Jovellanos, actual doscientos años después

En Puerto de Vega de Navia, el 27 de noviembre de 1811, agonizaba Jovellanos. Instantes antes de expirar dijo: «¡Nación sin cabeza…! Desdichado de mí…!». Al contemplar la herencia que ahora va a recibir el nuevo Gobierno, agravada por la crisis económica mundial existente, no podemos dejar de unir esas palabras de Jovellanos a otras que había escrito en 1785 en el «Informe sobre el libre ejercicio de las artes» y que continúan teniendo la misma actualidad que entonces: «El comercio, la industria y la opulencia que nace de entrambos son, y probablemente serán, por largo tiempo, los únicos apoyos de la preponderancia de un Estado y es preciso volver a éstos —a la industria, al comercio y a la opulencia que nace de entrambos el objeto de nuestras miras o condenarnos a una eterna y vergonzosa dependencia». Esa dependencia que se había denunciado en su correspondencia política con José Vargas Ponce, en una oda feroz sobre las consecuencias del Gobierno de Godoy haciendo decir a España: «En esto había de parar mi gloria /, mi fin ha de ser éste / y falsías y guerra y hambre y peste / los postrimeros fastos de mi historia».

El riesgo de un colosal fracaso económico estaba bien presente hace doscientos años en Jovellanos, porque comprendía que habían triunfado dos revoluciones gigantescas y simultáneas: la liberal y la industrial. España tendría que ser capaz de superar ambas. Ciñámonos ahora a la Revolución industrial, porque la vigencia de las recomendaciones de Jovellanos, cuando aquella daba sus primeros pasos, siguen vigentes. Y la primera fue, ya en la tertulia de Olavide, y tras haber estudiado a Cantillon, Verri y Adam Smith, que solo la economía es la ciencia en que se deben basar los políticos para resolver todo el drama social que captaba entonces en Sevilla. Mil veces, e incluso de modo bien reciente en España, han tratado los políticos de resolver multitud de cuestiones muy serias basándose en voluntarismos totalmente ajenos a la economía, poniéndose incluso de espaldas a esta ciencia, tratando de ignorar lo que los maestros de ella estaban diciendo.

La segunda fue la necesidad de efectuar reformas estructurales muy hondas, con plena conciencia de que los afectados iban a reaccionar incluso con violencia. Ahí están sus planteamientos desamortizadores del «Informe de la Ley Agraria», que le acarrearon multitud de choques, desde con la Inquisición hasta con los nobles. Hoy estos choques serían con los sindicatos —para alterar la convención colectiva o con los poderes autonómicos— para lograr eliminar multitud de transferencias dañinas, pero el paralelismo es perfecto.

La tercera es su aceptación del teorema de la mano invisible de Smith. O sea, la necesidad de liquidar multitud de leyes intervencionistas, dejando que sea el mercado el que oriente la marcha de la economía. Ahí quedan para siempre estas frases suyas, de apoyo a la libertad del mercado: «Aquella continua lucha de intereses que agita a los hombres entre sí establece naturalmente un equilibrio que jamás podrán alcanzar las leyes», para culminar con aquello que lanza en el «Informe de la Ley Agraria» al decirle al Real y Supremo Consejo de Castilla: «Los celosos ministros que propusieron a Vuestra Alteza sus ideas y planes de reforma en el expediente de ley agraria… no hay alguno que no exija de Vuestra Alteza nuevas leyes para mejorar la agricultura sin reflexionar que las causas de su atraso están, por la mayor parte, en las leyes mismas y que, por consiguiente, no se debiera tratar de multiplicarlas, sino de disminuirlas, no tanto de establecer leyes nuevas como de derogar las antiguas».
La cuarta es exponer el importante papel que tiene el Estado en la economía. Por eso este debe actuar para liquidar los corporativismos herederos del Antiguo Régimen. Solo el poder del Estado puede liquidar esos frenos. Por otro lado, es preciso ampliar los mercados a través de una política estatal adecuada de infraestructuras de transportes y comunicaciones. Lo que Jovellanos dice de la Carretera de Castilla debe ampliarse hoy, y de modo que el rendimiento de estas medidas sea muy alto. Aschauer, hoy, ratificaría ese punto de vista de por dónde debe ir la acción del Estado.

