Jovellanos y los afrancesados

Por Alejandro Diz, profesor de Historia de las Ideas de la Universidad Rey Juan Carlos (EL MUNDO, 03/05/08):

Cuando en España suceden los complejos y difíciles acontecimientos de 1808, para muchos españoles a los que se podría calificar de ilustrados liberales se les iba a presentar un conflicto de lealtades, ese tipo de conflictos que plantean la necesidad de tener que hacer elecciones dolorosas entre alternativas incompatibles entre sí. En lo esencial, aquella elección dolorosa consistió bien en ponerse del lado de la mayoría del pueblo español, incluyendo a una parte considerable de autoridades locales, de militares, nobleza y clero, que sintieron la imperiosa obligación moral de luchar por la independencia del país frente al considerado como invasor, aunque ello supusiera afrontar una terrible guerra; bien, en apoyar al nuevo régimen de la dinastía bonapartista, pese a la resistencia popular que había, con la justificación de que ello iba en bien del país, al evitar así una guerra y una revolución y, a la vez, efectuar la necesaria reforma que la nación necesitaba y que, pretendidamente, aseguraría el régimen napoleónico de José Bonaparte.

Esa elección fue la que tuvo que hacer el gran ilustrado Jovellanos quien, como es sabido, optó por la alternativa de apoyar la guerra contra el invasor napoleónico. Pero, ¿acaso Jovellanos fue una especie de mirlo blanco por su rareza entre los viejos ilustrados al apoyar y sumarse al bando de la resistencia nacional? La argumentación tantas veces repetida de que, en lo fundamental, los ilustrados de tiempos de Carlos III se pusieron del lado josefino y constituían el núcleo duro del partido napoleónico habría que matizarla, puesto que, si bien es verdad que, por ejemplo, la lista del primer gobierno formado por José Bonaparte ciertamente impresiona por los nombres de viejos ilustrados que la componen: Urquijo, Cabarrús, los generales Azanza y O’Farrill, y el marino Mazarredo (todos ellos amigos y bien considerados, hasta entonces, por Jovellanos), sin embargo, también es verdad que otros ilustrados importantes se pusieron del lado antinapoléonico, como por ejemplo, aparte de Jovellanos, el antiguo ministro de Hacienda Saavedra, el geógrafo Antillón, el poeta Quintana o Floridablanca.

Además, entre los colaboradores españoles del régimen bonapartista se da algún caso que defiende ya no sólo planteamientos propios del Antiguo Régimen, sino incluso de defensa de la teoría descendente-teocrática de la legitimidad del poder propia de la Alta Edad Media, como el del abad de San Ildefonso y confesor de Carlos IV, el catalán Félix Amat, quien en una carta pastoral del 3 de junio de 1808 que se hizo famosa, y que se publicó en la Gaceta de Madrid, justificando el cambio de dinastía a favor de los Bonaparte, escribía: «Dios es quien da y quita los reinos y los imperios y quien los transfiere de una persona a otra persona, de una familia a otra familia y de una nación a otra nación o pueblo […] Desechemos, pues, con el mayor horror toda especie que pueda dirigirse a insubordinación. …Dios es quien ha dado al gran Napoleón el singular talento y fuerza que le constituye el árbitro de la Europa. Dios es quien ha puesto en sus manos los destinos de España».

Los afrancesados justificaban la legalidad de las abdicaciones de Bayona a favor de la nueva dinastía de los Bonaparte, que no hay que olvidar que estaba apoyada en las tropas ya asentadas en el país. Y solapado con esto se da una disputa de importante calado jurídico-político como es el de la defensa del derecho real frente al derecho nacional como legitimador de la Corona y de la soberanía, defensa llevada a cabo por Napoleón y los colaboracionistas españoles, en el sentido de que el rey -Carlos o Fernando- tenía un derecho patrimonial de disponer de la Corona, frente a la teoría del derecho nacional que defendería la resistencia española, en el sentido de que sólo la Nación en Cortes dispone de esa prerrogativa -argumentación que también se apoyaba en la tradición de la constitución histórica española-, por lo cual las abdicaciones de Bayona no tendrían validez jurídica. Teoría, la del derecho nacional, que recogería la Constitución de Cádiz de 1812, al afirmar que «la Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona».

Esta dualidad de defensas acerca de la cuestión de en dónde residía la disponibilidad de la Corona, y en última instancia la soberanía, es -desde mi punto de vista- uno de los argumentos principales que desmonta la teoría de que los afrancesados eran los que, fundamentalmente, representaban el verdadero progreso, frente a un bando patriótico que representaría, supuestamente, la defensa más oscura del Antiguo Régimen.

Jovellanos apoyó la lucha por la independencia del país, pese a sus temores hacia el posible desencadenamiento de una guerra civil. Con aquel Jovellanos de 1808 hay que hacer un esfuerzo especial de empatía por intentar comprender su estado anímico y físico. El 5 de abril de 1808 recibe en el castillo de Bellver de Mallorca la orden de libertad tras haber pasado los últimos siete años en confinamiento y prisión en condiciones vejatorias. Por entonces tenía 64 años y la salud muy quebrantada. Tras un largo viaje por Cataluña y Aragón, llega a la localidad alcarreña de Jadraque, donde residía su íntimo amigo Arias de Saavedra. Ya durante este recorrido ve -como refleja en su Diario- lo agitados que están los ánimos, e incluso subraya su temor por una posible guerra. Nada más llegar a Jadraque se inicia una serie de repetidas e insistentes peticiones de antiguos conocidos que por entonces ya habían abrazado el partido afrancesado, Azanza, O’Farrill y Mazarredo, entre otros, y también, indirectamente, de Murat, José Bonaparte y del mismo Napoleón, que le apremian para que colabore con el nuevo régimen o para que apacigüe con su autoridad los ánimos exaltados de su tierra asturiana. Jovellanos ya conocía, por entonces, lo de las abdicaciones de Bayona.

