Johnson y la farsa británica

Una de las grandes virtudes de los británicos es que son capaces de reírse de sí mismos. Mucho antes de Shakespeare, el teatro cómico fue uno de los rasgos definitivos del teatro en estas islas. La prensa británica -la primera prensa moderna en Europa-, producía obras maestras en el arte de la sátira y la parodia. Uno sólo tiene que mirar los grabados de Hogarth y de Gillray para ver cómo la farsa era un tema estándar en el comentario político. La sátira, por supuesto, siempre tenía una intención seria: señalar las locuras y errores de la monarquía y de las élites gobernantes.

Parece que ha llegado el momento en el que vamos a necesitar una nueva era de la sátira. En concreto, para hacer frente a la situación extraordinaria, donde una vez más los payasos han subido a la superficie de la política en el Reino Unido. El Parlamento británico, que se supone guardián de la democracia, parece haber decidido que un referéndum en el que 17 millones votaron a favor del Brexit, sobre un electorado total de 46 millones, es una expresión verdadera y correcta de los deseos del pueblo. Por tanto, el Parlamento ha rechazado los otros 29 millones de votos como insignificantes. Un grupo de abogados está tratando de cuestionar esa conclusión, pero no hay duda de que el Gobierno no permitirá que prosperen. Eso, sin embargo, es sólo el primer paso en la sorprendente ópera cómica que se ha estado desarrollando en los últimos días.

Johnson y la farsa británicaLos políticos británicos, al igual que sus colegas estadounidenses al otro lado del Atlántico, parecen haber decidido que el escenario de la ópera debe ser ocupado por los bufones. La nueva primera ministra, Theresa May, ha formado un Gobierno en el que lógicamente se ha hecho todo lo posible para incluir a todas las secciones de un partido conservador dividido. Para ella, la salvación de su partido es la principal responsabilidad, y las divisiones en la sociedad británica tienen menor importancia. Por tanto, ha cambiado sus opiniones de la noche a la mañana. Hasta ahora era una fuerte oponente del Brexit. Sin embargo, ha hecho la extraordinaria promesa de que su primer objetivo es poner en práctica el Brexit. Ese es el verdadero estilo de la comedia.

Para enfatizar el grado de compromiso con el Brexit, May ha dado el toque maestro a la ópera cómica nombrando como actor principal a un comediante que ha actuado magníficamente en la escena pública. Ese cómico es, por supuesto, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Boris Johnson. Es un nombramiento que muestra el excelente sentido del humor británico porque ha provocado la burla y la risa en todo el mundo político. La reacción casi unánime de la prensa de todo el globo ha sido de incredulidad. Probablemente, por primera vez en la historia británica, la política ha sido sustituida por la farsa.

Antes de convertirse en político, Johnson, rico y de educación elitista, era un periodista con base en Bruselas, donde asombró a sus colegas europeos con su capacidad para distorsionar la verdad. Un colega que trabajaba allí con él informa en The Guardian: ‘No todos los días un país nombra como su representante mundial un mentiroso conocido, para quien la exageración, los insultos y las insinuaciones racistas parecen completamente normales. Un hombre aparentemente carente de cualquier convicción profunda fuera de su propia autoestima’. El mismo colega afirma: ‘el ex alcalde de Londres es para la diplomacia lo que Stalin era para la democracia’.

Aquellos de nosotros que han seguido el curso de la consulta siempre nos quedábamos impresionados por las continuas mentiras y difamaciones de Johnson. Comparó la UE a Hitler, hizo afirmaciones falsas de que Gran Bretaña enviaba todas las semanas 420 millones de euros a la UE, y aseguró que Turquía estaba a punto de entrar en la UE y enviar su población de 76 millones de personas a vivir en Inglaterra. Cada día de la campaña entretenía al público con sus insultos ingeniosos y poco diplomáticos: el presidente Obama era antibritánico -sostenía-, a causa de sus orígenes africanos; y Hillary Clinton era como ‘una enfermera sádica en un hospital mental’. Esto claramente no es el tipo de cosas que se dice acerca de un país que siempre ha sido considerado el principal aliado de Gran Bretaña.

