Javier Arenas y el caballo volador

Una regla muy segura para medir la calidad de la clase política es preguntarse dónde estaría cada personaje si tuviera que buscarse la vida en la empresa privada. A menudo rige el principio de Peter pues cunde el convencimiento de que tal o cual ministro, alcalde o presidente de comunidad no habría pasado de auxiliar administrativo en una multinacional o de redactor de la cartelera en un periódico. No es una cuestión de currículo -que también- sino de envergadura personal e intelectual.

Puesto que con el gobierno de las Leires, las Bibianas y los Pepiños llegó a percibirse que algún sumiller maligno decantaba la clase política mediante una especie de proceso de selección a la inversa, es reconfortante volver a contar con un consejo de ministros compuesto por los Guindos, Margallos y Cañetes, personajes avezados que se saben la asignatura y que no tendrían ningún problema en colocarse en el sector privado. Así ocurría con los gobiernos de UCD y con gran parte de los equipos de González y Aznar.

Al final todo se reduce a detectar el móvil que lleva a cada uno a la política. O sea, cuánto hay de vocación y afán de servicio público, cuánto de ansia de gloria y reconocimiento social y cuánto de sed de poder y ánimo de lucro. La prueba del algodón es en definitiva preguntarse si una criatura del PP, del PSOE o de Convergència i Unió gana o pierde dinero con la política.

Pues bien, debo decir que desde que conozco a Javier Arenas Bocanegra cuando en su más tierna infancia ya se peleaba con Zaplana en la pugna por el control de las Juventudes de UCD y hace casi 30 años se convirtió en el concejal más joven de la historia del Ayuntamiento de Sevilla, representando a aquel minúsculo PDP que liderado por Alzaga y Rupérez fue el primero en dar la batalla para averiguar la siniestra verdad que se ocultaba tras los atentados de los GAL, siempre he tenido la sensación de que aquel muchacho, ese ministro y vicepresidente del Gobierno, este veterano candidato a la Presidencia de la Junta perdía y sigue perdiendo dinero al dedicarse a la política.

Arenas es a la vez astuto e inteligente, tiene el don de la comunicación en la variante del saber hacerse simpático y encima es un trabajador incansable. Hubo un tiempo en que era el yerno soñado por cualquier madre y ahora, con la experiencia adquirida, sus conexiones y el conocimiento profundo de la Administración, habría sido el fichaje ideal con sueldo de seis ceros para cualquier banco, teleco o compañía eléctrica. No digamos para uno de estos superbufetes que empiezan a disputarse a los ex políticos con vitola.

Su carrera política no ha estado exenta de tropiezos, como sus tres derrotas como candidato a la Junta de Andalucía, e incluso de patinazos clamorosos. Se ha hablado mucho de su famosa foto con el limpiabotas del Palace, que tanto ayudó a construir un estereotipo negativo contra él, pero yo tengo grabada en la memoria aquella irresponsable comparecencia del 93 junto a Gallardón, acusando a Corcuera de poco menos que estar dando un pucherazo cuando el recuento electoral comenzó a desviarse de lo que habían previsto los sondeos.

Luego fue, sin embargo, tal vez el dirigente del PP que, junto a Rajoy, salió mejor parado de los años de Aznar. En la primera legislatura fue el artífice de los acuerdos con los sindicatos que sirvieron para reactivar el empleo convirtiendo el Ministerio de Trabajo en una especie de ala izquierda del primer gobierno genuinamente de derechas de la democracia. Y en la segunda, la secretaría general del partido le sirvió de punto de amarre frente a las levitaciones de la mayoría absoluta, hasta el regreso al Ejecutivo para adquirir pronto el mismo rango vicepresidencial de Rajoy y Rato.

Cuando se sube ese penúltimo peldaño del cursus honorum ya no resta otra disyuntiva que la de César o nada. Por eso habiendo quedado al margen de la pugna por la sucesión de Aznar y tras el trauma del 11-M, Arenas dejó estupefactos a propios y extraños cuando en 2004 anunció que se volvía a Sevilla a liderar el PP de Andalucía con el propósito de desalojar a los socialistas de la Junta. Desde el desembarco de Fraga en Galicia no había habido un repliegue tan sonado sobre el terruño, con las nada desdeñables diferencias de que era la política nacional la que había obligado a batirse en retirada a don Manuel tras no haber cosechado sino inapelables derrotas y de que, así como Galicia escoraba a la derecha desde el inicio de la Transición, Andalucía era el bastión inexpugnable de la izquierda.

Reconozco que fui de los que contemplaron esa Anábasis personal de Javier Arenas con una mezcla de sorpresa y conmiseración. Hacía falta tener mucha vocación política y al menos tanta entereza personal para, rebasadas ya las vehemencias idealistas de la juventud y colmadas todas las vanidades y ansias de notoriedad, dedicar los años centrales de cualquier biografía a esa misión imposible. No recuerdo si llegué a decírselo expresamente pero su planteamiento me pareció tan estéril como el de aquel condenado a muerte que prometió al sultán enseñar a volar a su caballo si aplazaba durante un año su ejecución. Según le explicó el insensato a un compañero de celda, tenía depositadas sus esperanzas en que durante ese tiempo o bien muriera el sultán o un terremoto destruyera la cárcel o, por último, quién te dice a ti que no ¡aprendiera a volar el caballo!

