Juegos de truhanes

Después del rechazo de las enmiendas a la totalidad del proyecto de ley de presupuestos para el 2021 y después, también, de los comentarios de algunos líderes del PSOE muy molestos por la coalición con Bildu en ese trámite parlamentario, parece que la ira se ha apoderado de las oficinas de Ferraz, donde se afirma, dice la prensa, que los barones tienen muy cortas miras, no ven más que su propio ombligo, mientras que el presidente Sánchez tiene altura de miras y las luces puestas en el largo plazo, como conviene a un estadista.

En la recientemente publicada biografía de Vasili Grossman (Alexandra Popoff) se puede leer que, en vísperas del ataque de Hitler a la Unión Soviética, a pesar del pacto firmado por Ribbentrop y Mólotov –entre Hitler y Stalin–, a Ilya Ehrenburg no le sorprendió la noticia del ataque. Richard Sorge, espía soviético, había dado a las autoridades soviéticas incluso la fecha correcta del ataque. El jefe del Estado Mayor soviético, Zhúkov, y el general Timoshenko, comisario de Defensa, pidieron a Stalin poner a las tropas en estado de alerta. Stalin seguía negándose a ver la realidad y admitir la inminencia del ataque alemán.

Juegos de truhanesDiríase que Stalin tenía las luces puestas en el largo plazo fundamentado en el pacto con Hitler, mientras que Ehrenburg, Sorge, Zhúkov y Timoshenko eran cortos de miras porque veían muy cercano el ataque de Hitler. Stalin se equivocó y los que le avisaron estaban en lo cierto. Stalin había diezmado la dirección de los ejércitos soviéticos, de forma que cuando el ataque de Hitler se produjo la tropa se encontraba sin suficientes generales y oficiales que la dirigieran en la guerra.

Dictaminar quién y cuándo ve a lo lejos, y quién y cuándo es corto de miras, es cuestión de perspectiva. Es cuestión de información, de la capacidad de transformar la información en conocimiento, de libertad de juicio con respecto a sus propios prejuicios, de la capacidad de poner en tela de juicio los propios dogmas. Solo esta libertad, de la que carecía Stalin, permite tener la mirada abierta a los accidentes de la historia. Lo escribe de forma magistral Vasili Grossman en su novela Todo fluye: «Y de repente, el 5 de marzo de 1953 murió Stalin. Esa muerte irrumpió en el gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado, de ira y de amor popular decretado por orden de los Comités regionales del Partido.

Stalin murió sin que estuviera planificado, sin la indicación correspondiente de los órganos directivos. Murió sin la orden personal del propio camarada Stalin. En aquella libertad, en aquella autonomía de la muerte, había algo explosivo que contradecía la esencia íntima del Estado. Una confusión total se apoderó de las mentes y de los corazones» (p. 38).

No se trata de establecer paralelos entre los personajes, pero sí de recurrir a situaciones que, aunque lejanas, pueden encerrar enseñanzas para comprender lo que está sucediendo en la política española. Nos encontramos ante la creencia, es lo que manifiestan los periodistas que tienen acceso directo a las fuentes de Moncloa, de que pase lo que pase, suceda lo que suceda, todo redunda en beneficio del jefe, del presidente. Todo está previsto, todo está controlado. Nada sucede que no pueda ser integrado en la perspectiva a largo plazo en el proyecto político del inquilino actual de Moncloa. La hoja de ruta, el relato, los pasos a dar, los pasos a evitar, sobre todo la capacidad de significar correctamente todo lo que sucede, el poder de significación sobre los acontecimientos, es lo que importa. Y en todos esos asuntos el mando lo tienen Sánchez y Redondo, Redondo y Sánchez. Tienen tanto poder que no importa no contar con los votos propios suficientes, pues pueden usar los votos de quienes están dispuestos a ser sus socios, en el Gobierno y en la mayoría parlamentaria, pues conocen a la perfección sus intereses, saben jugar con sus necesidades, saben cuál es su precio, y tienen la seguridad que todo ello será no solo a mayor gloria de ambos, sino a mayor gloria del Estado, de España, de Europa, de la civilización y del mundo.

