Josefina Carabias y Mercedes Formica: el poder de la tolerancia

Eran dos mujeres de diferentes orígenes ideológicos: ¿condenadas a enfrentarse? La repuesta es no, ya que practicaban la tolerancia, ese respeto a las ideas ajenas, ese intentar comprender las razones del otro y hacerlo, no con gestos o apariencias, sino con la conducta, que es lo difícil. Supo Formica de Carabias, primero, cuando esta era una joven periodista que plasmaba su característica modernidad en los escritos para la revista Estampa, dedicados a personajes del momento, como Victoria Kent, Manuel Azaña o Alcalá Zamora: “Su cultura, su juventud, su pelo corto, su mirada reidora, el saberla abogada además de escritora, la convirtieron a mis ojos en el símbolo de la mujer nueva, traída por la República”.

Mercedes Formica era una estudiante de la Facultad de Derecho que militaba en la oposición, concretamente en el Sindicato Español Universitario (SEU). Por su parte, Josefina Carabias había sido miembro destacado de la Federación Universitaria de Estudiantes (FUE), enemiga de la otra organización, pero jamás fue este un motivo para que, entre ellas, surgiese el recelo.

La Guerra Civil y los primeros años de la dictadura borraron mucho el rastro de Josefina, pero, por fin, el encuentro entre las mujeres se produjo hacia 1946, en una tertulia en el café El Oro del Rin, por mediación de Miguel Ortega, hijo del filósofo José Ortega y Gasset, amigo de Formica. Aquella noche tuvo especial relevancia la participación de Cipriano Rivas Cherif, íntimo de Carabias, que acababa de salir de la cárcel tras sufrir una condena a muerte, luego conmutada, y al que oyeron embelesadas.

Más tarde, a principios de los años cincuenta, en el Instituto de Estudios Políticos, lugar en el que habían encontrado refugio muchos “vencidos”, y donde Mercedes Formica colaboraba después de obtener la licenciatura en Derecho y verse impedida para poder acceder a la carrera diplomática ante el ignominioso requisito de “ser varón” -impuesto en la mayoría de las oposiciones y puestos de responsabilidad-, conoció a José Rico Godoy, marido de Josefina Carabias, por quien tuvo una profunda admiración. Al poco tiempo, Formica abría su despacho de abogados en su domicilio del Paseo de Recoletos, arriba del Café Gijón, y emprendió una campaña a favor de mejorar la condición de la mujer en las esferas del Derecho público y privado. Fue entonces cuando las dos se dieron cuenta de que hablaban el mismo lenguaje. Y unieron sus fuerzas.

El 7 de noviembre de 1953 –hace ahora 65 años–, Mercedes Formica publicaba en ABC “El domicilio conyugal”, artículo que destapó la alarmante situación de la mujer casada en el Código Civil, tras conocer el caso de Antonia Pernia Obrador, que agonizaba en un hospital madrileño, víctima de las diecisiete cuchilladas que le había asestado su marido, del que no podía separarse si no quería perderlo todo: hijos, casa, bienes. Y es que, para las leyes, desde la promulgación de este cuerpo legal en 1889, el domicilio conyugal era la “casa del marido”. La mujer, en caso de divorcio (durante la República) o separación, debía abandonar el hogar para ser “depositada” en casa ajena, bajo la tutela de un “depositario” concertado por el marido, aunque este fuese un maltratador, y se le ponía obstáculos para ver a los hijos, según fuese la distribución que se hiciera, o para reunirlos a todos, durante el proceso que, con apelaciones, podía durar hasta nueve años.

Josefina Carabias alentó a Formica para que no decayese en su lucha: “La mujer que puso el dedo en la llaga”, manifestó. En su opinión, el revuelo originado solo era equiparable al de Zola con su “¡Yo acuso…!”. De la noche a la mañana, el nombre de Mercedes Formica pasó a ser de dominio público e incluso traspasó las fronteras. Los periódicos extranjeros, especialmente los de Estados Unidos, se ocuparon con amplitud de “esta brillante mujer española”, como se refería a ella.

