José María y la solitaria

Por Mario Vargas LLosa (EL PAÍS, 21/10/07):

La noche que lo conocí, uno de los últimos días de 1958, en un puente de París, como me oyó decir que aún no había cambiado dinero me prestó un billete de mil francos (de los antiguos). Después supe que era todo lo que tenía y que, por ese préstamo, había tenido que irse andando desde el Barrio Latino hasta su chambre de bonne, en Clichy. Se llamaba José María, era leonés, de familia campesina, había estudiado Derecho en Salamanca pero no alentaba la menor intención de practicar la abogacía porque quería ser pintor.

Nos hicimos muy amigos y todo el tiempo que vivió en Francia nos vimos casi a diario, aunque fuera un momento, para pasar revista a los acontecimientos del día, tomando un café. Era generoso, limpio de espíritu, noble, terco, leal y de una franqueza que se parecía a la brutalidad. Yo me burlaba de él citándole a Vallejo: “Español de puro bestia”. Entre tanta gente que me ha tocado conocer, nunca me topé con nadie que fuera tan naturalmente íntegro como José María, tan transparente, tan impráctico, tan sin dobleces y, por eso mismo, condenado a romperse la crisma en todas las empresas en que se embarcó.

Dibujaba con mucha soltura y tenía un olfato infalible para discriminar entre la belleza y la fealdad. Ir con él al Louvre o a cualquier exposición era un placer, porque su buen ojo, su sensibilidad y sus observaciones enriquecían (y a menudo fulminaban) aquello que veíamos. Tenía una predisposición irresistible hacia el realismo, algo que, en el París de las vanguardias, experimentos y estridencias plásticas de los sesenta, hacían de él un pintor antediluviano. Como era incapaz de renunciar a su inclinación natural por la figuración para ponerse a la moda -a las payasadas- de los tiempos, renunció más bien a la pintura y optó por el cine.

¿Cómo hacía para sobrevivir? Debía de pasarla muy mal con aquellos miserables trabajitos que a veces conseguía, pero era imposible saberlo, porque con su frugalidad, su estoicismo y su orgullo jamás pedía ayuda ni dejaba traslucir la menor necesidad. Para colmo de males, prohijó una solitaria. El maldito bicho aposentado en sus entrañas le envenenaba la vida y lo ponía ojeroso y esquelético por largos períodos. Un día, almorzando en el Café des Artistas, en Montparnasse, me dijo: “Nosotros vamos al cine, a los museos, conversamos y discutimos y tú crees que yo estoy haciendo esas cosas como las haces tú. Te equivocas: yo tengo la sensación de que hago todo lo que hago no para mí, sino para mi solitaria. Ni un instante me olvido de ella. Soy su esclavo”. Es una frase que nunca he olvidado porque esa alegoría de la solitaria es la mejor manera posible de definir la vocación de un escritor. Nunca aceptó que yo o cualquiera de sus amigos lo acompañáramos el día que, después de embutirse una poción vomitable, expulsaba la solitaria. Se encerraba solo, en su chambre de bonne, a pujar como una parturienta, y emergía del trance uno o dos días después, risueño y lívido: “Ya la liquidé”.

Probablemente el cine sea el quehacer más difícil donde abrirse un camino para alguien que, como José María, tenía una imposibilidad ontológica para promoverse a sí mismo, vender un proyecto, conseguir los apoyos indispensables para realizar una película. No sabía ni quería hacer esas cosas -halagar, seducir, encandilar- que, desde que el mundo es mundo, además del talento, y a veces sin él, se requieren para triunfar. Porque tampoco le interesaba triunfar. Hacer cosas bellas y originales, sí, pero por el placer de hacerlas. Lo demás -dinero, publicidad, fama, premios- le parecía prescindible. Un par de veces me tocó asistir a sus negociaciones con productores y, las dos, me quedé helado oyéndolo explicarles a éstos, con sinceridad suicida, los riesgos que corrían aventurándose a producir la película que quería venderles. Siendo como era, fue un milagro que consiguiera dirigir dos películas y una serial televisiva.

