Jesús, testimonio perenne

El hombre moderno, sin certezas y sin creencias, se siente desprotegido porque tiene la sensación de estar viviendo una comedia sin desenlace y porque desconfía de que la vida tenga sentido. Ante esta situación se pregunta ¿quién fue Jesús, qué habrá hecho para que hasta el día de hoy haya habido tanta gente que le haya amado y haya dado la vida por él?, ¿cómo entendió su vida, dónde está la fuerza de su persona y su originalidad, por qué, a pesar de que las ideologías y las religiones están sumidas en una profunda crisis, hay tantos ciudadanos que siguen afectos a su persona y a su mensaje?

La vida de Jesús no nace del mito, ni del simbolismo ni de imaginación, sino que es la realización de la idea de Salvador. El gran milagro es que la cosa más bella del mundo, el cristianismo, haya salido de una tradición oral, de los recuerdos de unos pobres pescadores de Galilea, de oscura elaboración y puramente popular. Jesús murió bajo Pilatos, muy probablemente en el año 30 de nuestra era. El poder político romano y el religioso judío condenaron a Jesús a morir crucificado por el simple pecado de haber roto muchos tabús y por su predicación utópica y un tanto libertaria. «Porque no toca la misma música que la banda de sus colegas», me dijo alguien. Su profetismo y su mesianismo lo condujeron a la cruz.

La radicalidad del cristianismo consiste en la disolución de todas las estructuras fundadas en el poder, en el dinero, en la sabiduría del mundo. Las bienaventuranzas son la cumbre de la literatura del absurdo para la mentalidad de nuestros días: «Bienaventurados los pobres, los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los ultrajados y despreciados por causa de mi nombre» (Mat. 5, 1-12). En esto consiste el vaciamiento, la nulificación de la que habla San Pablo, que hacen del hombre viejo un hombre nuevo: abandonarse incondicionalmente en los brazos de Cristo y dejar espacio amplio a la gratuidad. La gracia es un soplo de Dios sobre la carne. La doctrina de Jesús es como una anarquía divina; elige a los tontos para confundir a los sabios, a los débiles para avergonzar a los fuertes y poderosos.

La revolución mesiánica consiste en una inversión del estado de cosas actual, una lucha por incrustar en mi corazón unos intereses -humildad, solidaridad, caridad, veracidad-, diferentes de los valores del mundo -dinero, poder, explotación del prójimo, mentira-. Libres de toda atadura para, partiendo de lo que se es, luchar por lo que se puede ser. La agitación, la tensión y la transmutación de valores que duran desde hace 2.000 años parece mentira que hayan sido provocadas y que tengan su origen en la predicación y en la vida del hijo de un carpintero.

Cristo cuestiona y se enfrenta al poder político y religioso y opera la ruptura necesaria con el orden establecido para subrayar el carácter nuevo y original de su mensaje; insistió muchas veces en la insolencia de los gobernantes religiosos que asesinan a los profetas que le son enviados (Luc. 13, 34-35), y su libertad y su solidaridad con los excluidos representaban una radical y peligrosa alternativa al sistema impuesto por Roma. De lo que se trata es de sustituir viejos prejuicios por nuevos valores creados por el individuo al contacto con Jesús. La transmutación de todos los valores es fruto del manantial que brota en el individuo al contacto con Jesús. Sólo la frecuentación del Evangelio y de gente que ama puede descubrirnos el estilo de vida de Jesús, para ser yo mismo, tomar mi propia existencia y mi soledad en mis manos y escuchar como habla en mi interior el misterio. Entonces el Evangelio deja de ser sólo una religión, una doctrina, para convertirse en una experiencia de vida. Jesús es muchas figuras en constante movimiento, tantos Jesús como yo/tú.

Vayan y cuenten y testimonien, vayan y contagien lo que han visto y oído. Todo esto, queridos amigos, denlo a conocer. No con muchas palabras sino como hicieron aquí, con gestos simples y cotidianos, esos que transforman y hacen nuevas todas las horas. No son los dogmas, ni los milagros sino la vida concreta de Jesús, sus palabras sencillas y penetrantes las que seducen y sacuden el alma. Nadie ha expresado como él las inquietudes e interrogantes del ser humano ni nadie ha despertado tantas esperanzas, piensa Pagola. La religión sin caridad está atrofiada. El cristiano es una persona de memoria y esperanza y puede ser griego, español, independentista, comunista, conservador, científico, analfabeto; su ser cristiano está por encima de todas las diferencias y de todo interés individual o partidista. Jesús, la omnipotencia de Dios, asume las debilidades del tiempo, la duda, la agonía y la muerte, pero resucita.

La teología ha de presentar a Jesús al hombre de su tiempo de manera novedosa, seria, atractiva y comprometida; debe dar una imagen refleja del mundo y de la vida poniendo el énfasis sobre el sufrimiento y el amor de Dios. El lenguaje es histórico y, por lo tanto, contingente. Las expresiones que llegan y conmueven a la gente de hoy, mañana pueden quedarse obsoletas. El tiempo es el horizonte de todo intento de comprensión y de interpretación. Adaptar el lenguaje no es traicionar el mensaje sino utilizar los medios apropiados y propicios para que el mensaje llegue al oyente. Cristo y su mensaje son inmortales pero los sistemas, las traducciones, las maneras de hablar… son efímeras. El lenguaje es creatividad, artesanía pura, antropología y ciencia. La teología y las disquisiciones metafísicas sobre su doctrina pueden amplificar nuestros conocimientos, pero no nuestro amor.

Hay cientos de vidas de Jesús. En rasgos generales, se pueden dividir en tres clases: las piadosas, destinadas a creyentes; las poéticas, que no proponen más que meditaciones personales;y las críticas, fruto de intrincados y complicados estudios histórico/filológicos cuyos autores han ido incorporando a la investigación sobre Jesús los descubrimientos científicos y nuevos métodos a lo largo de la Historia. Estas últimas, unas hechas por creyentes y otras por agnósticos o ateos. Los ateos parten del principio de que lo sobrenatural no existe y, por lo tanto, Jesús no pudo hacer milagros y su divinización es la mitificación de un personaje histórico, más o menos relevante. Los creyentes, por su parte, parten del principio de que lo sobrenatural existe y, por lo tanto, Jesús es un profeta de Dios, el mismo Dios que ha plantado su tienda entre nosotros para liberar la vida de sufrimiento, opresiones y abusos, y redimir a la humanidad del pecado.

Querer domesticar la Palabra de Dios es cosa de todos los días, para que no nos pregunten ni nos preguntemos, para que no nos cuestionen ni nos cuestionemos. Así, los sueños se conviertan en ensoñamientos. Si Jesús volviese hoy en carne viva seguramente no reconocería como sus continuadores a aquéllos que quieren encerrarle en unas cuantos frases y preceptos sino a quienes aman a los otros como él nos ha amado. La vida de Jesús está marcada y orientada por el aliento, el amor y la fuerza de Dios. «Creer en la divinidad de Jesús no es confesar teóricamente una formula dogmática elaborada por los concilios, es ir descubriendo de manera concreta en sus palabras, en sus gestos, en su ternura y en su fuego, el misterio último de la vida que los creyentes llamamos Dios», escribió Pagoda. Seguir a Jesús es luchar por liberarse de todo aquello que esclaviza y optar por los pobres y humildes, es adherirse plenamente a Cristo. «El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, el cristianismo es Cristo», dijo el Papa Francisco.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. Su último libro es En blanco (UnomasUno).

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