Juan XXIII y Juan Pablo II

Cuando hoy estos dos hombres, tan diferentes entre sí pero a la vez tan semejantes en el ejercicio de su misión como sucesores de San Pedro, sean canonizados, ¿ante qué estaremos? En primer lugar debemos corregir una terminología, introducida por la ignorancia, que designa este hecho como «santificación». La liturgia canta solemnemente: «Señor, tú solo eres santo». Los hombres somos criaturas de Dios, hijos en un sentido, servidores en otro, y solo participando de su santidad superamos nuestra pobreza y nuestros pecados. En el proceso que culmina en la canonización, alguien primero fue considerado «siervo- servidor» de Dios, luego «bendecido por Dios o bienaventurado- beato», y finalmente canonizado o reconocido «santo».

La alegría que este hecho suscita en la Iglesia no es por la apoteosis de un hombre o mujer considerados héroes por su capacidad intelectual, perfección moral o eficacia histórica. Un santo es, ante todo, alguien bendecido por Dios, acompañado con su fuerza en la debilidad, en quien Él se nos da y se nos refleja. Esa presencia de la santidad divina puede manifestarse en el vivir y hacer cotidiano del creyente, a pesar de su pobreza cultural, debilidad o enfermedad. En la canonización alabamos y damos gracias a Dios por habernos dado a un santo.

Los santos, siendo partícipes, reflejos y testigos de la grandeza de Dios, son igualmente exponentes de la grandeza y de la plenitud que el hombre puede alcanzar cuando se deja guiar y plenificar por Dios. Los santos son en la Iglesia como las vidrieras por las que en los templos pasa la luz del sol hacia dentro y brilla hacia fuera la luz interior del Misterio. En los santos se encuentran e identifican la gloria de Dios y la gloria del hombre: se han encontrado en todos los tiempos y lugares, en todas las culturas y crisis. Una canonización es el reconocimiento que hace la Iglesia de ese encuentro entre Dios y el hombre; que sigue siendo real, porque Dios no es nunca el antagonista del hombre y porque ambos tienen ya el mismo destino. Desde que Dios se hizo hombre, la vocación del hombre es participar de su vida y divinidad. Juan XXIII y Juan Pablo II nos son propuestos hoy como ejemplos de vida, maestros de doctrina e intercesores ante Dios. Esto no quiere decir que no tuvieran defectos y pecados, sino que su vida, vista como totalidad desde el final, es considerada grata a Dios, y ellos reconocidos fieles seguidores de Jesucristo.

Con Juan XXIII se inicia en la Iglesia la reconfiguración del pontificado. Una larga herencia y un convulso siglo XIX habían llevado a considerar a los Papas como monarcas políticos, y sus lugares de residencia, semejantes a cortes reales. La forma en la que se unieron las categorías de monarquía, supremacía e infalibilidad en el siglo XIX fue el síntoma más grave de esa mezcla perturbadora. Quien quiera percibir de cerca tal confusión anticristiana lea el libro «Du Pape» de J. de Maistre, quien escribe: «Una vez establecida la forma monárquica, la infalibidad no es más que una consecuencia necesaria de la supremacía, o mejor, es la misma realidad absolutamente bajo dos formas diferentes». Todavía en 1929 los seminaristas españoles que fueron a Roma con motivo de la firma del Tratado de Letrán llevaban como consigna gritar: «Viva el Papa Rey».

Profundas son las diferencias entre ambos Papas. Mientras que Juan Pablo II es de ciudad, universidad y mundo industrial, casi sin familia, Juan XXIII es de origen rural, trece hermanos, con posterior conocimiento del gobierno de una diócesis y de la Curia romana, trabajo diplomático en países del Este: Bulgaria, Turquía, Rusia… No era un labriego ingenuo o un cura simple. Fue profesor, escribió libros de historia de la Iglesia y se movió en el mundo de la política más seria. Su misión como nuncio en París en momento delicadísimo después de la Segunda Guerra Mundial le acreditó como un sagaz y sereno negociador. Su gran obra fue la convocatoria del Concilio Vaticano II. Su sencillez, lucidez y trasparencia de padre le ganó un cariño y adhesión universal. Citamos solo dos textos suyos. Uno, el lema personal: «Este es el misterio de mi vida. No busquéis otra explicación. He repetido siempre la frase de San Gregorio Nacianceno: “Tu voluntad, Señor, es nuestra paz”». De ahí su lema pontificio: «Obediencia y paz».

El otro texto son las palabras con las que se presentó a sus diocesanos en Venecia: «No veáis en vuestro patriarca al político o al diplomático, sino exclusivamente al pastor de vuestras almas, que está llamado a realizar la misión que el Señor le encargó para las gentes pequeñas. Yo provengo de padres pobres. La providencia divina me sacó de mi patria y me llevó de Oriente a Occidente por las calles del mundo y me puso en contacto con los graves problemas políticos y sociales de la Humanidad». Frente a una imagen idealizada de Juan XXIII hay que subrayar este realismo del origen, con su voluntad de verdad en la pobreza a la vez que su conocimiento de los problemas del mundo. De esta actitud nació su encíclica de profunda repercusión en España, a la que un grupo de catedráticos universitarios dedicó el libro «Comentarios civiles a la Pacem in Terris» (1964). Juan Pablo II nos queda todavía vivo en nuestra retina. Su historia personal en familia y universidad, con la responsabilidad episcopal en su país y en la Iglesia, hacen de él un héroe de la fe, de la lucha por la libertad y de la dignidad de los hombres. Si Juan XXIII tenía especial simpatía por el lado oriental de Europa, abriendo la diplomacia vaticana al Este, no condenando explícitamente el comunismo para no agravar la situación de los cristianos bajo el telón de acero –la palabra como tal no aparece en sus textos ni en el Concilio Vaticano II–, en cambio Juan Pablo II puso todo su empeño en superar al comunismo. Antes que sumisión predicó resistencia, desenmascarando el silencio de Occidente ante los horrores vividos en los países soviéticos. En Europa casi nadie ha querido saber de los millones de víctimas y mártires en Rusia, de los 250 obispos ortodoxos masacrados por Stalin. El libro de A. Riccardi debería ser lectura obligada.

La Iglesia está al servicio de la santidad de Dios otorgada a los hombres por Jesucristo y en su Santo Espíritu. Esa es su aportación específica. Cuanta más santa sea, mayor será la fascinación y atracción ejercida, pero a la vez mayores el escándalo y el rechazo provocados. Porque en el mundo existe el mal objetivado en personas, ideas e instituciones, que rechazan a Dios. Los santos son ante todo su recordatorio y afirmación frente al olvido, el silencio, la negación o el rechazo de ese Dios. Santifican el mundo frente al intento de profanizarlo todo; y frente a lo que Schleiermacher llama el principio irreligioso. «Precisamente porque el principio irreligioso existe y actúa por doquier y porque todo lo real aparece a veces como profano, la meta del cristianismo es una santidad infinita».

La canonización de dos Papas suscita en la Iglesia católica una legítima inmensa alegría. La debe vivir de forma tal que no sea, ni sea percibida por nuestros hermanos ortodoxos y protestantes, como una papolatría. ¿Es bueno que pongamos a casi todos los Papas del siglo XX en vías de ser canonizados? ¿No se siente un cierto rubor al ver a la autoridad máxima de una institución canonizando a todos sus predecesores? Importa muchísimo en la Iglesia la santidad: la de todos, grandes y pequeños. La canonización es la añadidura y nunca se la puede confundir con el Reino, que es lo primero que todos debemos buscar.

Olegario González de Cardenal es teólogo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *