Juan de Austria, en pecado concebido

Regensburg -la Ratisbona del imperio romano- es una ciudad vibrante, dinámica, acogedora, bullente y cargada de historia viva. Aquí pasó Carlomagno tres años, Napoleón tres días y Carlos V tres meses que marcarían la historia de Europa, ya que durante esa estancia fue concebido Juan de Austria. En la triangular plaza de Haid, corazón histórico de la ciudad, aún se encuentra en pie y gozando de buena salud el nido del amor imperial, el hotel donde solía alojarse el emperador en las escasas visitas que hizo a la ciudad.

En efecto, en 1546, Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano, convocó la Dieta Imperial -algo así como un Parlamento compuesto por nobles y clérigos- en Ratisbona, adonde llegó tras un penoso viaje desde Valladolid, ya viudo, debilitado y enfermo. Durante su estancia de varios meses en la ciudad se instaló en el Goldenes Kreuz, el alojamiento más afamado de la época y frecuente residencia de emperadores, reyes, príncipes, nobles y diplomáticos. Allí le reverdeció la pasión al conocer a Bárbara Blomberg, una bella doncella de sólo 18 años que cantaba como los ángeles en el coro de la catedral y de la que no se separaría hasta el momento de partir. Fruto de aquellos amores nacería, meses más tarde, el pequeño Jeromín, de quien el Emperador no quiso ni oír hablar hasta que sus remordimientos le llevaron a ordenar que fuera educado en España. Jeromín, el futuro Salvador de Europa, tenía entonces sólo tres años.

Juan de Austria, en pecado concebidoEl Goldenes Kreuz, situado en un antiguo castillo patricio del siglo XIII, en pleno corazón de Ratisbona, muestra ahora orgulloso en su fachada una inscripción que informa a quien quiera leerlo que el famoso vencedor de Lepanto fue concebido allí. La espléndida habitación del primer piso que sirvió de nido de amor a Carlos y Bárbara ha sido convertida en el Salón del Emperador, un lugar presidido por el águila imperial y decorado con estuco y frescos en el techo, propios de la época barroca, así como altorrelieves de los más ilustres huéspedes que pernoctaron allí, incluyendo, además del citado Carlos, al emperador Francisco José y a su bella esposa, la emperatriz Sissi. No pude evitar una extraña emoción cuando pisé la alcoba donde fue concebido Juan de Austria, fruto de aquella pasión prohibida, ni tampoco al caminar por la estrecha callejuela de los artesanos donde el pequeño Jeromín pasó su primera infancia en la casa de los padres de Bárbara. Sólo más tarde mandaría Carlos I traer a ese hijo bastardo a España, pero hubo de ser Felipe II quien, cumpliendo, años más tarde, la última voluntad de su padre, convirtiera al pequeño Jeromín en Juan de Austria, reconociéndole como hermano y asignándole Casa, es decir, alojamiento, servicio, tutores y presupuesto.

La habitación que ocupo en el segundo piso del Goldenes Kreuz, llamada Napoleón III, se asoma a Haidplatz, cuya peculiar geometría se debe a una bifurcación de caminos en forma de Y en su extremo oriental, uno de los cuales llevaba al campamento romano, Castra Regina. Esta plaza, que en sus orígenes fue una pradera de pastizales, se convirtió en la Edad Media en campo de justas. Allí tuvo lugar el legendario duelo entre el pagano Krako, un gigante descomunal, y Hans Dollinger, un convicto que aceptó enfrentarse al formidable guerrero húngaro, de casi tres metros de estatura, a cambio de salvar su vida si conseguía vencerle. Un sacerdote le auguró que saldría victorioso si peleaba con el símbolo de la cruz. Tras ser derribado dos veces en sendos cruces a caballo, Dollinger recordó de pronto las palabras del clérigo. Improvisó con dos palos una cruz de madera y se lanzó de nuevo al ataque con tal furia que logró alancear certeramente al gigantón, quedándose con su traje protector de piel de elefante.

Frente a mi ventana, separando los dos angostos caminos en que se bifurca la plaza, se levanta el rojo edificio de la Casa de Pesas y Medidas, donde tuvo lugar un extraordinario debate público entre dos prominentes teólogos -protestante el uno y católico el otro-, propiciado por el propio Emperador para tratar de resolver las diferencias que amenazaban con llevar a la Iglesia a un cisma. El resultado no pudo ser peor. El buenismo de Carlos V, que sin duda ignoraba que los fanatismos se acendran en la confrontación, sólo sirvió para acelerar la Reforma y propiciar un cisma que llevaría a la Guerra de los Treinta Años. Sobre los rojos tejados, asoman las torres góticas de la catedral y las numerosas torres patricias que los ricos comerciantes levantaron para dejar bien claro que Regensburg era una ciudad libre en la que el todopoderoso clero y la no menos influyente nobleza nada podían contra el pujante poder económico de los comerciantes.

La ciudad cuenta con más de mil edificios históricos, aunque, para mí, ninguno como el antiguo Ayuntamiento, una muestra del más sublime gótico que uno ha visto jamás. Al lado, muy cerca del Danubio, una enorme estatua ecuestre del vencedor de Lepanto inmortaliza su figura histórica en una recoleta rinconada. La Sala Imperial, donde el máximo dignatario del Sacro Imperio Romano recibía a sus súbditos, se mantiene intacta con sus ventanales, sus techos artesonados y sus bancos corridos de madera para los nobles. El clero ocupaba altos sitiales laterales, mientras el pueblo permanecía de pie, al fondo de la estancia, en un protocolo semejante al de las grandes funciones religiosas. ¿Es que había diferencia entonces entre el Estado y la Iglesia, entre la nobleza y el clero? Ciertamente, no. Los obispos eran también príncipes, vivían en palacios y formaban parte del Consejo del Imperio. Ratisbona fue sede de la Dieta Imperial Permanente. Allí mismo, en una sala contigua que se conserva tal cual, los miembros del Consejo, presididos por el poderoso arzobispo de Mainz, tuvieron que lidiar, alrededor de una mesa redonda, con el espinoso asunto de Lutero.

De pie ante la histórica mesa que ocupa la mayor parte de la estancia, no puedo evitar un escalofrío imaginando la cólera del poderoso arzobispo al comunicársele las hirientes palabras de Lutero, que muchos compartían en secreto: “La Iglesia Católica Romana, que alguna vez fuera la más santa, se ha convertido en la más licenciosa cueva de ladrones, en el más desvergonzado de los burdeles, en el reino del pecado, la muerte y el infierno”. Lo cierto es que en aquella estancia se tomó la decisión de proponer al Papa León X que excomulgara al aborrecible hereje, consumándose así un cisma que ya dura más de 500 años.

Quizá en este punto habría que dedicar unas palabras también a Bárbara Blomberg, la madre de don Juan, una joven de singular belleza y muy dotada para el canto, que terminaría casándose tres años después con Jerónimo Píramo Kegel, quien se convirtió en tutor del pequeño Jeromín, encubriendo así la paternidad secreta del emperador. A cambio, obtuvo el cargo de comisario en Bruselas de la corte de María de Hungría. El matrimonio tuvo allí tres hijos más.

Bárbara enviudó en 1569, ya con 42 años, quedando en precaria situación económica, pero a instancias del Duque de Alba, gobernador general de los Países Bajos, se le otorgó una generosa pensión de mano del Emperador, que le mantuvo también Felipe II. A partir de ahí, empezó a llevar una vida permisiva y licenciosa, salpicada de escándalos, que le valió el apodo de La Madame. Cuando Juan de Austria llegó a Flandes como capitán general de los Tercios, tras la victoria de Lepanto, tuvo una sola conversación con su madre en la que le recriminó sus hábitos libertinos y la conminó a trasladarse a un monasterio en España. La madre de Juan de Austria llegó a Laredo en 1577, e ingresó poco después en el Monasterio de Santa María la Real en San Cebrián de Mazote, a unos 50 kilómetros de Valladolid.

A la muerte de Juan de Austria, un año más tarde, decidió abandonar el monasterio y, acompañada de su hijo Conrado, su nuera y sus cuatro nietos, se trasladó a Colindres (Santander), donde se alojó en la casa de Juan de Escobedo, antiguo secretario de su difunto hijo. Finalmente, encontró asiento en Ambrosero, otro pueblo de Cantabría, donde moriría en 1597. Fue enterrrada en el monasterio capuchino de Montehano, cerca de Santoña, donde una lápida aún reza: “Aquí yace doña Bárbara Blomberg, madre de don Juan de Austria”. Remato estas líneas en Lepanto, la agradable cafetería del hotel Goldenes Kreuz, sentado en una sala gótica del fondo que fue capilla imperial en su día. Justamente donde yo me encuentro ahora, se sentaban en Semana Santa 12 nobles para que el Emperador les lavara humildemente los pies en conmemoración del gesto que tuvo Jesús con sus discípulos. Sólo un piso más arriba, le esperaba Bárbara con los brazos abiertos.

Francisco López-Seivane, escritor, es autor, entre otras obras, de Crónicas de un nómada (Anaya).

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