Pero, ¿qué sucede si estos socios también tienen las luces puestas en largo? Me imagino que los nacionalistas vascos –los llamados moderados y pragmáticos (?) y los radicales– pensarán en su fuero interno que Sánchez y Redondo son unos advenedizos a la política. Que ellos no han nacido hoy, ni hace dos o tres años. Que llevan muchos años haciendo lo que llaman política, que conocen a la perfección lo que denominan «Madrid» –en resumen, el Estado, con cada uno de los sucesivos gobiernos, la Administración general, los partidos estatales… sus intereses, sus necesidades, sus debilidades–.

Saben bien cómo tratar a unos y a otros, cómo jugar con unos contra los otros. Y nunca ocultan su propósito, porque se sienten además justificados por sentencias del Tribunal Contitucional, quien les ha hecho saber que nadie les puede exigir renunciar a su proyecto político, a sus postulados partidistas, a su nacionalismo radical siempre en el fondo, a conveniencia con apariencia de moderado o pragmático.

Si a un líder del PNV le preguntan a qué van a Madrid y este responde que a trincar, nadie se escandaliza, aunque trincar significa tomar lo que no les corresponde, dejar a los demás sin lo que ellos se llevan, desestabilizar el conjunto del Estado aparentando que dan estabilidad a un gobierno coyuntural de partido. Y a los líderes de Bildu no hace falta ni preguntarles, lo dicen voluntariamente: vamos a Madrid a reventar el régimen.

Y si añadimos a los nacionalistas catalanes, la única diferencia que podemos encontrar entre ellos es si lo que quieren lo quieren de inmediato y unilateralmente, o a medio y largo plazo sin que Madrid se dé cuenta de todos los destrozos que van causando, de los mordiscos que le van dando. Ellos no se van, esperan a que Madrid se vaya de Cataluña y Euskadi.

Pedro e Iván creen que son más listos que los nacionalistas. Los nacionalistas creen que son más listos que Pedro e Iván. Estos creen que los nacionalistas nunca se atreverán a dar el paso, que llegado el momento les entrará el pánico ante el abismo que se les abre de repente. Los nacionalistas creen que Pedro e Iván están solo interesados en mantener su propio poder, en consolidar una mayoría para esta legislatura, creen en lo que les dice el tercero en concordia, Pablo, de que trabajando juntos y engañándose unos a otros conseguirán que la derecha, los conservadores, el centro no lleguen nunca al poder. Todos felices. Cada uno consigue lo que quiere, pero unos, Pedro, Pablo e Iván, no se dan cuenta, o sí, que lo que ellos consiguen es a costa de cargarse el Estado sin el que ellos no son nada.

Y en un momento de optimismo uno puede pensar que los nacionalistas, tan avezados y aviesos ellos, tampoco consiguen lo que quieren, su Estado propio, porque lo que ahora consideran como su base de poder, lo que dicen que es casi un Estado, no es más que la ocupación de las estructuras e instituciones de Estado que no han sido capaces de crear ellos, sino que les ha puesto en sus manos España, el Estado del que reniegan. Ellos no son más que unos okupas en casa ajena porque en el fondo no son capaces de concebir el Estado, y menos un Estado de Derecho. En todo caso llegarían a tener una república bananera sin respeto del pluralismo, sin libertad de conciencia y sin Derecho.

Lo malo es que en el entretanto todos nos estamos quedando sin Estado y sin Derecho. Hablando de los años 1978 a 1983, Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona escribe lo siguiente: «Muchos fueron los agentes de este cambio. Entre ellos la UCD misma, nacida de un rápido proceso de incorporación de gentes valiosas, que triunfó en dos elecciones generales y luego habría de sufrir una desbandada rápida, triste, sin precedentes. Nació en un suspiro y se desmembró con muchos» (Las transiciones de UCD, p. 15).

No quiero ni contar cuántos suspiros llevamos ya.

Joseba Arregi, ex consejero del Gobierno vasco, es ensayista.

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