Juan Carlos I, el Generoso

Han transcurrido bien pocos meses desde que el Rey Juan Carlos I abdicara en su Heredero, el actual Rey de España, y el suceso, de inusual trascendencia, lo han asimilado los españoles con tan completa naturalidad que, hoy, hablan del Rey Felipe VI como si llevara en el trono toda la vida. Y es verdad porque lleva 1.428 años desde Recaredo, 1.296 si se prefiere Covadonga o tan solo 540 –que son años– si se cuenta desde Isabel y Fernando. La Monarquía es una desde el primero al último de los reyes y no resulta novedoso que cambien las personas, el Rey permanece el mismo.

Aunque sería una temeridad intentar ahora historiar el reinado de Juan Carlos I, para lo que sería necesario dejar transcurrir un plazo de tiempo no inferior a 100 años –plazo que debiera respetarse para cualquier período histórico–, sí debe recordarse alguna circunstancia porque su figura puede, incluso desde el retiro, ayudar al presente.

Está en el ambiente la conveniencia de retoques, pequeños aunque importantes retoques, a nuestras leyes fundamentales: acabar con la preferencia del varón en la sucesión a la Corona; reducir el aparato administrativo; reflexionar sobre el Babel en que se han convertido las autonomías, cada una con cámara legislativa; y racionalizar la vida política que es imperativo sirva a los intereses generales con olvido de los particulares.

El último asunto es prioritario y no sobraría abordarlo con el espíritu que presidió la redacción de la Constitución Española de 1978. Entonces se reunieron representantes de distintas ideologías, incluso las que se habían enfrentado en una guerra fraticida, y decidieron que para convivir hay que escuchar y pactar, y para pactar hay que renunciar. Ese axioma es cierto en la vida privada, empresarial y pública, y ellos lo llevaron a la práctica. Dieron un ejemplo a las naciones que ha sido reconocido por todos.

El impulsor y «motor de la transición», –en acertada definición de José María Areilza– fue el Rey Juan Carlos I, algo que nadie pone en duda porque refrendó su postura cuando hubo que defender los logros en una noche dramática con carros de combate por las calles.

En la hora presente en que va a ser necesario apelar al patriotismo de todos y a la generosidad de los políticos para las reformas que se anuncian, cuando se les va a exigir que piensen en España y no en sus partidos o intereses personales, conviene traer a la memoria algo más.

Hay que recordar que en 1975, el Rey Juan Carlos I estaba investido de unos poderes como nunca tuvieron ninguno de sus antepasados, ni Fernando e Isabel que fundaron el primer Estado europeo, ni Felipe II que organizó el país, ni Felipe V que lo modernizó con los decretos de Nueva Planta, jamás un Rey español tuvo acumulado tanto poder. Si Felipe IV hubiera gozado de tamaña potestad, seguramente el Conde-Duque de Olivares hubiera conseguido sus reformas uniformadoras y, ¿quién sabe? si la batalla de Rocroi no hubiera tenido distinto signo.

Pues bien, Juan Carlos I, el Rey generoso, lo utilizó para hacer posible que el poder pasara a los españoles y convocó un referéndum que le desposeía a él del mando y lo entregaba al Parlamento con una nueva Constitución. Se ha hablado mucho de la Cortes franquistas tildándolas de suicidas, en vez de patrióticas, y nada del Rey que cercena su poder dejándolo en una sombra.

No defendió una situación personal, menos aun su propio beneficio, y «desde la ley a la ley» transformó el país de acuerdo con su pensamiento y con sacrificio de su potestad. Hay pocos casos en la Historia de un desprendimiento parecido y su reinado se ha terminado con una nueva muestra de la misma generosidad, abdicando en el Príncipe de Asturias porque entendía que era beneficioso para España.

Por eso y siguiendo la vieja costumbre de poner un nombre al monarca que subraye la cualidad más relevante, propongo que Juan Carlos I pase a la Historia con el apelativo del Generoso como a alguno de sus antecesores se le llamó el Pacificador o a otro el Conquistador.

Y esa virtud de la generosidad es la que los españoles piden a los políticos que tienen que afrontar el reto de reconducir la situación y enmendar las leyes necesarias para que la política vuelva a ser la más alta dedicación de un ciudadano para con su patria.

La consigna para este momento crucial de nuestra nación podría buscarse en otro ejemplo reciente de la misma dinastía, y que el lema fuera repetir y llevar a efecto las palabras del Conde de Barcelona cuando renunció a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977, «Por España, todo por España, ¡Viva España! ¡Viva el Rey!».

Por Marqués de Laserna, correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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