José Antonio Abreu y los límites del populismo musical

 José Antonio Abreu, fundador de El Sistema, en un evento en el Teatro Teresa Carreño en Caracas el 16 de febrero de 2012 Credit Ariana Cubillos/Associated Press
José Antonio Abreu, fundador de El Sistema, en un evento en el Teatro Teresa Carreño en Caracas el 16 de febrero de 2012 Credit Ariana Cubillos/Associated Press

Se ha marchado José Antonio Abreu, una de las figuras más influyentes del siglo XX latinoamericano. El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles desborda el ámbito venezolano, donde impactó la vida de miles de jóvenes. Luego de 43 años de vigencia, el llamado Sistema se ha reproducido en más de cuarenta países en Europa, África, Oceanía, Asia y América, y ha llevado a instrumentistas y directores venezolanos a posiciones de liderazgo en los mejores conservatorios y orquestas del mundo. Pero hoy, 43 años después de su creación, está en grave riesgo.

En el centro de los logros de El Sistema está la personalidad, el talento y la formación del propio Abreu. Un hombre con una voluntad inquebrantable y una cultura sólida, tanto en economía como en los pilares de la música académica: la composición, la ejecución instrumental y la dirección de orquesta.

Como artista, Abreu era un músico integral. Pero también fue un político astuto y, como tal, dedicó su vida no tanto a procurar el poder, sino a entender y aprovechar las necesidades de los líderes de la Venezuela petrolera. Para ellos, tenía una idea novedosa, maniquea y perfectamente entonada con los oídos populistas de los presidentes venezolanos de las últimas cuatro décadas: la superación de la pobreza a través de la formación musical comandada desde el Estado.

La muerte de su principal mentor coincide con el agotamiento de las arcas del Estado petrolero, en manos ahora del chavismo mafioso que para mantenerse en el poder necesita violar los derechos fundamentales de la población. Estos factores legitimarán a los críticos de siempre del Sistema, que llevan décadas denunciando las irregularidades y privilegios de los que disfrutó Abreu en su trato con los distintos gobiernos.

Se decía, por ejemplo, que El Sistema era inauditable o que el avance de las Orquestas Juveniles se había hecho a expensas de las especialidades artísticas restantes, lo que, en buena medida, era cierto. Abreu llegó a ser el presidente del Consejo Nacional de Cultura durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez y, en ese lapso, el apoyo asimétrico hacia las orquestas se enfatizó dramáticamente.

Con la llegada del chavismo al poder, todas esas taras de El Sistema se exacerbaron hasta convertirlo en el proyecto cultural central del Estado venezolano y un actor fundamental de su aparato de propaganda. Los jóvenes músicos fueron usados como miembros del partido del gobierno, disfrazados con el mismo atuendo tricolor que usaba Hugo Chávez, y tuvieron que participar activamente en varios de los abusos más emblemáticos del régimen.

En ese sentido, el año 2007 constituye un momento revelador de por dónde avanzaba El Sistema. Para entonces, la autocracia había decidido cerrar por motivos políticos Radio Caracas Televisión, el canal más antiguo y popular del país. Para celebrar la clausura forzada y su sustitución por un canal gobiernero se dispuso que la Orquesta Nacional Juvenil y un coro de niños entonaran el himno nacional, que se transmitió por todos los medios del país. El concierto fue dirigido por Gustavo Dudamel, el producto más acabado de El Sistema, el niño maravilla de la conducción orquestal y protégé de José Antonio Abreu.

El país despertaba a una realidad trágica. Abreu y sus muchachos muy pronto se vieron atrapados por el modelo de extorsiones mafiosas del chavismo. Años más tarde, Nicolás Maduro es nombrado presidente encargado de Venezuela y para celebrar el evento se convocó a Abreu y a Dudamel, prestos a legitimar con su música al sucesor de Chávez. En ese momento ninguno de los dos podían imaginar que tiempo después Maduro se dedicaría a reprimir protestas en las que murieron 124 personas y más de diez mil resultaron heridas, muchos de ellos estudiantes universitarios.

El año pasado las contradicciones llegaron al extremo luego de la muerte de un miembro de El Sistema. Era Armando Cañizales, un violinista de 18 años, quien recibió un balazo cuando se manifestaba en la calle contra la elección espuria de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Paradójicamente, el 4 de abril Delcy Rodríguez, la presidenta de la ANC contra la que protestaba Cañizales, fue nombrada parte de la junta directiva de El Sistema.

El funeral de Cañizalez fue un evento determinante. Sus compañeros de El Sistema interpretaron el segundo movimiento de la Séptima sinfonía de Beethoven y, por primera vez en más de cuarenta años, se rebelaron contra el gobierno: “Cañizales no era terrorista —decían las pancartas—, solo quería un país sin dictadura”.

A las horas, Dudamel, batuta de la Filarmónica de Los Ángeles, rompió un silencio de años reclamando el derramamiento de sangre: “Ya basta de desatender el justo clamor de un pueblo sofocado por una intolerable crisis”. Sin el menor empacho, el régimen procedió a cancelar su gira internacional con la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela.

El Sistema se agota: no solo por la muerte de Abreu, sino porque las bases económicas y políticas sobre las que se creó han estallado por los aires. Para sobrevivir, necesita de dos condiciones que ya no existen en Venezuela: un Estado infinitamente rico y un régimen mínimo de libertades políticas, sin las cuales es inevitable que los jóvenes músicos terminen como súbditos de una tiranía abyecta.

En la práctica, la organización se desangra. La mitad de los maestros de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela —el conjunto cúspide del modelo— se ha marchado al extranjero y cuesta imaginar las condiciones de vida que tendrán más de quinientos mil jóvenes, que forman parte de El Sistema, para dedicarse a la música recibiendo el salario mínimo venezolano: menos de seis dólares al mes.

Nada de esto equivale a desconocer los logros de la obra de Abreu. La música le dio a cientos de miles de muchachos un sentido de orden, propósito y sensibilidad al que no habrían tenido acceso de no ser por la presencia de este venezolano excepcional. También se debe reconocer que algunos de los discípulos de El Sistema salieron de la pobreza gracias a la música. El ejemplo más notable lo encarna el contrabajista Edicson Ruiz, quien pasó de San Agustín, un barrio pobre y peligroso de Caracas, a los atriles de la Filarmónica de Berlín.

Sin embargo, decir que la música orquestal era la vía para que los excluidos abandonaran la pobreza es populismo musical. ¿Tenía Abreu otra ruta para convencer a los políticos sobre la necesidad de financiar su proyecto? Seguramente no: así se hizo la ciencia, el deporte y la industria en Venezuela, exigiendo prebendas al gobierno. El Sistema no es una anomalía, sino el caso más prolongado de imbricación con el rentismo petrolero.

La fórmula Abreu llegó a su límite: negociar con el poder, independientemente de su condición despótica, ya no es una estrategia sustentable. La dimensión de la obra de José Antonio Abreu es incontrovertible, pero la historia también tendrá que reclamar que cuando la democracia estuvo en riesgo y buscó a uno de sus hijos más lúcidos, no lo encontró. Ya estaba demasiado comprometido con un populismo delirante que ha terminado por destruir a su país.

Aquiles Esté es semiólogo, publicista y consultor en mercadeo electoral.

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