José de Ribera

Habitualmente se incluye a este célebre artista, nacido en Játiva en 1591, entre los pintores valencianos de la escuela española del Siglo de Oro, consideración un tanto singular, debido a que se estableció desde muy joven en Italia. Su primera formación no es clara y existe cierta confusión acerca de ella, de lo que se siguen atribuciones a sus pinceles de obras ricas en discrepancias y controversias, a menudo interesadas. No en vano, los cuadros y dibujos del maestro alcanzan precios desmesurados en los mercados de arte mundiales. Estuvo en Roma integrándose, al parecer, en el ambiente caravaggista de los años 1611 a 1615 —Caravaggio había muerto en 1610, pero su estética era cultivada por múltiples seguidores europeos, de diferente procedencia geográfica—, y dedicándose a una vida bohemia y aventurera, común en los círculos que frecuentaba.

Hacia 1611 está registrado en Parma, donde realizó obras para el duque Ramuccio Farnesio. En la Ciudad Eterna trató con otros autores españoles, incluido su hermano Juan. A partir de 1616 se afincó en Nápoles —ese mismo año contrajo matrimonio con Caterina Azzolino, hija de un pintor siciliano que trabajaba allí— y gozó de la amistad y protección de los sucesivos virreyes, entre ellos el duque de Osuna. Uno de sus primeros mecenas fue el príncipe Marcantonio Doria, para quien envió a Génova, patria del aristócrata, diferentes pinturas.

Su importancia es básica en el ámbito pictórico internacional, tanto siendo pintor como debido a sus tareas de grabador, y, desde luego, rebasa ampliamente el estrecho ámbito de lo valenciano. Aparenta casi italiano para la visión actual, que a menudo olvida las circunstancias históricas de Nápoles, posesión española durante siglos. Subrayando esta certeza, Ribera firmó sus obras siempre como español, y muchos de sus lienzos fueron enviados a España, ejerciendo una notable influencia. Tuvo una posición social ventajosa y fue durante su vida una personalidad preeminente en el mundo artístico napolitano. Su mote, que le dio fama en la bella ciudad señoreada por el omnipresente Vesubio, fue el de «Spagnoletto».

Ribera experimentó una profunda admiración por Caravaggio, y a él debe su visión pictórica naturalista y los violentos contrastes luminosos, indudablemente exacerbando, hasta extremos insospechados, los principios del italiano, de modo que hay una interpretación riberesca de los mismos. Autor de cuidadas composiciones, solemnes y depuradas, buscó siempre la sencillez monumental, logrando efectos de gran plasticidad, en lo que colaboraba su peculiar sistema de contrastar las luces, para alcanzar valores escultóricos en las formas, concentrando la atención sobre el asunto principal.

Su sentido del realismo, que otorga a cada elemento participante en sus creaciones una adecuada calidad táctil, le lleva a emplear una pincelada cargada de pasta que acentúa aún más la expresividad de sus figuras, alcanzando extraordinario relieve, tanto en las arrugas de la piel como en las heridas sangrantes o los complejos plegados de los atuendos, aunque también sabe conseguir una superficie lisa y aporcelanada cuando lo exige el tema. Su virtuosismo en describir la sensación veraz de la materia es proverbial en toda su extensa obra.

En muchos de sus cuadros, algunos formando series, como es el caso de los «apostolados», llega a desarrollar, en clave velazqueña, la interpretación del naturalismo de Caravaggio. Al verse constreñido a diversificar tipos, rostros y actitudes con objeto de evitar la caída en la reiteración, ofrece imágenes extraídas del entorno cotidiano en el que se movía, tan duras como desgarradoras, acordes con los relatos y las modas del momento, pero muy humanas y concretas. El resultado, tomado en conjunto, es indudablemente sugestivo; tanto, que obliga a meditar a quien las contempla, por causa de la fuerza con la que se personifican e imponen. Sus composiciones, además, son vigorosas y directas, sin concesiones al decorativismo o la blandura, semejando rebasar las fronteras de los marcos que las encierran en razón de su impresionante energía contenida, realzadas por la característica iluminación magistralmente contrastada para otorgarles el sentido de la tercera dimensión, en aras de subrayar el efecto de volumen.

Cultivó con preferencia y abundancia los temas de devoción, pero también el retrato, la alegoría y la mitología, haciendo alguna que otra incursión en el paisaje, la naturaleza inerte y el dominio de lo fantástico. Su popularidad le viene de sus asuntos en los que refleja ancianos, santos o penitentes, escenas de martirio o motivos trágicos de la religión católica, siendo en estos conceptos un sobresaliente continuador de la vertiente dramática impuesta por la corriente contrarreformista nacida de las conclusiones del Concilio de Trento.

Cruel y feroz, áspero e incluso sanguinario: son los caracteres que conforman el retrato superficial que de él se hicieron los críticos del siglo XIX, amantes del romanticismo exaltado, que contemplaban y analizaban sus obras, las cuales, por otra parte, se encuentran en la misma línea expresiva y agresiva de otros muchos artistas de su tiempo. También conviene señalar que a tales conclusiones contribuyó el hecho incuestionable de que muchos de sus lienzos están muy ennegrecidos por el abuso del empleo del betún en la materia pictórica, de lo que se ha seguido un proceso degradador que produce oscurecimientos en anécdotas que no nacieron con esa intensidad dramática.

Su pulso firme de grabador se advierte en la seguridad y precisión de su dibujo. Los conocimientos que poseía del arte clásico pueden observarse en numerosas composiciones perfectamente compensadas gracias a un equilibrio lógico, cuyos personajes, aun viviendo estremecedoras situaciones límite de sufrimientos, penalidades o privaciones, siempre conservan una digna gravedad de magnética atracción para el espectador consciente. A pesar de su facilidad para conseguir los trágicos instantes crispados y duros de los anacoretas o los martirios, a lo largo de su etapa de madurez, merced al estudio de la pintura veneciana, introduce en su obra elementos de rico cromatismo, agilidad dinámica y suntuosa sensualidad, con lo que su paleta gana en claridad y brillantez, al tiempo que gusta de los efectos atmosféricos —su temática la desarrolla también en escenas al aire libre—, y en ocasiones sus figuras adquieren una dulzura refinadísima antes inexistente, haciendo retroceder al tenebrismo, debido al carácter cálidamente luminoso de su renovada factura.

Ribera falleció en Nápoles en 1652, dejando tras de sí una dilatada ejecutoria y una amplia estela de imitadores que culmina en Luca Giordano («Lucas Jordán»), excelente intérprete en su juventud del estilo tradicional, o cuando menos popular y más conocido, del maestro; tanto, que determinadas piezas han ostentado atribuciones al setabense, cuando en realidad habían surgido de los fértiles pinceles del napolitano.

El nuevo análisis que la crítica contemporánea ha hecho del autor, eliminando muchos tópicos y valorando su multiformidad, revela una figura artística y un carácter humano mucho más finos y polifacéticos que lo pensado hasta ahora: ello le convierte en uno de los creadores de más amplia y variada producción del Barroco europeo.

Por Juan J. Luna, conservador del Museo del Prado.

1 comentario


  1. Que raros se van haciendo en la prensa los artículos sobre la historia del arte. Se agradecen estas gotas de agua.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *