Juan Carlos I, Rey de todos los españoles

Es éste un tiempo de zozobra y de incertidumbre y el artificial debate abierto sobre el futuro de la Monarquía resulta perturbador, efectivamente. Una inquietud provocada, sobre todo, por la falta de lealtad constitucional evidente del partido Podemos en el Gobierno; y por la ausencia de apoyo, claro y rotundo, del presidente del Gobierno a Felipe VI y a la Monarquía constitucional. Parece como si se pretendiera que el Rey hijo se enfrentara al Rey padre en una lucha shakesperiana como la descrita en la tragedia del Rey Lear. «El amor se enfría, la amistad se disuelve, los hermanos se dividen. En las ciudades, rebeliones; en los campos, discordias; en los palacios, la traición; los lazos entre los padres y los hijos, rotos». Brillan, pues, en este revoltijo de enloquecidas insensateces, las palabras del presidente Felipe González defendiendo la presunción de inocencia y la gran herencia del reinado de Don Juan Carlos. Y se agradece la prudencia del Rey Felipe VI ante el acoso al que está siendo objeto por quienes más deberían agradecer a la Monarquía el régimen de libertades que disfrutamos.

Qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también, escribió nuestro gran poeta. Pero alguien tendrá que decir «¡basta!» ante tanta cobardía e infamia. Alguien, como González, tendrá que recordar el inmenso legado del Rey Don Juan Carlos que podríamos resumir en seis momentos estelares. El primero, su acertado matrimonio con la Reina Sofía cuya conexión con la cultura, especialmente la cultura musical, enlazó la Monarquía con un mundo -el cultural- complejo y muy crítico. El segundo, el discurso programático ante las Cortes franquistas recordándoles que, siguiendo las enseñanzas de su padre, Don Juan, sería leal a un pueblo libre. El tercer y magistral acierto fue haber sido el motor y el alma de la Transición de una dictadura a una democracia, integrando a todos los españoles, incluidos los comunistas. El cuarto, ponerse al frente del pueblo español y desarticular, pieza a pieza, el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. El quinto, la sintonía de la Monarquía con el socialismo -del mismo modo que tenía sintonía con los conservadores- y también con los nacionalismos. Y, por último, el sexto y gran acierto: abdicar la Corona cuando percibió que él ya no era una aportación positiva para su patria. El resultado de todo esto han sido casi cuarenta años de tranquilidad, de crecimiento y de prosperidad. Y que España alcanzara, con tan excelente embajador, las más altas cotas de respeto en todo el mundo.

Las últimas encuestas señalan que la Monarquía no constituye, en absoluto, un motivo de preocupación para los españoles. Todo lo contrario. Ofrece estabilidad y representa un puente que une nuestro pasado histórico y la modernidad, el futuro. El Rey Felipe VI, la Reina Letizia, la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía constituyen una familia ejemplar, un modelo de integración y de educación en el que mirarnos. Es cierto que la Monarquía está sujeta a un plebiscito permanente, diario, y que sus actos, hasta los más mínimos, son objeto de escrutinio. Mas como afirma el filósofo Javier Gomá, «la ejemplaridad debe ser un ideal de dignidad, no un aparato de linchamiento». Que Don Juan Carlos haya podido cometer errores no implica quitarle los más elementales derechos como son el de presunción de inocencia y el reconocimiento al grandioso legado de su reinado. Sobre todo si quienes están lanzando la porquería son un excomisario corrupto y una examante despechada. Que se critique al Rey Juan Carlos su, llamémosle, singular vida privada, desde la izquierda más radical y libertaria, resulta cínico y, digámoslo con claridad, bastante repugnante. Estos nuevos puritanos son muy laxos en materia de moral y de costumbres cuando se refiere a ellos, y muy estrechos cuando se trata del vecino. Quien este libre de culpa que lance la primera piedra. O lo de la paja y la viga. A elegir.

Se ha escrito muchas veces, aunque conviene recordarlo, que entre los regímenes más democráticos del mundo se encuentran las ocho monarquías europeas. En cambio, muchas repúblicas, entre ellas alguna suramericana, espejo de esa izquierda atrabiliaria española, dejan mucho que desear. Además, vamos a ver, ¿quiénes son los que están intentando poner en el tapete del debate político la cuestión de la Monarquía? Los únicos, los partidos independentistas y la extrema izquierda, que abiertamente apuestan por la demolición del régimen constitucional de 1978. Y en esas manos estamos porque la cobardía moral de unos y de otros ha hecho que los errores de Don Juan Carlos parezcan gigantes donde solo parece haber molinos. Extraigo otra cita del Rey Lear: «Es calamidad de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos». Sí. Con Corinna o sin Corinna, con regalo del Rey Saud de Arabia o sin él, con elefante o sin elefante, con errores o sin ellos, son tan grandes los aciertos del Rey Juan Carlos y de la Monarquía que sus desaciertos quedarán sepultados en el olvido de la historia, aunque ahora parezca que se tambalee nuestro edificio constitucional.

Del laico, sobrio y hermoso oficio de recuerdo a los fallecidos del Covid-19 -al que asistió el arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española- celebrado en el patio de la Armería del Palacio Real una cosa se vislumbró, al menos, clara: la unidad de todas las instituciones del Estado en torno a la Familia Real para honrar a las víctimas mortales del Covid-19. Digo mortales porque víctimas lo fuimos, lo somos, y lo seguiremos siendo todos los españoles. Quienes cuestionan, pues, la Monarquía y piden un referéndum, son quienes quieren saltarse todos los cauces constitucionales para hacerse amos del Estado. Y son aquellos que olvidan que, cuando votamos la Constitución de 1978, lo hicimos en su conjunto, incluida la institución monárquica, con el apoyo de los nacionalistas catalanes, que fue refrendada por casi el 90 por ciento de los españoles que votaron. Juan Carlos fue el Rey de todos los españoles y lo seguirá siendo en el recuerdo.

Jorge Trias Sagnier es abogado y escritor.

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