Juan Pablo II: Testigo de santidad para el hombre contemporáneo

«¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo nos ha liberado» (cf. Ga 5,1). Con estas palabras y en un tono vibrante —muy suyo— invitaba Juan Pablo II a comprender y asumir la vocación de jóvenes y de cristianos a los centenares de miles de jóvenes peregrinos venidos de todos los países de la Tierra para reunirse con él en la IV Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela. Frente al reto de configurar el futuro de sus vidas con la plenitud de significado y de contenidos que les permitirían encontrar la felicidad, el Papa les propone una solución: perder el miedo a ser santos. El Monte del Gozo compostelano, florecido aquella mañana del 20 de agosto de 1989 con una juventud sorprendentemente nueva, acogía el requerimiento apasionado del Papa con un júbilo cuyos ecos han permanecido vivos e incitadores hasta el hoy de esta primavera del año 2011, cuando nos hallamos inmersos en plena preparación de la próxima Jornada Mundial de la Juventud del próximo agosto en Madrid. Sin duda alguna, Juan Pablo II fue un maestro y testigo de santidad a lo largo y a lo ancho de todo su dilatado pontificado. Los jóvenes lo habían captado perfectamente. El «Santo súbito» de la Plaza de San Pedro en la impresionante celebración de las exequias por el Papa difunto lo había puesto de manifiesto.

Son muchas las claves humanas, culturales y espirituales con las que se ha querido interpretar y valorar su personalidad cuando vivía, y cómo diseñar su biografía después de muerto hace seis años. Se han destacado sus cualidades mediáticas de «líder» que fascina y arrastra a las masas y que entusiasma a los jóvenes. Se han reconocido en él una simpatía arrolladora y una capacidad singular para el acercamiento cálido a los más débiles y a los más desheredados de este mundo. Sabía identificarse con su suerte y convertirse en el defensor indomable de sus derechos, a la vez que se presentaba como un promotor incansable de la dignidad inviolable de toda persona y de su derecho a la vida desde su concepción hasta su muerte natural. Su protagonismo como guardián y adalid infatigable y valiente de la paz fue puesto de relieve en innumerables ocasiones, en un tiempo —finales del siglo XX— que continuaba paradójicamente asolado por guerras incontables. La caída del Muro de Berlín sería sin él un enigma político y humano, intelectual y éticamente inexplicable. Por otro lado, desde la perspectiva interna de la vida y de la misión de la Iglesia han sido subrayadas con razón la amplitud temática y la profundidad teológica de su magisterio —¡la doctrina de la fe en todos sus más decisivos y más centrales capítulos ha quedado por él iluminada y actualizada genialmente!—. Con no menor convicción se resalta su empeño tenaz y estimulante por aplicar fielmente los principios y criterios renovadores fijados por el Concilio Vaticano II para la vida y la misión de la Iglesia en la frontera histórica del tercer milenio de la Era Cristiana. La categoría de «Nueva Evangelización» es suya, y nadie sería capaz de negar que su incesante peregrinar como misionero del Evangelio de la Esperanza por todo el mapa geográfico y humano del mundo actual ha sido de magnitudes colosales y de una fina delicadeza cultural y espiritual. Los frutos pastorales están a la vista. No existe ningún territorio o país significativo en el que no haya resonado su palabra ardiente de Vicario de Cristo, de Sucesor del primero de los Apóstoles, anunciando al mundo que Jesucristo es el Salvador del hombre.

La clave más certera, sin embargo, para entender y explicar el hondo secreto de esta personalidad tan fascinante y excepcional es la santidad. En la forma de comprender su vida como una vocación para la santidad y en todos sus trayectos —de niño y joven huérfano y sin familia próxima, de estudiante universitario, de sacerdote, de profesor universitario, de Obispo, en tiempos de tribulación y dolor poco comunes, y finalmente de Papa—, se encuentra la llave que nos abre la puerta al conocimiento verdadero de uno de los Papas más queridos por los fieles de la Iglesia Católica y más admirados por la opinión pública internacional. ¡Un Papa amado, quizá como ningún otro hasta ahora, por los jóvenes católicos y no católicos del mundo! Juan Pablo II reformaría en profundidad las normas del derecho canónico que regulaban los procesos de canonización, agilizándolos y aproximándolos a la experiencia del presente más vivo y cercano de la Iglesia. Se trataba de que los nuevos Santos fuesen cristianos todavía próximos y recordados en la memoria de sus contemporáneos como ejemplos por la práctica heroica de las virtudes sobrenaturales y naturales. En la reforma acometida se prevé la posibilidad de que se puedan iniciar sus procesos de canonización después de que hayan transcurrido cinco años desde el día de su fallecimiento.

Juan Pablo II enseñó directamente en su propia persona la lección de la santidad y la vivió heroicamente. Una lección no de una santidad cualquiera, entendida en los términos de una historia o de una fenomenología de lo religioso más o menos neutra intelectual y existencialmente, sino de una santidad comprendida y vivida cristianamente. Aquella que consiste en la perfección de la caridad o del amor. La santidad que no aleja de Dios ni de los hombres, puesto que surge y se alimenta de la acogida de la gracia del Espíritu Santo por un corazón libre que, habiéndose encontrado con Jesucristo crucificado y resucitado por nosotros, se abraza a Él sin abandonarlo nunca sean cuales sean las circunstancias por las que acostumbra atravesar la existencia del hombre en su peregrinación terrena. Esta santidad implica la participación en la misma vida divina y se cifra en amar como Jesucristo nos ha amado y con su misma medida: la de amar al prójimo como Él nos amó, prestos a dar la vida por los hermanos. La lección de la santidad fue la última de Juan Pablo II. Al acercarse los días y las horas de su dolorosa agonía, el legado espiritual que dejó a la Iglesia y al mundo fue precisamente el del ejemplo conmovedor de una vida que se consumía y se consumaba por y en el amor a Jesucristo. Benedicto XVI, como Pastor de la Iglesia Universal, al proclamar Beato a su venerable predecesor el domingo de la Divina Misericordia viene a reconocer solemnemente que contamos con un nuevo modelo de santo del siglo XXI y con un intercesor extraordinariamente cercano a las angustias, sufrimientos y esperanzas de los hombres de esta hora tan delicada y crítica de la historia como es la presente.

Por Antonio Rouco Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid.

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