Jordania ante la encrucijada siria

La atención de los preocupados por las consecuencias de la crisis siria sobre los países vecinos se ha centrado recientemente en la ciudad de Trípoli, en el norte de Líbano, donde resultaron 14 personas muertas y unas 90 heridas en nuevos enfrentamientos entre milicias rebeldes rivales en barrios musulmanes de predominio suní y alauí respectivamente. El estallido de violencia obedeció en parte al vacío político y de seguridad resultante de la continuada incapacidad de las alianzas 8 de Marzo y 14 de Marzo para consensuar una fórmula destinada a crear un gobierno de unidad nacional, intento que lleva siete meses de retraso. Sin embargo, también reflejaba las tensiones generadas por la batalla fraguada al otro lado de la frontera con Siria, donde ejército y fuerzas de oposición refuerzan sus efectivos en previsión de una ofensiva del régimen para bloquear las líneas de suministro de los rebeldes procedentes de Líbano.

No obstante, mayor importancia estratégica en un futuro próximo presenta la forma en que evolucione la crisis de Siria en Jordania. El reino goza de niveles mucho más altos de seguridad y estabilidad que Líbano, pero hace frente a tiempos difíciles. El centro de gravedad de las operaciones militares en Siria se aproxima al tiempo que los rebeldes opositores se esfuerzan por afianzar su control de la región de la frontera sur con Jordania y mientras las fuerzas del régimen luchan para eliminar bastiones rebeldes al sur de Damasco, a fin de proporcionar una defensa en profundidad de la capital contra un probable avance de los rebeldes del área de Deraa. Una escalada de los combates provocará un aumento de los flujos, a través de la frontera sirio-jordana, de combatientes y armas de la oposición en una dirección y de los refugiados en otra, lo cual plantea un desafío inmediato a un gobierno que se esfuerza para abordar la cuestión de 1.300.000 sirios que ya se encuentran en el país.

Hasta fecha reciente, Jordania ha intentado mitigar las consecuencias de la crisis siria mediante la adopción de una política de neutralidad similar, en términos generales, a la libanesa de disociación, lo que se alterna con episodios de compromiso positivo en los que el rey Abdalah II o el primer ministro de Jordania se ofrecieron a mediar entre el presidente Bashar el Asad y la oposición siria, ninguna de cuyas instancias le mostraron agradecimiento alguno.

Sin embargo, en los dos últimos meses, Jordania ha realineado estrechamente su política exterior con Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, entablando lo que los partidarios internos del cambio consideran como una inequívoca alianza en lugar de un eje informal. La caída de El Asad es inevitable, razonan, y Jordania es la que más puede beneficiarse en caso de sumarse al bando que pone a contribución sus recursos para alcanzar este resultado.

Otros en Jordania son mucho menos optimistas sobre la sensatez de la abierta realineación y sobre el resultado probable del conflicto en marcha en Siria. Personalidades clave de los militares y servicios de inteligencia jordanos, actores clave en el manejo de la cuestión siria, consideran que el auge de grupos rebeldes en Siria afiliados a Al Qaeda constituye la mayor amenaza en caso de producirse la caída del régimen de El Asad, o incluso en caso de que sobreviviera. La aparición de Yabat el Nusra en algunos puntos de la frontera común parece confirmar esta preocupación. A este respecto, los planes saudíes para establecer reglas de juego comunes entre la oposición siria y el régimen, como confirmó el exjefe de los servicios de inteligencia saudíes, el príncipe Turki al Faisal, el 22 de octubre, representan una amenaza adicional para Jordania, ya que implican necesariamente el uso de Jordania como campo de entrenamiento, base de tránsito y corredor de suministro de armamento destinado a un nuevo ejército rebelde nacional.

