«Jesús Nazareno»

El 18 de julio de 1945, entre las 3 y las 5 de la tarde, se perdió el atunero Jesús Nazareno, con base en Foz (Lugo). Nunca se encontraron los cuerpos de los náufragos y sólo apareció, unos días después, la cubierta de una escotilla en la costa asturiana. Debían zarpar dos jornadas antes, pero al ser la fiesta del Carmen (patrona de los marineros) y el 17 martes, ambas fechas tenidas por aciagas, lo pospusieron hasta el 18. Una fuerte tormenta se llevó a la embarcación, única de Foz que no regresó. Los detalles técnicos del hundimiento se quedaron en conjeturas y no los repetiremos, pero sí hay que destacar que esta historia, bien conocida en Foz (todos los años se les recuerda en las fiestas del Carmen) y en la Mariña lucense, es ignorada por completo en el resto de España y tal vez vale la pena rememorar lo sucedido, aunque este año «sólo» se cumplan 74 de la tragedia. No es una fecha redonda (en 2005 se realzaron adecuadamente los 60 años), pero ¿por qué hemos de relegar los recuerdos, la emoción por esos protagonistas anónimos de la historia y de la vida, para los números redondos o cuadrados? Yo celebraré que el año próximo -ya serán 75- en Foz y en todo Lugo se les dedique algo mejor que las líneas de este modesto homenaje. Y que en ellos se resuma y simbolice la trágica suerte de tantos otros que perecieron de manera análoga.

La armadora de la embarcación -María Pérez- perdió mucho en el desastre y déjenme aclarar que no pocas veces las palabras -lo sabemos bien quienes de ellas vivimos y de ellas rodeados sobrevivimos- no expresan la realidad sino imágenes corrientes e hipertrofiadas entre los hablantes: la armadora no era una siniestra capitalista propietaria de islas griegas, sino la madre de dos de los fallecidos y abuela de otros dos, hijos del patrón, en cuanto al «barco» no alcanzaba los diez metros de eslora, poco más que una dorna con motor. Sobrecogen las fotografías subsistentes, al pensar que doce hombres (a veces catorce) iban pra o mare a ganarse el pan en tales condiciones. Y sin gran provecho. Murieron los doce y permítanme que los mencione, al menos en este triste aniversario: José Ramón Fraga Pérez (patrón), Inocente Fraga Pérez (mecánico), Ramón Fraga Couto (hijo del patrón), Eduardo Fraga Couto (de 16 años, hermano del anterior), José María Couto Navarro (cuñado del patrón), José Ramón López Fraga (15 años, salía por primera vez), Gerardo Pérez Gradaille , Eugenio Bustamante Eizaguirre, Ramón Lorenzo Fernández Doval, José Manuel López Posada, José Antonio Rodríguez Ríos y José Oroza Pedreira. Es obvia la relación familiar directa de varios de los tripulantes y en todo caso la cercanía hasta física de todos ellos: vivían en el mismo barrio. Entre todos dejaban ocho viudas y veintisiete huérfanos.

En Foz, un museíto municipal dedica una sala al naufragio, a través de numerosas imágenes de la época. Todo desgarrador, pese al tiempo transcurrido, o quizás por eso. Porque sabemos que accidentes similares pueden repetirse, aunque los avances tecnológicos facilitan mucho las operaciones de salvamento, pero no son perfectos. La prensa de aquellos días (ABC, El Progreso de Lugo, La Voz de Galicia) recogía detalles del suceso, sin poder hacer más de lo que hacían: informar y lamentar el desastre. Daban cuenta de cómo la Cofradía de Pescadores abrió una cuestación para atender a las familias damnificadas. El general Franco encabezó los donativos con 15.000 pts. -obviamente, de la época- y le siguieron un industrial de la zona (don Damián López) con 10.000, el Ayuntamiento con 8.000, así como la Sociedad de Socorros Mutuos con otras tantas y siguieron otras cantidades menores. Dentro de la penuria general que se vivía, se volcaron para mitigar lo irremediable y aquí cumple reiterar algo que ya he manifestado en alguna ocasión en las páginas de ABC y no me duelen prendas por ello: entre todas las muertes posibles, de modo especial me impresionan las que encontraron gentes que trataban de ganarse la vida: pescadores, mineros, albañiles. Y muchos más.

Tal vez para no pocos españoles hablar de hundimientos y gentes perdidas en el mar resulte ajeno, motivo de película americana con muchos efectos especiales, pero no para los habitantes de las costas gallegas, que en su memoria colectiva y en el imaginario común guardan más que recuerdos: presencia viva de historias nada lejanas, mención de lugares conocidos donde se fue a pique tal o cual navío, cruces y lápidas en los montes, que testimonian un naufragio inglés -no estoy inventando-, o de cualquier otro origen, sobreentendidos a medias palabras que no precisan de mayor explicación, porque se comprenden sin más. Buen reflejo son las alusiones, puntuales pero frecuentes, en la prensa de Galicia, por fechas o circunstancias locales, a esta clase de sucesos, siempre dramáticos pero cercanos, integrados en la vida de las gentes, un telón de fondo omnipresente: escuadras perdidas, navíos fracasados en rompientes y bajíos, contenedores que arrojan gratis productos varios en las playas, nombres de barcos que, por razones más políticas que marineras se hicieron famosos (Mar Egeo, Prestige).

Epítome de todo ello es el excelente catálogo de Rafael Lema Mouzo de título bien expresivo: «Costa da Morte, un país de sueños y naufragios». En él se recogen todos, o casi todos, los hundimientos acaecidos desde el siglo XV en los mares de Galicia. A través de él sabemos de tonelajes, procedencias, dimensiones y gravedad de las catástrofes. Nos enteramos, por ejemplo, de que en las costas gallegas, o en sus aguas aledañas, durante la II Guerra Mundial se hundieron 38 submarinos alemanes con 1.400 tripulantes. Y con ellos, o más bien simultáneamente, 14 pesqueros gallegos -y no por accidente, claro- se fueron a pique, hundidos por la Royal Navy, entre el Gran Sol y la costa de Galicia, pese a ser España país neutral. Quizá por confusiones, o por suponer que actuaban como informadores de la Kriegsmarine, lo cual era mucho suponer, dada la tecnología de la época y al alcance de los pescadores españoles.

Y si una conclusión hemos de extraer del desastre del Jesús Nazareno -y me atrevo a sugerir- es que no olvidemos nunca a aquellas pobres gentes, a todos, no sólo a los pescadores, a quienes tanto debemos los actuales españoles, sobrealimentados, y vividores, tan displicentes con el pasado, tan olvidadizos.

Serafín Fanjul es numerario de la Real Academia de la Historia.

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