La primera, una adaptación de mi novela Pantaleón y las visitadoras, la codirigió conmigo, uno de los absurdos de que está hecho el cine, pues el dueño de la Paramount, Charlie Bludhorn, exigió que fuera el director yo, que no había visto una cámara en mi vida, ni había puesto los pies en un rodaje y sabía tanto de filmaciones como de chino mandarín. Pero José María se empeñó en que me embarcara en ese disparate para que se hiciera la película. Se hizo y así salió. Pero la película que él dirigió solo, unos años después, ¡Viba Azaña!, fue una delicada y hermosa historia que debió de tener éxito y, acaso todavía más, su adaptación a la televisión de El obispo leproso, que también pasó, por esas injusticias que a José María lo persiguieron como su sombra, sin pena ni gloria. La única vez que lo oí quejarse fue en relación con aquella serial con la que había soñado toda la vida, por lo mucho que le gustaba la novela de Gabriel Miró: “¿Sabes cuántas críticas aparecieron en la prensa sobre El obispo leproso? Ni una sola”.

En los últimos años nos vimos muy poco, por la endemoniada vida que llevo, en la que nunca puedo hacer ni la décima parte de cosas que quisiera hacer. Aparecía en mis presentaciones de libros o conferencias y, aunque charláramos solo un ratito, era suficiente para saber que ni la distancia ni los años habían enfriado la vieja fraternidad. Hace unos años almorzamos en una tasca de Madrid. A mis preguntas sobre cómo le iba, solía responder: “Me va bien”. Pero aquella vez fue algo más explícito y me dijo que, después de un período difícil, había conseguido, gracias a un amigo generoso, que le pasara unos guiones para remendar. ¡Y sólo le cobraba el cincuenta por ciento de comisión!

Cuando dimos en Madrid con Aitana Sánchez-Gijón La verdad de las mentiras lo llamé varias veces, para invitarlo, porque imaginé que le divertiría verme en un escenario contando cuentos. Pero su teléfono nunca contestaba y una amiga común, que solía darme sus mensajes, tampoco tenía noticias de su paradero.

Hace algunas semanas, en una de esas presentaciones de libros a la que no pude dejar de asistir, en medio del vértigo, se me acercó una persona a la que reconocí, aunque no sabía ni cuándo ni dónde nos habían presentado. “Nos conocimos por José María”, me recordó. “Lo he estado buscando, pero en su casa nadie responde el teléfono. ¿Se ha mudado?”.

No. Lo habían echado de ese piso en el que había vivido treinta o acaso cuarenta años porque no había podido pagar ya el alquiler. Fue a refugiarse a su pueblo leonés. Ya no le quedaba nadie, su madre había fallecido y su hermano estaba en un hospicio. Estuvo viviendo allí, solo, en una casita descalabrada y con goteras. Se sentía enfermo hacía meses pero, como no estaba al día en sus obligaciones, la Seguridad Social lo había dado de baja y carecía de medios para ir donde un médico particular. Al final, le mandaron un pasaje para la Argentina, donde vivían su esposa y una hijastra, que es médico. Llegó allá sólo para enterarse de que estaba traspasado por el cáncer y morir.

José María y yo solíamos discutir mucho, en París, en torno a las ideas de Sartre sobre la responsabilidad que los seres humanos tienen sobre sus destinos, una tesis que ejemplificó en su ensayo sobre Baudelaire. Según él, todo destino se elije, por comisión u omisión, y por eso nadie tiene derecho a quejarse, a sentirse sólo víctima. Aun en las peores circunstancias, es posible elegir. Por eso tenemos derecho a sentirnos libres. Yo le creía, pero José María dudaba. Él tenía razón, desde luego. Para ciertas personas, infrecuentes, es verdad, las elecciones se reducen a lo mínimo y aun se evaporan, ya que sus valores, creencias o pulsiones profundas eliminan de sus vidas multitud de opciones que, a otros, les abren las oportunidades, el reconocimiento o el éxito. José María estaba hecho de una manera que de entrada lo ponía fuera de toda competencia en la que la disimulación, la apariencia, la representación prevalecieran sobre las convicciones o los principios. Eso hacia de él un fracasado irremediable, pese a su talento, coherencia y honestidad. No se puede ser un puro en un mundo de impuros ni ganar guerras renunciando a matar. Él creía que le había ganado la batalla a la inmunda solitaria. Pero ella estuvo siempre en sus entrañas, quietecita e incansable, socavando su vida. Y al final lo derrotó. Descansa, amigo.