Jefferson y Fray Junípero Serra

Monticello es un lugar muy grato para vivir. Tiene esa arquitectura un poco cursi y pretenciosa, típica de la Ilustración. La imitación del Neoclasicismo en los edificios fue una obsesión de Thomas Jefferson. Eso, pero sobre todo la falta de arquitectos solventes en el territorio recién independizado, le hicieron copiar sin pudor edificios del estilo en boga por toda Europa en su etapa de embajador. Los planos cruzaron el Atlántico y fueron replicados una y otra vez. Como quiera que sea, y aunque resulte a todas luces excesivo, lo que puede leerse en cualquier sitio es que el edificio fue “diseñado” por Th. Jefferson y esta es una de las razones que justifican que fuese declarado Patrimonio de la Humanidad. Debe haber en Europa mil casonas como esa, pero no han merecido tan alto honor.

Debía vivirse bien en Monticello. Las estancias son agradables, el paisaje, solemne, y la plantación muy hermosa. Especialmente si para mantener todo eso no tienes que hacerte callos en las manos. Y efectivamente nadie los tenía en aquella casa, porque para eso estaban los más de 600 esclavos que Th. Jefferson poseyó toda su vida. Esto, sin embargo, no ha hecho ni de Monticello ni de Th. Jefferson un símbolo de la esclavitud. Si en los tiempos en que se luchaba para que los negros no tuvieran que viajar en la parte de atrás del autobús o para que el matrimonio mixto (recuérdese la maravillosa Adivina quién viene esta noche de 1967) no fuese un delito, se le hubiese ocurrido a Martin Luther King ofender de palabra o de obra estos símbolos, simplemente mencionando los hechos mentados arriba, hubiera vivido todavía menos tiempo del que vivió. Ni entonces ni ahora, nadie de ningún color político ni de ninguna raza se ha atrevido a semejante cosa en los Estados Unidos de América. No sólo no se ha atrevido, es que ni se le ha ocurrido. Porque la potencia de estos símbolos es la del grupo que los creó, que vive en ellos y se expresa a través de ellos. Esa es la vida que los símbolos tienen, mil veces más potente que el lenguaje, la del grupo al que representan, que la insufla en su interior. Jamás sufrirán una agresión, como nunca nadie tocó en los buenos tiempos de Roma, los altares de la Triada Capitolina que había por todos los territorios del imperio.

Esta es la mitad de la explicación, ex contrario, de por qué el concejal Mitch O’Farrell ha pedido y conseguido que el Columbus Day deje de ser fiesta en Los Ángeles y también explica la decapitación y los destrozos que han sufrido estatuas de Cristóbal Colón y de Fray Junípero Serra en varios lugares de Estados Unidos. La moda ahora en la heroica lucha a toro pasado contra la discriminación es el indigenismo. Y este indigenismo de salón, que hace furor en los departamentos universitarios, va a buscar enemigos destructores de los pueblos nativos a los que agraviar en donde sabe que puede hacerlo sin peligro: entre los blancos católicos, pero jamás entre los blancos protestantes. Porque hace tiempo ya que todos los símbolos del mundo hispanocatólico o latinocatólico son res nullius. Se puede entrar en ellos como en una finca sin amo para buscar el aval de respetabilidad que se necesite en cada momento. Y con esto llegamos a la segunda mitad de la explicación: limpiar la propia reputación acusando a otro.

Es un sistema tan simple y tan tonto que da vergüenza explicarlo. Pero es clave para entender el triunfo de ese grupo humano que denominamos wasp (white anglo saxon protestant). El concejal Mitch O’Farrell no va a pedir que se retire la Medalla de Honor del Congreso con que fueron condecorados los 20 soldados del Séptimo de Caballería que, obedeciendo órdenes, perpetraron el genocidio de Wounded Knee el 19 de diciembre de 1890 sobre población lakota desarmada e indefensa. Primero se les prometió que se respetarían sus vidas si entregaban las armas. Lo hicieron. Después fueron rodeados por cañones manejados por los 20 heroicos soldados y bombardeados hasta la aniquilación, con mujeres y niños. Tampoco se va acordar O’Farrell de la matanza dirigida por el general Custer en Washita en 1868 sobre población cheyenne. ¡Y cómo hemos amado todas a ese Errol Flynn encarnando al gran general en Murieron con las botas puestas (1941)! Pocas posibilidades hay de que ningún indigenista, así hable inglés o español, se ponga a recordar, con evidente mal gusto, la matanza de Río Colorado en 1832 a las órdenes de general Henry Atkinson, ni la de Río Sacramento en 1846 ni la de Río Pit en California en 1859 sobre los indios achomawil… Y si sigo me falta periódico. Eso sin salir del siglo XIX. Vamos también a saltar por encima de detalles molestos que no quedan bien en Hollywood, como que el famoso Gerónimo, hijo de Hermenegildo Monteso y Catalina Chagori, era un indio hispano y católico. Su historia tiene mucho interés pero no está en las películas. Total, que si Vd. quiere ser un indigenista de pro, lo que tiene que hacer es irse a apedrear la estatua de Colón o del pobre Fray Junípero, que nunca tuvo esclavos ni mató a nadie. Res nullius.

