicando terrorismo urbano y extorsión, mientras defienden la canonización de fugitivos de la Justicia u organizan una litúrgica defensa de unos políticos que se hallan en prisión por haber perpetrado un auténtico golpe de Estado contra el orden constitucional que rige para todos, y ese sí lo votamos todos los ciudadanos masivamente.

En cualquier caso, lo que más me preocupa es que en esa masa ya violentamente rupturista se hallan personas de la alta sociedad conservadora, de Loden, de Rolex y de residencia en la zona alta de Barcelona, que han vivido estos últimos cuarenta años maravillosamente bien o, lo que es peor, los veinte anteriores años a la democracia quizá con camisa azul, brazo en alto y pingües beneficios económicos. ¡Sorprendente!

Un Gobierno catalán delirante y un Gobierno español buenista y sin legitimidad alguna por refrendo social, están poniendo a Cataluña al borde de una violencia incontrolada, cuyas terribles consecuencias todo el mundo sabe, y a España en una profunda crisis de identidad territorial e institucional. Hace ya bastante tiempo que la actual situación se está viendo venir, pues el Gobierno catalán desde sus poltronas del Parlamento, desde la cárcel o desde el paraíso de los fugitivos, está tensando la cuerda hasta el límite. Y, mientras, Moncloa mira hacia el otro lado, o no está, o viaja, o luce el palmito jugando entre tanto al parchís de las mayorías con extremistas, golpistas o pseudoterroristas. Y así las cosas, ¿a alguien le puede extrañar la irrupción del contrapunto extremo en la derecha, con un ímpetu que mucho me temo crecerá en progresión geométrica?

Recuerdo que el reservista Durán Lleida se hartó de clamar en el Congreso de los Diputados que cada acción en defensa de la nación o dejación de funciones propias del Estado en Cataluña alumbraba nuevos independentistas. Pues bien, en estos momentos, el Parlamento catalán es un incontrolado criadero de votos de la derecha radical, y cada llamamiento guerracivilista o a la violencia de Iglesias o Torra provoca la reaccionaria marabunta.

Sin embargo, al margen de consideraciones varias, hay algo que debe en la actualidad preocupar a la sociedad española en su conjunto como es la violencia. España ya sufrió el episodio más dramático que un país puede sufrir y deberíamos haber escarmentado, pues por mucho siglo XXI que estemos viviendo y por mucha tecnología y desarrollo que tengamos, los puñetazos son los mismos, los bates golpean igual, el fuego sigue incendiando y el humo asfixiando. Deberíamos reflexionar, unos más que otros, acerca de que la responsabilidad de actos intimidatorios, violentos y/o sangrientos habrá que depurarla en quienes los han provocado o permitido, aunque entonces lamentablemente será tarde.

Desde esta tribuna de indudable repercusión quisiera promover un grito de alarma y alerta para que todos los españoles no permitamos jamás de nuevo la violencia, que solo viene acompañada de la muerte del corazón, la putrefacción del alma, el abandono de los sentimientos y un triste final para las emociones.

No sé si todavía estamos a tiempo, pero quisiera dar una oportunidad a la esperanza de que vamos a superar el delicadísimo momento que atraviesa el país, a sabiendas de que se necesitará mucho tiempo para la normalización y deberemos aplicar ingentes dosis de tolerancia, generosidad, solidaridad y convivencia. También un llamamiento a los jóvenes que tienen que recibir nuestro legado para que sepan que en el estudio, el trabajo y la cultura se halla la llave del progreso y bienestar, y que las capuchas y el fuego solo queman y esconden a la persona, mientras que la mirada limpia y la convivencia amplían el diafragma con el que se ve el mundo en el que tendrán que competir y desarrollarse. Es su opción de vida.

Jamás la violencia ha resuelto nada y siempre ha dejado heridas y frustraciones de casi imposible curación. El poso del odio y el rencor solidifican y envenenan al ser humano, por lo que quisiera acabar esta reflexión implorando a los responsables políticos e institucionales de España que de ninguna manera permitan acciones de violencia, pues están obligados por responsabilidad personal e institucional a saber cómo impedirlo.

Mariano Gomá es el fundador de Foro España.

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