La quinta es una alteración radical del sistema educativo. Tras su informe sobre la Universidad de Salamanca, tras sus recuerdos de la enseñanza que él había recibido, tras la alusión a cómo en la Universidad de Oviedo había provocado un ludibrio el escuchar en un acto académico la palabra «hipotenusa», se lanza a crear un centro educativo radicalmente nuevo, y que cuando se estudia ahora recuerda muchísimo al MIT norteamericano, con el fin de que las ciencias vinculadas con el avance de la tecnología relacionada con la Revolución Industrial resultasen estudiadas. Y eso, al máximo nivel posible. Ahí está la raíz de su creación del Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, que iba a actuar en tres cursos, con amplias enseñanzas de matemáticas, física, inglés y francés, mineralogía y economía, y abierto a los más capaces y con todo rigor, olvidando privilegios, como expuso en la «Oración inaugural del Instituto»: «Y tú, pueblo laborioso, primer objeto de mis desvelos, tú, clase menos recomendable, a mis ojos portas olvidados derechos que por tales inocentes fatigas, mientras tanto que las continúas en beneficio de todas las órdenes del Estado, envía a tu juventud a educarse en este Instituto». A Siéyès le hubiese encantado este planteamiento de creación de una clase media ajena a la nobleza hereditaria.

La sexta era su reacción durísima ante la corrupción, tanto la económica como la que alteraba valores esenciales de la cultura cristiano-española. Ernest Lluch ha sostenido que Jovellanos tenía un talante jansenista que le obligaba a buscar un orden nuevo, y que le conduce a manifestar su repugnancia cuando es invitado, el día que toma posesión del Ministerio de Gracia y Justicia y observa en el almuerzo que el Príncipe de la Paz, Godoy, tiene —en descripción del propio Jovellanos— a su lado derecho, a la Princesa, su mujer, y a la izquierda, en el costado a «la Pepita Tudó», su amante. Godoy en sus memorias dirá que «Jovellanos abundaba en los principios de una estrecha y severa filosofía». Naturalmente, todo otro tipo de corrupción ligado a los negocios fue por él combatido. Desoyó a su maestro, Campomanes, quien le decía que lo necesario era afianzarse en el poder y, después, desde él, cambiar las estructuras corruptas, pero no antes, porque se le cerraría el acceso al mando, como, por supuesto, ocurrió. Por otro lado, estaba la reacción ante su amigo Cabarrús, siempre dispuesto a aprovechar todos los fallos del mercado posibles para enriquecerse personalmente.

Al mismo tiempo era un patriota, como lo demostró negándose a ser ministro del rey José I y marchando a combatir a los franceses. Su muerte en Puerto de Vega se produce ahí, precisamente dentro de la lucha antifrancesa que tiene lugar en el Principado de Asturias.

De acuerdo con Francisco Comín Comín, las ideas que latían tras estos seis mensajes, y que acabaron, como herederas, en buena parte por triunfar, fueron: 1) Ataque al intervencionismo y busca del imperio del mercado; no en balde Jovellanos comparó en la economía al «teorema de la mano invisible» de Adam Smith con lo que suponía a la mecánica el principio de la gravitación universal de Newton; 2) Primeros escarceos del librecambismo; 3) Desamortización de los bienes raíces en poder de las manos muertas; 4) Desvinculación de mayorazgos y disolución de los señoríos; 5) Acotamiento de las propiedades, consagrando para siempre el derecho de propiedad privada; 6) Disolución de la Mesta; 7) Desaparición del diezmo eclesiástico y creación de un sistema fiscal moderno; 8) Responsabilidad estatal ante la Deuda pública, con lo que se pudo entrar en el circuito financiero mundial; 9) Tras la crisis de los vales reales, la ordenación del sistema crediticio; y 10) Creación, con el artículo 321 de la Constitución de Cádiz, del inicio del Estado del bienestar español.

Han pasado doscientos años desde la muerte del maestro. Pero, de entonces a ahora mismo, ¡qué actualidad han tenido sus mensajes!

Juan Velarde Fuertes, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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