Japón, el gran misterio

En Tokio, las tiendas de lujo están abarrotadas, la circulación es intensa, y la multitud igual de abigarrada. Según códigos interiorizados desde hace siglos, nadie empuja: si acaso, se rozan un poquito, pidiendo luego mil perdones. No se tira ningún desperdicio, todo está impecable, la gente y los lugares; no hay ningún signo de pobreza. La única infracción a la urbanidad, igualmente codificada, son los salaryman, esos ejecutivos de las grandes empresas que beben en los bares de Roppongi después del trabajo, y salen ligeramente achispados. A las nueve de la noche la ciudad duerme; por la mañana, a las ocho, todos están en sus puestos. Y lo mismo ocurre en todo Japón, la nación más homogénea del mundo, la más cortés. Incluso el anticonformismo está codificado, al final de la adolescencia, con uniformes y comportamientos extravagantes que terminan, para los hombres, con su primer trabajo, y con el matrimonio precoz para las mujeres. Nada hace suponer que Japón esté en crisis, con una economía estancada desde hace 20 años.

Con un crecimiento nulo, si nos atenemos a la medida clásica de la producción interior, ¿a qué milagro se debe que los japoneses sigan siendo, de hecho, tan prósperos, que estén tan satisfechos de su suerte, según dicen ellos mismos, y todos con empleo si lo desean? Desde hace veinte años, la tasa de paro no ha superado nunca el 3,5% y muchos tienen un empleo para toda la vida en las grandes empresas. ¿Podría deberse esta paradoja al endeudamiento, uno de los más elevados del mundo, equivalente al doble de la producción anual? ¿Una buena vida, pero a crédito? La explicación no se sostiene, porque los japoneses deben esta deuda a sí mismos, ya que colocan sus ahorros en préstamos públicos. Japón prácticamente no se endeuda en el mercado mundial y casi no está amenazado por la quiebra. Pero ante este crecimiento nulo, los japoneses se sienten algo avergonzados frente al mundo; una «pérdida de prestigio» mal vista en las civilizaciones de Asia, hasta el punto de haber elegido al primer ministro Shinzo Abe, porque prometió volver al crecimiento fuerte de la década de 1980. Durante estos dos primeros años, su Gobierno ha obligado al Banco Central a fabricar moneda en exceso: esta droga, bien conocida por los economistas, produce siempre efectos provisionales. La «Abenomía» ha generado un crecimiento del 2% durante dos años, antes de caer a casi un 0% este año. ¿Cuántos bolsos Vuitton puede comprar una japonesa o cuántos clubs de golf para su marido? Una vez pasada la euforia, cada uno ha vuelto a sus costumbres anteriores, una comodidad frugal y el ahorro para la vejez.

En este no crecimiento japonés observamos dos constantes: el pleno empleo inmutable y la excelencia industrial. El mundo le tomó la medida hace cuatro años, cuando un tsunami paró la producción de energía nuclear y las exportaciones; de Estados Unidos a China, pasando por Europa, las fábricas se detuvieron, privadas de los repuestos de gran sofisticación que solo las empresas japonesas podían suministrarles. Empresas cuyo nombre desconocemos, a menudo de dimensiones modestas, propiedades familiares desde hace varias generaciones y sin rivales en su campo. Un ejemplo trivial: un 99% de las bicicletas del mundo están equipadas con un cambio de velocidades Shimano.

Se comprende, pues, para empezar, por qué Japón, que estadísticamente está tan mal, está en realidad bastante bien. Sin duda, no miramos donde debemos: en lugar de lamentar el crecimiento cero, global, observemos los ingresos por habitante. Como la población japonesa disminuye aproximadamente un 1% al año, el crecimiento cero, llevado a nivel personal, mejora en realidad la riqueza de todos un 1%. Estos últimos veinte años, a menudo calificados como «perdidos», los ingresos por habitante han progresado en Japón al mismo ritmo que en EE.UU. y en Europa. Al disminuir la población, el aumento de la productividad y la innovación, y no la mano de obra, son los que tiran de este crecimiento, al contrario que en EE.UU., donde el aumento de la población es el principal factor de desarrollo. Los japoneses no sienten la crisis, se acomodan a ella.

Sin embargo existe un riesgo real de que, al final, esta pérdida relativa de poder global haga el juego a vecinos como China y Corea del Sur. Se suponía que la Abenomía iba a responder a esta ansiedad justificada, pero en vano. Para que la Abenomía produzca resultados duraderos convendría que los japoneses se decidieran por soluciones ajenas a sus costumbres, como aceptar importaciones agrícolas, con gran perjuicio para los cultivadores de arroz locales; aceptar la competencia entre empresas, a la americana, en lugar de los arreglos ancestrales entre compadres; y, sobre todo, aumentar el número de trabajadores, aceptando a un gran número de mujeres casadas en las empresas y abriéndose a la inmigración.

Japón está cerrado a los trabajadores extranjeros, a excepción de los filipinos en los empleos de servicio y de algunos chinos, si están altamente cualificados. Hay muchos trabajadores clandestinos iraníes, turcos y paquistaníes, tolerados como estibadores en los puertos de Osaka y Nagaski. A todos los demás se les localiza y expulsa de inmediato. Y cuando los japoneses ven la complejidad social y política que la inmigración introduce en Europa y EE.UU, concluyen que más vale quedarse entre ellos, a riesgo de empeorar, pero juntos. ¿Sería Japón un modelo de economía postmoderna en lo referente a disfrutar de una prosperidad suficiente para ser felices? Algunos intelectuales japoneses quieren creerlo así. Consideremos más bien que el término de modelo no es apropiado, y que la experiencia japonesa no debe medirse con nuestras estadísticas oxidadas: los economistas de lo cuantitativo subestiman en exceso la cultura de los pueblos.

Guy Sorman

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