Japón tiene el plan de rearme militar más ambicioso del mundo, pero ¿será suficiente?

Un soldado japonés durante unas maniobras. Reuters
Un soldado japonés durante unas maniobras. Reuters

El tablero del Indo-Pacífico es tan complejo como apasionante. Como una novela de reinos en disputa (Juego de tronos no vale, está prohibida por agotamiento) y con una trepidante trama con interesantes actores principales, pero también con los secundarios necesarios para completar una buena historia.

Allí, en el lejano Oriente, hay muchas de esas novelas.

En este elenco de papeles secundarios, uno de los más interesantes es el de quien no hace tanto estaba en primera línea por méritos propios, pero atrapado por sus propios fantasmas. Japón.

No es extraña la pregunta sobre las capacidades militares de una de las grandes economías del mundo, paradigma de la tecnificación.

La política de defensa nipona está, desde la Segunda Guerra Mundial, forzosamente supeditada a Estados Unidos, de quien Japón es fiel escudero y principal delfín contra el expansionismo chino y la amenaza norcoreana.

Una política maniatada por la Ley de Fuerzas de Autodefensa de 1954 y por la propia Constitución japonesa, que en su artículo 9 estipula que "el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como un derecho soberano de la nación y a la amenaza o uso de la fuerza como medio para resolver disputas internacionales. Nunca podrán mantenerse fuerzas de tierra, mar y aire, así como cualquier otra con potencial bélico".

Sin embargo, la realidad es que Estados Unidos y sus aliados, entre los que se supone que estamos nosotros junto a los japoneses, no pueden mantener su tradicional política de seguridad como hasta ahora. El Indo-Pacífico, nuevo eje central del planeta y baremo de los vientos geopolíticos, es un escenario extremadamente dinámico y que caduca rápidamente.

Sobre todo porque las capacidades de los adversarios de Occidente están cambiando y la naturaleza de la guerra evoluciona al compás.

Japón ha tenido que modificar sus propias reglas del juego. Y lleva haciéndolo varios lustros a pesar de la tradicionalmente caótica política nipona. Lo cierto es que Tokio está actuando en los últimos años de manera asombrosamente audaz, ambiciosa y decidida.

Tanto es así, que los analistas están asombrados por sus avances exprés. Tanto, que algunos muestran un justificado escepticismo sobre la capacidad de los nipones para alcanzar todos sus objetivos.

Según Jeffrey W. Hornung, experto en relaciones internacionales del Sol Naciente y profesor en la universidad George Washington, "debemos moderar nuestras expectativas. Japón está intentando hacer muchas cosas impresionantes con nuevas tecnologías y capacidades que no posee o que, en algunos casos, aún no existen".

Pero ¿de qué va la nueva política de defensa de Tokio?

En diciembre de 2022, el gobierno de Kishida Fumio publicó tres documentos estratégicos históricos: la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Plan de Refuerzo de la Defensa. Entre los tres planes, Tokio se comprometió a un aumento del gasto en defensa de un 60% en cinco años.

Y Japón no ha tardado en ejecutar el plan. El presupuesto de 2023 asciende a 6,6 billones de yenes. Unos 50.000 millones de dólares, un aumento del 27,4% respecto al año anterior. Un decidido comienzo para resolver algunas necesidades clave de la estructura de defensa del país.

En estos planes maestros se definen siete líneas tan ambiciosas como complejas.

En primer lugar, uno de los puntos débiles que se está reforzando son las capacidades de defensa antiaérea (misiles avanzados, de ataque conjunto, aire-tierra, desarrollo de misiles hipersónicos y proyectiles de hipervelocidad, así como instalación de Tomahawk a bordo de buques de la Armada) y las capacidades integradas (con apoyo de Estados Unidos, es una red de alerta y control denominada Entorno Terrestre de Defensa Aeroespacial de Japón, que incluye una actualización de radares y la construcción de dos buques equipados con el sistema Aegis).

También se están potenciando las medidas de defensa no tripuladas, como drones, submarinos o buques ligeros para misiones de vigilancia, reconocimiento, limpieza de minas, apoyo al combate, selección de objetivos y transporte.

Entre las iniciativas más destacadas se encuentra asimismo un audaz refuerzo del ámbito espacial. La adquisición de satélites para mejorar la detección y el seguimiento de vehículos hipersónicos; el refuerzo de la ciberdefensa y los sistemas de información; así como mejoras en las comunicaciones del propio ejército.

Otra línea en desarrollo se centra en las capacidades de despliegue móvil y protección civil a través de la creación de un Grupo de Transporte Marítimo público-privado, que ha adquirido tres embarcaciones y 33 helicópteros. Se impulsa igualmente la Inteligencia (se ha aprobado la creación de un Cuartel General Conjunto Permanente para coordinar el mando operativo), así como la propia sostenibilidad de las Fuerzas Armadas gracias a un plan específico de mantenimiento, incremento de protección frente a ataques electromagnéticos y la proliferación de depósitos de munición.

Japón aspira así a volver a ser, al menos, alguien al que no convenga molestar. Sobre todo en caso de un presunto conflicto territorial, como la ya clásica rivalidad con China por las islas Senkaku (Diaoyutai en chino). Este escenario, más la inestimable ayuda de Estados Unidos, harían de Japón en muy poco tiempo un adversario temible, incluso para la mismísima Pekín.

Sin embargo, el ímpetu y la loable proactividad japonesa no evitan serias dudas, a la vista de los presupuestos pormenorizados de cada área de actuación.

Porque, a pesar del aumento general del gasto en defensa y de la mayor atención prestada a la producción y la adquisición, se están recortando las asignaciones presupuestarias para la defensa terrestre, las capacidades no tripuladas y las iniciativas espaciales y cibernéticas.

Incluso el más animoso de los analistas se pregunta si, incluso cumpliendo todos los objetivos, el plan global será suficiente para disuadir a los adversarios. Sirva el ejemplo del proyecto de incluir el sistema Aegis en dos buques de reconocimiento. No es tarea fácil. Pero, en la inmensidad del mar de Oriente, contar con sólo con un par de embarcaciones parece del todo insuficiente.

Mención especial merece la apuesta por el espacio exterior. Desplegar una constelación de satélites es una tarea titánica y sumamente costosa.

Pero el gran interrogante está en la propia capacidad de la industria de defensa, de la que se duda si será capaz de asumir todos los planes. Aunque Japón es un fiable comprador de tecnología extranjera, el Gobierno espera un esfuerzo de las propias empresas japonesas.

En este sentido, la revista Foreign Policy señaló en un reciente artículo que las ventas relacionadas con la defensa en Japón representan sólo el 4% de las ventas totales de los principales fabricantes japoneses. En 2020, las compras a los fabricantes nacionales representaron menos del 1% del valor total de la producción industrial del país.

Los principales proveedores privados de defensa de Japón, como Mitsubishi o Kawasaki, son reacios de momento a modificar sus modelos de negocio para centrarse más en la producción de defensa.

Valga como ejemplo de este incierto panorama la reciente cancelación del desarrollo de un caza de nueva generación de fabricación propia en favor de una asociación internacional.

De acuerdo con Hornung, Japón se enfrenta a una disyuntiva. O confiar en la industria nacional, con capacidad limitada y dificultades para desarrollar la alta tecnología que se busca. O confiar en el incremento de las compras exteriores. Algo que, debido a la pérdida de valor del yen, aumentará los costes y diluirá los resultados finales de la deseada, por todos los occidentales, mejora del poderío militar japonés.

Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *