‘Jangueando’ en San Juan de Puerto Rico

Al llegar al aeropuerto de San Juan, lo primero que escuché fue este diálogo:

– “¿Cómo estás, brother?”

– “¡Muy cool!”.

– “¿Y la situación?”.

– “Ya tú sabes, stinky”.

Durante esa visita a Puerto Rico, la evidencia de la grave recesión —123 mil millones de dólares de deuda y obligaciones de pensiones que dieron como resultado que el gobierno solicitara acogerse a la ley de bancarrota en la corte federal— se veía por todas partes: avisos de ejecución hipotecaria, escaparates vacíos, escuelas públicas cerradas y un creciente número de gente sin hogar.

Según a quién le preguntes, la catástrofe finalmente había llegado o era solo un obstáculo más en la larga y resignada historia de la isla. Se calcula que entre 2010 y 2015, un 7 por ciento de la población ha migrado al territorio continental de Estados Unidos. Desde luego, los puertorriqueños estaban divididos drásticamente en torno a cómo abordar la crisis. Pero algo los unía a todos: el elocuente spanglish que se habla para comunicar la consternación colectiva.

En efecto, los viajeros de inmediato reconocen que esa alternancia de código es verdaderamente democrática en la isla. Sin importar adónde vayas, el spanglish no discrimina en términos de edad, clase o etnia. Lo escuché en la marketa (el mercado), en la guagua (el autobús) y en el bloque (en la manzana del barrio). En la radio, escuché spanglish constantemente en las letras de la música de salsa, la bomba, la plena y el reguetón. Y lo leí en el grafiti omnipresente que, más que en cualquier otro lugar que haya visitado en el mundo de habla hispana, parece prestarse al doble sentido.

El spanglish puertorriqueño no apareció de la nada. Ha existido desde la guerra hispano-estadounidense de 1898. O, de manera más concreta, desde que el presidente Woodrow Wilson firmó la Ley Jones-Shafroth en 1917, cuando la isla entró al dilema que la mantiene vencida. Pero en épocas difíciles, “la lengua misma te ayuda a bregar”. Me topé con este diálogo afuera de un restaurante:

– “¿Vas al coffee break ahora?”.

– “No, porque si no doy overtime el boss me coge”.

– “Careful y tómatelo suave”.

Así como el spanglish de Puerto Rico no es del todo nuevo, la isla no es el único ecosistema donde esta forma híbrida de comunicación prospera actualmente. La frontera entre México y Estados Unidos es otro campo fértil, aunque su spanglish tiene un vocabulario y rasgos sintácticos diferentes. Al igual que las muchas variedades de español en la civilización hispana —el español argentino es distinto del mexicano, del colombiano, del venezolano, del cubano, etcétera— en los últimos cien años o más, el spanglish ha evolucionado lo suficiente como para establecer una serie de dialectos disímiles y claramente definidos. El dominicanish, cubonics, tex-Mex y el spanglish chicano de California deben considerarse en sus propios términos.

Dentro de esos grupos definidos por su nacionalidad, los jóvenes usan el spanglish de manera desemejante que sus mayores, así como los inmigrantes utilizan una modalidad que no es igual al que hablan los latinos de primera o segunda generación. Incluso hay una diferencia palpable entre el spanglish de Puerto Rico y el “neoyorriqueño”, es decir, el que hablan los puertorriqueños en el territorio continental de Estados Unidos. Cada una de esas variedades está permeada de un léxico diverso, un acento e incluso cierto estilo; “su propio revolú”, su propia algarabía.

Un grupo de mujeres habla mientras otros bailan y beben en la Plaza del Mercado de Santurce, en el vecindario de Santurce, ubicado en San Juan. Credit Victor J. Blue para The New York Times

Durante mucho tiempo, los puristas han buscado estrategias para detener la propagación del spanglish. Lo han descrito como una peste y han buscado maneras de “corregir” la jerga incivilizada de sus hablantes. En 1991, por ejemplo, el codiciado Premio Príncipe de Asturias, quizá el galardón cultural más importante en el mundo de habla hispana, le fue otorgado a Puerto Rico en reconocimiento a la decisión de las autoridades que “con decisión ejemplar, han declarado el español único idioma oficial de su país”.

