José García Nieto, un siglo de audacia poética

EL centenario de José García Nieto es la celebración de un autor significativo de la poesía española. Él, con quien tanto quise, no había llegado a la cincuentena y yo no había cumplido dieciocho años cuando me presenté en su casa con un cuaderno de versos primerizos bajo el brazo que él leyó con paciencia y a los que su generosidad concedió indulgencia plenaria; pronto me acogió entre los colaboradores de su revista «Poesía Española» y un año más tarde insistió en que publicara una selección de aquellos poemas en un librito que le dediqué, del que no me arrepiento y acaso debiera hacerlo. Desde entonces hasta su primera muerte, el cornalón en su cerebro que no se lo llevó de este mundo pero sí de su mundo, de nuestro mundo, su amistad fue un sostenido regalo. Hace muchos años, en una ocasión memorable para mí, dejó dicho que yo era el joven al que más quería después de su hijo. Entre tantas enseñanzas, a él y a mi compadre Carlos Murciano les debo mi interés mantenido por el soneto, el gótico de la poesía.

José García Nieto, un siglo de audacia poéticaGarcía Nieto es uno de los grandes sonetistas de la poesía en castellano. No debe sorprender que el soneto asuste a endebles arquitectos del verso. Muchos huyen del soneto como el ratón del gato probablemente porque alguna vez se han enfrentado a él y les salió cojitranco. El soneto es intemporal; no pasa. Ocurre que hay poetas que no llegan. Me reconforta que en los premios de cuyos jurados soy miembro encuentre cada vez más sonetos de autores jóvenes desde una renovación que supone la vitalidad de la fórmula.

En una carta a García Nieto («Cartas literarias», 1977), Juan Ramón Jiménez escribía sobre el libro «Sonetos por mi hija»: «¡Qué hermosos son! A veces me pregunto ¿en qué nos aventajan los llamados clásicos a nosotros? ¿En qué bellezas han ido más cerca de la belleza esos clásicos? Sonetos como esos suyos, el segundo, el cuarto, todos ¿no son como los de Garcilaso, Lope, Góngora, Quevedo, Calderón, o mejores, más enteramente mejores…?». A veces se le reprochó su condición de sonetista. Recuerdo que para alabar justamente su libro «Memorias y compromisos», de hace casi cincuenta años, un crítico, de cuyo nombre no quiero acordarme, escribió: «Donde por primera vez […] renunció a tanto soneto y tanta décima, para utilizar un versículo noble, bien musculado, fuerte de dicción y de sentido», como si sus sonetos no fuesen versos nobles, y no estuviesen bien musculados, y no resultasen fuertes de dicción y de sentido.

Además, García Nieto alcanzó enorme aliento en el verso libre, en el versículo, en libros formados, en ocasiones, por un solo extenso poema, como «El parque pequeño», «Elegía en Covaleda» o «La hora undécima». «Memorias y compromisos», «Galiana», «Nuevo elogio de la lengua española», «Carta a la madre», entre tantas obras de una producción amplia, son ejemplos de un dominio total del verso libre y evidencian tanta maestría en el oficio poético como sus libros conformados total o principalmente por sonetos y verso rimado, entre ellos «La Red», «Tregua», «Geografía es amor», «Sonetos y revelaciones de Madrid», «Hablando solo» y «Mar viviente».

Debemos celebrar a García Nieto, además de por el valor intrínseco de su obra, por su presencia fundamental en el desarrollo de la poesía española en la posguerra a través del grupo «Juventud creadora» del que nació la revista «Garcilaso» en 1943 que animó la aparición, desde disidencias o coincidencias estéticas y de orientación, de otras importantes publicaciones poéticas. La generación del 27 había tomado a Góngora como modelo, la generación del 36 reivindicó a Fernando de Herrera y los «garcilasistas» encontraron su guía en el poeta y caballero que murió guerreando por el Emperador.

García Nieto publicó en «Garcilaso» a poetas reconocidos ya entonces y alumbró nombres que consiguieron brillo posterior, sin tener en cuenta adscripciones. Conservo la colección de la revista y el índice de sus colaboradores evidencia una mixtura rica y en aquel tiempo audaz, una actitud abierta de su director, si no nos hacemos esa trampa en el solitario que supondría aplicar la mirada del segundo decenio del siglo XXI sobre el duro paisaje de la década de los cuarenta del siglo XX. Ello no ha impedido que no pocas veces la magnitud de su obra se haya tratado de ocultar injustamente tras el velo de «oficialista» y de «garcilasista» empleando los adjetivos como sordinas de su poesía.

En 1952 apareció el primer número de «Poesía Española», cuya segunda época se iniciaría en 1957. Es otra de las fundaciones de García Nieto que abrió aquellas páginas a todas las tendencias y a todos los nombres, como testimonia desde su experiencia Pere Gimferrer: «Aquella revista fue ejemplar. Todos tuvimos allí cabida: los transterrados y los de la península, los periféricos y los de Madrid, los ilustres y los desconocidos». García Nieto no entendió nunca la poesía como exclusión y su atención a los poetas jóvenes es comúnmente reconocida. Otros se instalaron en el anatema, la capilla o el clan, otorgando o retirando credenciales y calificaciones poéticas a su gusto o acomodo. José García Nieto nunca lo hizo.

La generosidad y la audacia de García Nieto discurrieron paralelamente a la evolución de su obra poética cuya visión de conjunto muestra su enorme capacidad de enriquecimiento formal y temático sin saltos en el aire. Los grandes temas comunes a la poesía –Dios, el paso del tiempo, el amor, la muerte– adquieren en nuestro poeta una realidad muy personal. En 1966 publica «Memorias y compromisos» y asume –sin renuncias, sin quiebras– un paso trascendente en su creación. Aquel libro prueba su audacia y, en lo que a mí respecta, también su generosidad, ya que fui elegido por el poeta para presentarlo, con poco más de veinte años, lo que ya fue una decisión audaz.

García Nieto fue, además de gran poeta, excelente autor de relatos –obtuvo entre otros importantes galardones la «Hucha de Oro»– y leído articulista; contaba entre los reconocimientos a esta faceta de su obra con el premio «Mariano de Cavia» de ABC, en cuyas páginas ejerció durante años la crítica literaria.

Por tanta generosidad como regaló a tantos, resulta dolorosa la cicatería de algunos ante una voz tan limpia, una de las obras más estimables de la poesía contemporánea. García Nieto llegó tarde a la Real Academia, de la que fue secretario perpetuo, y recibió el Premio Cervantes cuando ya el limbo de su enfermedad no le permitió hablar en el acto de su entrega por el Rey. El tiempo, ese gran rasero de vanidades y exageraciones, hará naufragar tanta fama aupada por mercadotecnias o clanes y destacará cada vez más la obra de José García Nieto, libre de tantas deformaciones y silencios.

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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