Tal y como yo lo veía y lo seguiré viendo hasta que no concluya el recuento de esta noche, para que a Arenas le saliera la jugada no se precisaba que sucediera alguna de esas tres cosas altamente improbables, sino que acontecieran las tres de forma concatenada: porque a un sultán bien podría sucederle otro que mantuviera la condena; y sobre los escombros de la cárcel destruida bien podría construirse una nueva en la que volvería a quedar prisionero, a menos que pudiera escapar a tiempo a lomos del caballo alado. Y encima lo de Arenas no era el ineludible dilema del prisionero, sino que era él quien se encerraba voluntariamente en la Andalucía clientelar del PER y Canal Sur en lugar de poner rumbo a la tierra firme del dinero, después de haber cumplido ya más que de sobra con la dedicación al servicio público.

Nadie puede negar ni su mérito ni su acierto durante estos ochos años de a Dios rogando pero con el mazo dando al frente del PP andaluz. Arenas ha hecho política a la vieja usanza, recorriendo cientos de miles de kilómetros, sin escatimar ni un solo fin de semana a la ingrata tarea de ir levantando un partido desde los cimientos en un entorno de escepticismo cuando no de abierta hostilidad. Hoy lidera una formidable maquinaria política que ha ido conquistando palmo a palmo el poder municipal en todas las capitales y ciudades importantes y ha empezado a conseguir una notable capilaridad en la Andalucía profunda.

Gracias a esa tarea los dos primeros escenarios casi inverosímiles con los que soñaba el condenado por el sultán se han hecho realidad. En 2004 Manuel Chaves estaba en el pináculo de un poder omnímodo, cimentado sobre sus 14 años al frente de la Junta y apuntalado por su condición federal del PSOE. Hoy ya es sólo leña para la chimenea.

Cuando Arenas se puso manos a la obra, en el socialismo andaluz no se había producido ni siquiera la renovación cosmética del zapaterismo. Todo seguía igual desde los tiempos de Juan Guerra. Chaves no gobernaba una comunidad autónoma sino un cortijo en el que el dinero del Estado se utilizaba para mantener cautivo el voto, las cajas de ahorro eran instrumentos clientelares, amigos y familiares tenían derecho de pernada y los medios de comunicación, con la única excepción relevante de EL MUNDO de Andalucía, se dividían entre los que aplaudían y los que miraban para otro lado. Esto tiene su miga ahora que algunos parecen haber despertado de su siesta eterna para acudir presurosos en auxilio del probable vencedor.

De hecho el punto de inflexión del yugo de hierro del sultán fue la absolución en diciembre de 2007 de nuestro director Francisco Rosell y nuestro redactor jefe Javier Caraballo en el juicio instado por Chaves tras las denuncias del espionaje practicado desde los aledaños de la Junta contra los presidentes de las cajas sevillanas. No sólo se utilizaban métodos mafiosos para obligar a pasar por el aro a cualquiera que se opusiera a los proyectos unificadores del poder sino que se pretendió convertir en delito el mero levantamiento de acta informativa de lo que ocurría. Pero al menos quedaban jueces en Andalucía.

No sé en qué medida aquello fue determinante pero me consta que influyó en la decisión de Zapatero de abordar, aunque fuera con casi una década de retraso, la asignatura pendiente de la reconversión del PSOE andaluz. Todo tenía un límite y el autoritarismo despótico de Chaves empezaba a ser percibido como un lastre para el conjunto del proyecto socialista. De ahí que en 2009 en una típica operación de patada hacia arriba se le confinara, junto a su sempiterno cómplice Gaspar Zarrías, en la turris ebúrnea madrileña de una fantasmagórica vicepresidencia tercera sin apenas competencias.

La muerte política del sultán desencadenó enseguida el desmoronamiento del edificio de corrupciones y encubrimientos que había albergado su poder. Cual paredes de un derruido castillo de naipes azotado por el vendaval, fueron quedando a la intemperie los escándalos personales e institucionales: primero fue lo de la niña Paula (10 millones de subvención a su empresa con flagrante incumplimiento del deber de abstención); luego lo del niño Iván (tráfico de influencias a mansalva a la sombra de la Junta y faena de aliño en la investigación policial por orden de la superioridad); primero aparecieron los falsos ERE (1.500 millones dilapidados más allá de la más infame de las rayas) y ya tenemos el caso Invercaria (con su chica lista inventando lo que haya que inventar como respaldo a créditos inauditos) esperando su slot en los juzgados.

Nada de esto ha sucedido por casualidad. Es el resultado inevitable de más de 30 años de mangoneo en la única autonomía en la que no ha habido alternancia política desde el inicio de la democracia. Tan inexorable parecía el anclaje de los intereses creados desde tiempo inmemorial por el clan de la tortilla socialista que si alguien hubiera pronosticado no ha mucho una victoria del PP por mayoría absoluta en Andalucía, seguro que le hubieran dicho que antes le saldrían alas a uno de los caballos de Álvaro Domecq.

Pues bien, el pueblo andaluz tiene la oportunidad hoy de transformarse en ese caballo volador capaz de remontar el estercolero de miseria e inmundicia que le ha legado el PSOE. Tiene la suerte de poder contar con uno de los mejores jinetes del hipódromo de la política española: un hombre lúcido, de integridad acreditada, dispuesto a dejarse la piel para encauzar la regeneración política y económica de su tierra. Él ya ha hecho su parte; esta mañana y esta tarde les toca a los andaluces hacer la suya.

Durante la campaña electoral los dardos de Javier Arenas han asaeteado a Chaves, Griñán y compañía de forma tan certera como lo hizo Odiseo cuando tensó su arco contra los pretendientes de Penélope. Si esta noche obtiene una mayoría de gobierno habrá completado el más fabuloso regreso a Ítaca de la historia política contemporánea. Si fracasa en el empeño siempre le quedará el consuelo de que, como bien dejó dicho Carlyle, «puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate». Y eso sí que no podrá reprochárselo nadie.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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