De igual forma, la edición número 23 del Diccionario de la lengua española, que publicó en 2014 la Real Academia Española, incluyó 19.000 americanismos, que son términos utilizados por los hispanohablantes de América Latina. Un gran porcentaje de esas palabras son anglicismos. Ejemplos comunes son “congresional” (congressional), “dron” (drone) y “nube informática” (cloud). Puerto Rico fue campo fértil en la recolección de estos ejemplos lexicográficos.

Lo que hasta hoy hace que esta edición del diccionario sea una fuente inagotable de escarnio, sobre todo en Puerto Rico, es que solo fueron incluidos algunos anglicismos, mientras que no se encuentran muchos otros, lo cual significa que el dialecto de la isla aún sigue estando fuera del ámbito de los académicos que editaron el libro. Amigo es “el broki”. Y una factura es “el cheque”. Estos términos tan simples no están registrados en el reconocido diccionario, lo que quiere decir que la lengua puertorriqueña, con toda su alegría y exuberancia, fue ignorada.

Es hora de acabar con esta actitud de desdén respecto del spanglish. Los puertorriqueños son prueba de la durabilidad de este fenómeno y de su asombrosa habilidad de enfrentar la adversidad. De hecho, debemos considerar al spanglish una nueva lengua mestiza. Aunque aún no está estandarizada, millones de hablantes la usan a diario, y crean sus propias reglas sintácticas. Menospreciarlo como algo bárbaro dice más de quien así lo hace que de quien lo habla.

Curiosamente, mientras disfrutaba cada sonido que ofrecía San Juan, seguí pensando en el yidis, otra lengua bastarda. El yidis, que asimismo sabe algo sobre la adversidad, comenzó como una mezcla de alemán y hebreo, a la que se agregaron todo tipo de elementos a lo largo de los siglos. Primero, lo hablaban mujeres y niños, y por eso fue menospreciado por los talmudistas y la élite culta como algo que no valía la pena considerar. Pero su impacto fue tan grande para cuando llegó el siglo XIX que escritores como Sholem Aleicham, autor de Las hijas de Tevye, obra en la que se basó el musical de Broadway El violinista en el tejado, se convirtió en un éxito de ventas en yidis. Y en 1978, Isaac Bashevis Singer, uno de los autores más importantes del siglo XX, recibió el Premio Nobel de Literatura “por su arte narrativo apasionado que, con raíces en una tradición cultural judía polaca, traen a la vida las condiciones humanas universales”.

El spanglish actualmente está pasando de la etapa oral a la escrita, conforme se utiliza para escribir novelas, obras de teatro, películas, poesía, programas de televisión, traducciones, sermones y discursos. Como tal, ya está definiendo el futuro del continente americano. Al menos para los puertorriqueños, es el mejor antídoto ante la crisis que jamás termina, sentimiento que, sobra decirlo, es parte esencial del ADN hispanoamericano. No me sorprendería que se otorgara un Premio Nobel en el siguiente par de décadas a un autor que escriba en spanglish y cuya obra deba traducirse al español y al inglés para que quienes no lo hablan puedan entenderla por completo.

Durante mi visita a San Juan, un artista de performance me aseguró que, si alguna vez los ovnis aterrizaran en este planeta, probablemente elegirían la isla. Dijo que no es probable que los extraterrestres visiten epicentros como Washington D. C. u otras ciudades de Estados Unidos porque lo que allí obtendrían sería una orden ejecutiva para prohibirles la entrada. En Puerto Rico, por otro lado, se sentirían bienvenidos. También tendrían la oportunidad de apreciar la audacia humana. “No hay money, time runs muy slow, but hey, la gente es super-cool.”

Ilan Stavans es profesor de Humanidades y Cultura Latinoamericana y Latina en Amherst College y director de Restless Books. A principios de este año, tradujo El principito, de Antoine de Saint-Exupéry a spanglish.

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