Ahora, la primera ministra británica ha designado a este bufón como principal representante del país ante las naciones del mundo. Un dirigente socialista alemán comentó: ‘No me sorprendería si Gran Bretaña pusiese a Drácula a cargo del Ministerio de Salud’.

El aspecto más notable de las declaraciones públicas de Johnson es que nunca se pueden creer, porque siempre distorsionan la verdad, o al menos presentan falsedades de una manera que tienen por finalidad engañar. El ministro de Asuntos Exteriores francés dijo que ‘Johnson mintió mucho a los británicos’. Por poner un ejemplo, el nuevo ministro de Finanzas (chancellor), Philip Hammond, ha declarado de manera realista que se puede tardar hasta seis años en efectuar la salida de la Unión Europea. En realidad, esto no era lo que Boris Johnson prometió. Convenció al público de que inmediatamente después de la votación el Reino Unido entraría en una tierra de leche y miel. Él sabía que no era cierto, pero lo dijo de una manera tan divertida que todo el mundo le perdonó rápidamente. Esa es la esencia de la comedia.

La aparición en el escenario de Johnson tiene por objeto crear un shock, nada más. No hay una ilustración más fina de eso que ver directamente las reacciones de los líderes políticos cuando se enteraron de la noticia de su nombramiento. Un destacado miembro laborista del Parlamento se quedó boquiabierto: ‘Él … ¿qué?’, exclamó, y se dio la vuelta para que la cámara no pudiera ver la expresión de su cara. Un portavoz de la Casa Blanca en Washington se hallaba en mitad de una conferencia de prensa cuando le comunicaron la noticia en un papel. Le echó un vistazo y entonces hizo un esfuerzo para evitar la sonrisa en su rostro, en un gesto que seguramente con el tiempo le permitirá ganar una medalla de honor. Los políticos y diplomáticos de otros países no han escatimado sus comentarios. ‘Con Boris Johnson a cargo de la diplomacia, Gran Bretaña ha insultado al mundo’, sostiene un titular esta semana en el periódico más respetado de Gran Bretaña. Le Monde describe Johnson como ‘un político al estilo de Monty Python que parece evitar tomarse las cosas en serio’.

De hecho, detrás de la bufonería hay señales peligrosas. Algunas declaraciones anteriores de Johnson sobre asuntos internacionales revelan que sus puntos de vista están completamente en desacuerdo con las actitudes cautelosas de la mayoría de los diplomáticos británicos. Se ha pronunciado con contundencia en favor de Israel, ha declarado que Occidente podría intervenir militarmente para apoyar el régimen de Assad en Siria, y ha sugerido que se puede dar armas nucleares a Irán. Ninguna de estas actitudes coincide con la política británica ordinaria.

Por supuesto, la diplomacia siempre está cambiando, pero al menos los diplomáticos responsables tienden a ser muy cuidadosos con las declaraciones públicas que hacen. Queda por ver qué declaraciones hará en público y en privado el nuevo ministro de Exteriores británico. Con los problemas actuales en Turquía, ya hay razones para estar preocupado por el papel de Boris Johnson. Recientemente, el periódico turco Daily Sabah, que tiene estrechos vínculos con el Gobierno de turno, describe a Johnson como un ‘antiturco’, y añade que su nombramiento ‘plantea preguntas sobre el futuro de las relaciones internacionales de Gran Bretaña’.

Tal vez las personas emprendedoras que dirigen Wikileaks puedan encontrar una manera de penetrar en la oficina de Johnson con el fin de averiguar la forma en que realmente funciona en su nuevo trabajo. Sería un gran servicio a la causa de la diplomacia internacional.

Henry Kamen, historiador.

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