Confidentes, unidas en lo esencial, Josefina y Mercedes asistían juntas a conferencias. Carabias escuchaba disertar a Formica por distintos foros de Madrid y luego lo reflejaba en sus crónicas y reportajes. El tándem de las dos mujeres era perfecto. Sin embargo, hubo quien, con malicia, llamaba la atención de tan extraña pareja. Gente mediocre, sentenciaba Mercedes. Para ellas, la noble aspiración por la que trabajaban y el mutuo respeto que se tenían estaban por encima de cualquier otra cuestión. Ambas defendían que la mujer pudiese ocupar cualquier puesto y/o cargo de responsabilidad de acuerdo con su formación, y negaban que la casa fuese la gran hazaña cultural de la mujer. Estas tesis se distanciaban años luz de las emitidas por la Sección Femenina.

A las dos se las veía juntas en algunos juicios, pendientes de los dictámenes, esperanzadas en que la mujer no se llevara siempre la peor parte. Formica despuntaba igualmente como escritora, y, en mitad de la campaña emprendida para transformar una serie de leyes retrógradas, publicó A instancia de parte, que dejaba al descubierto el desigual trato que se le otorgaba al adulterio, según fuese hombre o mujer quien lo cometía. Además de ser delito, para una mujer “infiel”, o parecerlo, el adulterio tenía consecuencias civiles como causa de separación, por lo que su destino era espantoso: el depósito, la prisión menor y el alejamiento de los hijos, si los tenía.

En abril de 2018, la editorial Renacimiento devolvía a las librerías la obra (junto a la novela corta Bodoque y el cuento La mano de la niña), y, curiosamente el 7 de noviembre, se publica una segunda edición mejorada con textos complementarios, como la recensión que Formica hizo del ensayo El segundo sexo de Simone de Beauvoir, al poco de publicarse en Francia, cuando en España era de difícil circulación.

El 24 de abril de 1958, tras entrevistarse con el dictador y exponerle sus preocupaciones, Mercedes Formica consiguió, con un tesón de acero y la precisión en la palabra, que se aprobase la reforma de 66 artículos del Código Civil, que no solo mejoró la vida de la mujer española, sino que sirvió para dar a conocer al gran público el lamentable estado en el que se hallaba la mitad de la población en las leyes. Esto es: logró sentar las bases de un nuevo discurso, y abrir las puertas para que el ángel del hogar pudiese alzar el vuelo. Los cambios afectaron, igualmente, al Código de Comercio, Ley Procesal y Código Penal.

La admiración entre Josefina y Mercedes continuó en el tiempo, y compartieron visitas, entornos y encuentros en Madrid y en el Sur, donde Formica pasaba las temporadas estivales. La desaparición de Carabias el 20 de septiembre de 1980 sumió a Mercedes Formica en un hondo sufrimiento. Solo una semana antes había estado con ella en Marbella: “La dejé con su radiante sonrisa, sus ojos vivaces, su entusiasmo sin edad. Estaba dotada de la magia de trocar lo complejo en sencillo. Firme en sus convicciones –republicana y socialista–, no alardeaba de sus creencias. Pisaba muy fuerte para tener que recurrir a los méritos públicos, audaces y despiadados”.

Josefina y Mercedes; Mercedes y Josefina, dos mujeres brillantes del siglo XX, recordada y homenajeada, una; silenciada y olvidada, otra, precisamente, por cuestiones ideológicas, que, a ellas, nunca les importó y supieron pasar por alto una vez que encontraron un punto en común infranqueable que las unió de por vida: llegar a la convicción de que luchar por los derechos de la mujer no era solo una cuestión humana y natural, sino que era beneficioso para el progreso de una nación.

¿Entonces? ¿Por qué, en el presente, se niega el reconocimiento de una sociedad a Mercedes Formica, “la campeona de los derechos de la mujer en España”, para Josefina Carabias?

Miguel Soler Gallo es doctor por la Universidad de Salamanca y editor de “A instancia de parte y dos obras más” de Mercedes Formica (Renacimiento, 2018)

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