En privado, los funcionarios de la casa real de Jordania, que son el otro actor principal implicado en la gestión del asunto sirio, consideran que el plan no es realista. Además, tener un papel de estas dimensiones equivaldría a intervenir directamente en Siria en el plano militar. Esto parece poco probable si se tiene en cuenta que el núcleo principal de los Amigos de Siria, del que es miembro Jordania, acaba de reafirmar su compromiso con el marco de Ginebra II para una solución política en Siria. Pero la presencia de agentes de servicios de inteligencia de alto nivel y oficiales en la reunión entre el rey Abdalah II, el rey saudí Abdulah y el jeque Mohamed bin Zayed al Nahyan, que ejerce funciones también como príncipe heredero de Abu Dabi y subcomandante supremo de las fuerzas armadas de los Emiratos Árabes Unidos, en Yida, el 21 de octubre, sugiere que Jordania ya es un socio en la planificación concreta de alguna forma de participación activa en Siria.

Los motivos inmediatos de Jordania son suficientemente claros. El reino sobrevive con la ayuda de fuentes externas: Arabia Saudí concedió subvenciones por valor de 1.400 millones de dólares en ayuda presupuestaria y petróleo crudo a precios con descuento en el 2001; asimismo, comprometió 1.250 millones dólares en préstamos para el desarrollo en un periodo de cinco años a partir del 2012, mientras que el Fondo de Desarrollo de Arabia transfirió 250 millones de dólares para el gasto en proyectos de desarrollo en el 2013. Los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar prometieron 3.750 millones de dólares para el desarrollo de Jordania durante el mismo periodo de cinco años.

Sin embargo, la riña pública y abierta entre Arabia Saudí y Estados Unidos sobre la política hacia Siria empuja en direcciones opuestas. Al menos por ahora, Jordania se alinea con Arabia Saudí, pero el compromiso de Estados Unidos con el marco Ginebra II hace que esto resulte incómodo para el reino hachemí. Una conferencia de paz exitosa puede ayudar a aliviar el dilema de Jordania, pero las perspectivas en este sentido se oscurecen. El régimen de El Asad, la Coalición Nacional de Siria y los rebeldes en el interior de Siria han endurecido sus posiciones y los Amigos de Siria están divididos sobre si aceptar o no la participación iraní en la conferencia. Si la diplomacia fracasa y persiste la divergencia entre Estados Unidos y Arabia Saudí sobre sus respectivas políticas sobre Siria, Jordania perderá protección política.

La última vez que Jordania se enfrentó a un dilema similar fue en 1990, cuando Iraq invadió Kuwait. Aunque el difunto rey Husein condenó la invasión, el Parlamento jordano reflejó el sentir de la opinión mediante el apoyo a Iraq, y el Consejo de Cooperación del Golfo castigó a Jordania suspendiendo todas las ayudas. Jordania no puede permitirse el lujo de repetir tal resultado, pero la alternativa de convertirse en una parte que intervenga en la crisis siria presenta riesgos aún más difíciles de predecir. Algunos funcionarios jordanos creen que el reino no habrá de actuar, de todos modos, si la fuerza de los afiliados de Al Qaeda aumenta al otro lado de la frontera, posiblemente mediante el envío de fuerzas armadas para crear una zona de seguridad dentro de Siria. Pero esto supondría que Jordania entrara en confrontación directa con Al Qaeda y con el régimen el régimen de El Asad y sentara las bases de una larga y complicada intervención militar en un conflicto complejo.

El interés nacional de Jordania se ve mejor atendido mediante una solución política en Siria, pero tendrá que esforzarse duramente para asegurar que la alianza tripartita de la que es miembro trabaja hacia ese resultado específico.

De lo contrario, la oposición en el seno de instituciones estatales clave y grupos sociales esenciales puede tratar de evitar que Jordania siga un rumbo intervencionista. Ahora bien, si Jordania demuestra ser un socio poco digno de crédito, corre el riesgo de provocar las mismas consecuencias que intenta evitar.

Yezid Sayigh, investigador asociado del Centro Carnegie sobre Oriente Medio. Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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