Cabe un cierto alivio en pensar que los diplomáticos españoles no han vuelto la cara para otro lado, ni el cónsul en Los Ángeles D. Javier Vallaure ni el embajador en Washington D. Pedro Morenés, que han trasladado su decepción a las autoridades locales. Pero esta actitud honrosa no borra el estado de indiferencia general de la comunidad hispana ante la supresión del ‘Columbus Day’. Y ese es realmente el problema, el autoodio, la vergüenza de lo propio que ha debilitado hasta la disolución política a los hispanos de un lado y otro del Atlántico. O por decirlo de un modo comprensible para todos, a los hispanos y a los españoles.

La superioridad moral indiscutible es un logro de la mentalidad anglosajona cuyos mecanismos resultan invisibles para quienes no lo son. En nuestra órbita cultural, quedó asumido hace ya mucho que la victoria del Norte sobre el Sur está justificada por su irremediable inferioridad moral, que viene aparejada a otras muchas manifestaciones, tanto genéticas como físicas de esta mala calidad. Por eso John W. Draper (1811-1882) de la Universidad de Nueva York escribió: “Si este justo castigo [la desmembración del imperio] no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran ciertamente dicho: no hay retribución, no hay Dios”.

Para tapar la explosión de fanatismo y violencia que la irrupción del protestantismo trajo consigo, el decorado de Europa se adornó de horrores inquisitoriales. Y ya no importa en realidad qué es lo que realmente ocurrió ni quién, en medio de la intolerancia generalizada, demostró más comprensión y más humanidad.

En Estados Unidos la limpieza de la sangre derramada y la desaparición de las poblaciones nativas se taparon acusando a los españoles de ser los exterminadores de los indios. Y ese mecanismo que vende confort y lustre al grupo dominante, garantiza el éxito del concejal del ayuntamiento de Los Ángeles, el cual ha obtenido, gratis, no sólo un éxito político sino una notoriedad social que de otro modo difícilmente hubiera podido conseguir. Su gesta ha sido comentada en los periódicos más importantes de su país y también en las televisiones. Todo el mundo conoce hoy su rostro, que además se asocia con la defensa de los pobres indios.

El asombro que cualquier persona en su sano juicio puede sentir ante lo descrito, queda o debería quedar neutralizado ante la constatación de que el mecanismo dual de la transferencia de la culpa está en todas las cabezas humanas. Si un ladrón acusa violenta y apasionadamente a otro de ser ladrón, presuponemos que el primero no lo es, de manera automática e irreflexiva.

Cuando se suben las escaleras del monumento a Jefferson en Washington se tiene la sensación de estar ingresando en un templo, porque lo es. La imponente estatua se yergue majestuosa en el centro y las flores se acumulan a sus pies. No importa la enorme diferencia que hay entre el hombre y el mito, porque lo importante es la capacidad de un pueblo para crearlos y hacerlos respetar. Es indiferente para el problema que aquí nos ocupa y que podríamos resumir como “qué estatuas merecen respeto y cuáles no”, que Jefferson escribiera “todos los hombres nacen libres e iguales” sin encontrar contradicción entre lo que ponía en un papel y lo que hacía cada día, o que sus descendientes negros, pues tuvo hijos con una esclava, hayan pleiteado durante décadas por el derecho a llevar el nombre de su padre, derecho que les ha sido negado una y otra vez. El mito está ahí y es intocable. Y esa es su grandeza. Cuesta trabajo determinar si un pueblo se vuelve grande porque es capaz de generar mitos en torno a los que aglutinarse o al revés. Hace una década hubiera escrito que la mitificación es el resultado de la hegemonía. Ahora no lo veo tan claro.

María Elvira Roca Barea, profesora y filóloga, es autora de Imperiofobia y Leyenda Negra (Siruela, 2017).

1 comentario


  1. las cosas no ocurren caprichosamente. España, por su propia arquitectura constitucional ha dejado de liderar la cultura (en el más amplio sentido) de lo español. Inclusive la ha dejado sin nombre propio, retrotrayéndose unos siglos en su Historia.
    El (lo) Español ha quedado como un pollo sin cabeza.
    En estas condiciones, y conociendo el positivismo anglosajón, no podemos pretender que otros países no mantengan el inmenso legado.
    Llora, llora como… , etc…

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