Juego sucio

Pedro Sánchez.. Ilustración de Alejandra Svriz
Pedro Sánchez.. Ilustración de Alejandra Svriz

Aristóteles pensaba contra Platón que era preferible el gobierno de las leyes al de los hombres, por sabios que fueren, porque «la ley no tiene pasiones, cosa que necesariamente se encuentra en cualquier alma humana». Su opinión es muy difícil de objetar, casi indiscutible en sociedades de pequeño tamaño como las que servían a los filósofos griegos de modelo, pero en sociedades como las de ahora, sometidas con gran frecuencia a la confusión, las pasiones y a numerosos prejuicios, no queda otro remedio que reconocer que la disyuntiva no es tan obvia porque las reglas no son nada si no existe la voluntad decidida de usarlas de manera recta, de renunciar al juego sucio.

En los deportes suele existir un árbitro al que se le confiere la doble responsabilidad de hacer respetar las reglas y evitar el juego sucio, la violencia impropia, pero esa sabia institución de origen británico no tiene demasiada cabida en las democracias, en que la regla de la mayoría acaba siempre por imponerse. Cuando existen instituciones cuyo fin es contrapesar los posibles excesos de la mayoría y defender los derechos de los menos, tales como una presidencia imparcial de las Cámaras, los jueces o el Tribunal Constitucional, se les debe exigir la más absoluta independencia y el respeto escrupuloso de las leyes, pero, como sucede en ocasiones con los árbitros deportivos, esas instituciones pueden caer en la tentación de legitimar los abusos del poder torciendo la vara de su justicia por los intereses y el partidismo para conseguir que al juego sucio se le ponga cara de virtud democrática.

Popper advirtió hace ya mucho tiempo sobre la importancia de las tradiciones en la vida política y no cuesta mucho admitir que la primera de esas tradiciones, innegable en teoría, pero no siempre respetada en la práctica, es la de no utilizar las reglas de manera tramposa, el juego limpio. Se dirá que sería ingenuo ignorar que en las sociedades democráticas la mentira juega siempre un papel cuando se actúa de cara al público y se quiere dar la mejor impresión, de modo que no sería realista pretender que los políticos hablasen siempre con una sinceridad infantil. Pero el juego sucio es algo más peligroso que la mentira, es el uso fraudulento de las ventajas que concede la mayoría, por precaria que sea, y el abuso de las prerrogativas que se tienen cuando se emplean para un fin distinto al que las justifica.

Se juega sucio siempre que se antepone el interés del poder, aunque sea legítimo, al respeto a las reglas, escritas o tradicionales, cuya finalidad es preservar la limpieza y la equidad de la contienda política y el respeto a los derechos de las minorías. En épocas de crisis política aguda, como la que estamos atravesando, es cuando es más importante ese respeto y también cuando mayor es el riesgo de que las reglas se prostituyan. Bastará con poner algunos ejemplos de juego sucio que, al hacerse habituales, podrían acabar pasando como formas de comportamiento inobjetables.

La presidencia del Congreso ha consentido sin apenas resistencia que al Parlamento le sean arrebatadas funciones esenciales que solo el Parlamento puede desarrollar legítimamente. Así sucedió cuando se le ha sustraído la capacidad de designación de miembros del Poder judicial o del Tribunal Constitucional para cederla a los poderes ejecutivos del Gobierno y de los partidos. Lo mismo ocurre cuando se renuncia a fijar la fecha de una sesión de investidura para permitir que negociaciones de la mayor importancia se lleven a cabo fuera del parlamento y en la mayor oscuridad, o cuando se consiente que el Gobierno, por más que esté en funciones, se sustraiga a la labor de control del Congreso (asunto por el que Sánchez montó en su día una escandalera ante el intento de Rajoy de esquivar ese trámite).

Juego no ya sucio, sino más propio de bandoleros que de ciudadanos decentes es el que se hace para alterar las reglas esenciales que deben regir el equilibrio constitucional de los poderes mediante mayorías muy marginales, oportunistas o políticamente absurdas. Así el intento de forzar una amnistía con nombre y apellidos para amarrar una investidura, o el de despojar al Senado, en el que el PSOE no tiene ahora mayoría, de su papel en la designación de magistraturas constitucionales o, lo que es todavía más grave, la intención de reformar la Constitución eludiendo los procedimientos que ella misma establece, cosa que, por desgracia, también tiene precedente, aunque en ese caso con acuerdo entre los dos grandes partidos.

La debilidad política de un partido que aspira a obtener el Gobierno no puede amparar toda clase de cosas. Esta verdad es tan obvia que el mismo aspirante a la investidura debe andar con el alma en vilo calculando hasta qué punto logrará acuerdos que puedan permitir una lectura no del todo escandalosa, y en eso consiste su verdadera dificultad para obtener los escaños que necesita, todo lo demás es retórica porque sabe que una vez en la Moncloa tendrá suficiente libertad para decir que ha cambiado de opinión o para interpretar en su beneficio cualquier punto que pudiera parecer lesivo. Estamos viviendo la agonía del que rema y rema con riesgo de no llegar a la orilla, aunque está seguro de que si llega estará a salvo incluso de los efectos más demoledores que pudieran haber tenido sus palabras.

Tanto en deporte como en política el juego sucio puede existir porque el fanatismo de los seguidores tolera lo que fuere con tal de ganar. Unos y otros tienden a ser inconscientes de que cuando se rebasa de manera insistente los límites, cuando las reglas pierden su valor, el juego se prostituye y pierde atractivo, los estadios se vacían y la democracia se desprestigia y amenaza ruina.

Lo peor del juego sucio es que puede ser útil, que rinde beneficios porque gana partidos, cosa que sucede porque es muy corriente que el público prefiera el poder a la justicia y, el triunfo al respeto de la libertad y de las reglas. Esta justificación del juego sucio es, a mi entender, la definición más clara del despotismo cuando se disfraza de populismo autoritario. Al normalizar el juego sucio se pasa de que la democracia tolere la corrupción, con mayor o menor disimulo, a que se deje dominar por ella.

Cuando se pelea con un tramposo nadie puede vencer al enemigo cínico con el mero auxilio de las reglas, es necesario ganar el partido con un juego más inteligente, creativo y audaz que deje en evidencia la condición fullera, sectaria y despótica del adversario. Y, si se logra la victoria, se hace preciso fortalecer de manera más rigurosa la independencia y la operatividad de las instituciones que sirven de contrapeso al poder del Gobierno, sin caer, claro está, en el error de repetir la fechoría para que, esta vez, juegue a favor del nuevo ejecutivo. El PP ya cometió ese error con el poder Judicial y ahora ha de pagar las consecuencias, aunque perdemos mucho más los que nos vemos obligados a soportar el proceso de convertir una democracia en asqueroso despotismo disfrazado de legalidad.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es La virtud de la política.

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