Ante estos apremios, se excusa y se parapeta en la necesidad de curar su salud. Y es acerca de estas excusas en lo que se han basado algunas interpretaciones sobre su posible vacilación o tibieza en aquellos días de mayo y junio. En mi opinión, es muy posible que las excusas de su precario estado de salud eran basadas en algo cierto pero que ya tenía interiorizado cuál era el carácter de la lucha y decidido de qué lado tendría que situarse. Así, en una carta enviada a Mazarredo el 21 de junio, escribe: «La Nación se ha declarado generalmente y se ha declarado con una energía igual al horror que concibió al verse tan cruelmente engañada y escarnecida […] Hacerla retroceder ya no es posible. […] …y pues que el gran problema de si convenía inclinar la cerviz o levantarla está ya resuelto [hay que] resolver otro que aún queda en pie: ¿Es por ventura mejor una división que arma una parte de la nación contra el todo, para hacer su opresión más segura y sangrienta, o una reunión general y estrecha que hará el trance dudoso y tal vez ofrecerá alguna esperanza de salvación?».

Con estos planteamientos de junio de 1808 Jovellanos lanza un auténtico torpedo a la línea de flotación de la justificación moral del partido de los colaboracionistas con el régimen napoleónico. Por si cabía alguna duda, están las propias palabras que Jovellanos escribió en su Memoria en defensa de la Junta Central, de septiembre de 1810, en donde, en la parte en que expone su conducta y opiniones desde que había recobrado la libertad en la primavera de 1808, escribe que, al poco tiempo y «cuando empezaba a peligrar la [libertad] de mi patria, no sólo abracé con firmeza la santa causa de su defensa, sino que me negué a todas las sugestiones y ofertas lisonjeras con que la amistad y el poder procuraron empeñarme en el opuesto partido».

El 7 de julio, Urquijo le comunica desde Bayona que el rey José le ha nombrado su ministro de Interior, a lo que el asturiano, aunque con un estilo convencionalmente cortés, rehúsa alegando de nuevo su precario estado de salud. El 8 de septiembre le llegó el nombramiento para representar a Asturias en la Junta Central, lo que admitió, según sus propias palabras, por «el amor a la patria, …y resignado a sacrificar en su servicio cualquier resto que hubiese quedado de mis débiles fuerzas».

Hay una carta suya fechada en septiembre de aquel año, considerada como un auténtico manifiesto acerca de la guerra de liberación y especialmente interesante para comprobar sus verdaderos sentimientos ante el régimen impuesto y la lucha del pueblo, que dirige a su antiguo amigo Cabarrús, en respuesta a otra de éste de finales de agosto comentándole la retirada del Gobierno de José Bonaparte tras la derrota que los franceses habían sufrido en Bailén. En ella escribe que, si antes pudiera haber alguna disculpa en haber «abrazado el partido menos justo», ahora tras Bailén, «cuando ya no queda al opresor otro recurso que conquistarnos», lo que recrimina a Cabarrús es el apoyo que sigue dando al régimen bonapartista y su reconocimiento de la necesidad de conquista, y «esto -le dice con amargura al viejo amigo- es lo que ni el honor ni la razón podrán disculpar jamás».

En esta carta también se desmontan algunas de las justificaciones de los colaboracionistas, cuando le interroga a Cabarrús: «Dirá Vd.,… que Napoleón no quiere esclavizar [a España], sino regenerarla, mejorando esta Constitución, y levantarla al grado de esplendor que merece… Seamos sinceros. ¿Cree Vm. que es esto lo que quiere Napoleón, o quiere sólo levantar un trono para su familia? […] si sólo trata de hacer feliz a España, ¿quién es el que le llama a tan sagrada y benéfica función? ¿Quién le ha dado derecho para ingerir en ella? […] ¿España no sabrá mejorar su Constitución sin auxilio extranjero?».

Y Jovellanos escribe unos párrafos con cierto estilo vibrante, auténtico manifiesto político, que desmonta la pretendida adscripción de los afrancesados al partido del progreso y de los partidarios de la resistencia a simples defensores del Antiguo Régimen: «Pero no; España no lidia por los Borbones ni por los Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad,… […] España juró reconocer a Fernando de Borbón; España le reconoce y reconocerá por su rey mientras respire; pero si la fuerza le detiene, o si la priva de su príncipe, ¿no sabrá buscar otro que la gobierne? Y cuando tema que la ambición o la flaqueza de un rey la exponga a males tamaños como los que ahora sufre, ¿no sabrá vivir sin rey y gobernarse por sí misma?». Comentando estas palabras de Jovellanos, el historiador Somoza escribió «¿Qué demócrata dijera más?».

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