Jubilación y vida activa

En diciembre de 1984, en un artículo publicado en esta misma página bajo el título «Educación, paro y jubilación anticipada», decía: «En los Estados Unidos, hacia el año 2000, las personas mayores de setenta años superarán el 20 por ciento de la población, y a menos que se adopten actitudes nuevas sobre temas tales como educación, jubilación y productividad, esta mayor longevidad producirá problemas cada vez más acuciantes». Hoy este tipo de proyecciones demográficas se ha puesto de actualidad también en España, en el contexto de la discusión sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones. En pocas décadas la proporción entre contribuyentes y perceptores de pensiones se va a volver insostenible. Al pago de estas pensiones, además, se sumarán los mayores gastos sanitarios asociados a la vejez. Pero a esta lógica económica debería añadírsele una consideración política de la que normalmente no se habla, y que ya tuve ocasión de señalar en el mismo artículo. La política se traduce fundamentalmente en el reparto de los recursos, o, si se prefiere, de los beneficios. Pues bien, en una sociedad democrática, «el grupo cada vez más numeroso de personas mayores tendrá, pues, un poder político importante». Solo pensar en una futura guerra política entre generaciones por el reparto de recursos cada vez más escasos es preocupante.

En 1972, el antropólogo Colin Turnbull describió en su libro The mountain people a los iks de Uganda, un pueblo de cazadores recolectores expulsados por el gobierno de su territorio y de su sistema de vida (para establecer un parque natural y reserva de caza deportiva) y enfrentados a una situación de gran escasez, que habían iniciado un rápido proceso de descivilización que les convirtió en una especie de fieras humanas insolidarias entre sí. Entre otros ejemplos de comportamiento aberrante, los padres iks expulsaban de casa a sus hijos mayores de tres años —los niños sobrevivían a la intemperie agrupados en bandas semisalvajes—; y, a su vez, los hijos ya adultos echaban del recinto familiar a sus padres viejos y enfermos, condenándoles a morir de inanición en el más puro abandono. El amor, de cualquier tipo, era un concepto absolutamente desconocido para todos ellos; no digamos la solidaridad, o el espíritu de cooperación, o el mero respeto mutuo. Cuando un niño pequeño moría, frecuentemente por falta de atenciones que nosotros consideramos básicas, los padres se mostraban más contentos que contrariados: un fastidio menos, y sobre todo una boca menos que alimentar. Turnbull señalaba en su libro que algo así podría suceder también en la sociedad occidental avanzada, ya en proceso de desestructuración y de pérdida de valores, en una situación de lucha por recursos cada vez más escasos. La familia como grupo solidario no es una institución natural —una contradicción en los términos—, por mucho que a algunos les haga ilusión pensarlo.

Sin embargo, no es necesario que los mayores de sesenta y cinco años, o sesenta y siete o los que sean, se conviertan automáticamente en meros consumidores de recursos, sin otra utilidad. Una mayor flexibilidad laboral, la dedicación a trabajos comunitarios, etcétera, combinadas con prestaciones sociales compensatorias, permitiría a los «jubilados» seguir contribuyendo a la riqueza general y llevando una vida activa y útil. Se puede continuar «activo» sin continuar «en activo» al cien por cien.

Porque de hecho hay muchas personas que, llegadas a la edad establecida, no querrían dejar de trabajar —no digo renunciar a la jubilación, sino al trabajo—. Todos conocemos casos de jubilados que, sin un trabajo regular, se encierran en casa y en sí mismos, se aburren, se deprimen, enferman y se mueren, por ese orden, en cuatro días. Eso les ocurre incluso a personas dedicadas toda su vida a los trabajos más rutinarios y poco creativos. La vida laboral no solo representa un esfuerzo constante, a veces agotador; también es el medio en el que pasamos la mayor parte del tiempo, nuestro espacio principal de socialización y de maduración. En realidad el trabajo, con las relaciones sociales que implica, es el medio natural humano. Pero sobre todo es el principal instrumento de aportación de los propios valores al mundo, incluso cuando el valor no sea más que el de ser capaz de llevar un sueldo a casa, sin el cual corremos el riesgo de convertirnos a nuestros propios ojos en pesos inútiles y en una especie de fantasmas de nosotros mismos. Y ya se sabe que aquello en lo que nos convertimos a nuestros propios ojos puede llegar a ser lo mismo en lo que nos convertimos a los ojos de los demás.

A sus sesenta y cinco años, siguiendo las normas de su empresa, Maurice Ralph Hilleman tuvo que abandonar su cargo de vicepresidente de los laboratorios de investigación Merck. El doctor Hilleman es el padre de la mayor parte de las vacunas desarrolladas en el siglo XX: contra el sarampión, las paperas, la rubeola, la varicela, la hepatitis A y B…, entre otras. También colaboró en la creación de las inmunizaciones contra la meningitis y la neumonía. Puede decirse que es la persona que más vidas humanas ha salvado en la historia. Un hombre como este no podía retirarse a los sesenta y cinco. En realidad no debía retirarse nunca. Así que, después de una serie de negociaciones, consiguió crear y pasó a dirigir el Instituto Merck de Vacunología, en cuyos laboratorios continuó trabajando hasta su muerte, veinte años más tarde —además de ejercer como profesor adjunto de pediatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pensilvania, como asesor de la Organización Mundial de la Salud, etcétera.

Volvamos a Europa, y a un caso todavía más espectacular. Rita Levi-Montalcini, neuróloga, premio Nobel de Fisiología en 1986 por su descubrimiento de la molécula proteica NGF (Factor de Crecimiento Nervioso, que ejerce una función esencial en la multiplicación de las células), senadora vitalicia italiana desde el 2000, cumplirá 102 años el próximo marzo. Sigue acudiendo cada día, en Roma, al European Brain Research Institute (Instituto Europeo de Investigación del Cerebro) fundado por ella en 2001, supervisando las investigaciones de sus laboratorios. También ejerce como asesora de diversos organismos científicos internacionales. Dice de sí misma que, aún ahora, continúa haciendo descubrimientos importantes sobre el funcionamiento del cerebro y del factor que identificó hace más de medio siglo. Considera que, a su edad, tiene una capacidad mental quizá superior a la de sus veinte años.

Lo que es válido para dos grandes científicos también debería serlo para muchas otras personas, con todas las adaptaciones necesarias. En vez de eso, hemos asistido en los últimos años, y continuamos asistiendo, aunque en la situación actual parezca increíble, a auténticas oleadas de prejubilaciones de empleados de grandes corporaciones privadas y públicas. Otra carga para el sistema de pensiones y otro despilfarro de recursos humanos válidos. No debería permitirse. Ya sé que, frente a mis objeciones, se argüirá la necesidad de renovación, de sangre nueva, en las empresas —algún día alguien dirá que en todas partes—, y el peligro de estancamiento creativo, en el que no creo. Lo que creo es que los mayores deberían trabajar, aunque solo fuese a tiempo parcial, junto con los jóvenes, lo que redundaría en beneficio de unos y otros. Me gustaría pensar que no se olvida ni desprecia el valor de la experiencia, y pienso que, en ese aspecto, la juventud está sobrevalorada. Pero sobre todo creo que estamos aislando a las generaciones las unas de las otras de un modo suicida, y no puedo dejar de acordarme de los pobres iks.

Santiago Grisolía, presidente del Consell Valnecià de Cultura.

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