Juan no se acaba nunca

Juan Cueto era un cruce muy sofisticado de McLuhan y Roland Barthes pasado por el Naranjo de Bulnes y el estadio de El Molinón, o sea un aldeano global. Como buen lector de Barnes sabía que el mundo cambia cuando juntas dos cosas que nunca habían estado cerca antes: la Ilustración con la informática, Supermán con los madreñas, Jovellanos con Alf, la vetusta ciudad con la metrópolis digital. Ahí residía el secreto de su fórmula. Su misma identidad era un cóctel explosivo. Parecía hijo de Blade Runner y de la Virgen de Covadonga, y, sin embargo, descendía de Leopoldo Alas «Clarín». Nunca sabías si era un francés de Oviedo, un inglés de Gijón o un nieto apócrifo de La Regenta. Todo esto lo hacía muy atractivo hasta para las revistas de moda, que lo reclamaban como modelo. Porque Juan era muchos personajes a la vez, una matriuska cuyas infinitas réplicas nunca se acababan de conocer del todo.

Como monologuista no tenía precio. Las buenas historias solo le pasan a quien las sabe contar y a él le habían pasado casi todas y las contaba como nadie. Hoy hubiera sido una estrella en las charlas inspiracionales de TED. Verlo destripar las razones del éxito de El silencio de los corderos o de Forrest Gump en vivo y en directo resultaba todo un espectáculo. Hablando era una versión bable de Woody Allen. Solo le faltaban las risas enlatadas. Tengo para mí que cuando Trueba dirigió Opera Prima le pidió a Antonio Resines que imitase al maestro asturiano.

Sabía todo sobre casi todo en materia audiovisual. Era una enciclopedia con patas y un bigote levemente prusiano, el único anacronismo que se le conoció a un señor tan moderno. Vicent escribió una vez un maravilloso artículo donde hablaba de Juan como un cowboy de provincias que visitaba el saloon de Madrid, pero yo prefiero recordarlo como el indio que pegaba la oreja al suelo para leer el presente y auscultar el porvenir, un televisionario que consiguió triunfar en la Villa y Corte sin salir de casa.

España era todavía un país de alpargata que gastaba boina y olía a zotal, y en medio de aquel erial de prosa con manguitos, Juan empezó a escribir desde la periferia sobre la caja tonta y sus alrededores con un descaro muy pop. Así se convirtió en el beatle del articulismo. Tocaba de oído, pero con una formación sinfónica que venía de los griegos y de loa enciclopedistas. Por eso sus artículos sonaban distinto. En sus manos, el Mac (uno de los primeros que hubo en España) parecía un piano de cola. Puro jazz. Podía leer el futuro para predecir las olas mediáticas y hasta los tsunamis digitales. Y es que solo puede prever el futuro ( y hasta inventarlo) quien conoce a fondo el pasado. Aunque tenía tres carreras, nunca optó por las aburridos ensayos al peso de los catedráticos de semiótica, sino por las columnas ligeras o los artículos de lujo, que son los cien metros lisos del periodismo. Aquel intelectual rockero sabía que la brevedad era una de las señas de identidad del nuevo milenio. Escribía en titulares y su prosa echaba humo. Hoy hubiera sido el rey del tuit. Nada debía durar más que lo dura una canción en la radio o un clip en la MTV. Un proceso de combustión muy sofisticado tenía lugar en su cabeza efesvescente. A partir de entonces los altos hornos de Asturias sumaron una chimenea más. Aquel humanista ilustrado que educó la mirada de toda una generación que hasta entonces solo veía la vida en blanco y negro con los anteojos del abuelo, y pensaba que la televisión era un electrodoméstico y no un medio de seducción masiva, un salto genético en la historia de la humanidad.

Y después de veinte años escribiendo sobre televisión por fin colgó los hábitos para pasar al otro lado de la pantalla y empezó a pecar de obra. Y la verdad es que lo petó. No paró hasta convertir Canal + en una televisión/ boutique de muchos quilates, el Netflix de cuando no había Netflix. Como jefe tenía una manera muy poco marcial de ejercer la autoridad. De Umbral se decía que era un periodista que nunca había dado una noticia. Juan tampoco dio nunca una orden. Contra lo que pudiera parecer, tenía la cabeza en las nubes, pero los pies en el suelo. Por eso resultaba tan fieramente humano y hermano. Muñoz Molina dijo que lo más raro de escribir un libro es el lugar que puedes ocupar en la vida de un desconocido. Juan ocupa un trono en la de todo los que le conocimos y tratamos. Descanse en paz. Y en homenaje a Groucho Marx le perdonamos que no se levante.

José María Besteiro es periodista.

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