Jugar con fuego

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 02/09/06):

En la política de las sociedades mediáticas, buena parte del éxito consiste en estar presente en los medios: lo que no aparece en televisión no existe. Pero los acontecimientos de la vida política real no siempre reparten equitativamente el protagonismo a todos los actores. En estos casos, quienes se han quedado con papeles secundarios tienen que invertir mayor esfuerzo para conseguir un sitio en el sol mediático. Y la manera de conseguir ese sitio es cocinar propuestas que tengan el valor de resultar llamativas.

Es bien cierto que una política como la vasca sometida durante tanto tiempo a la presión ilegítima de la violencia terrorista no ha estado nunca a falta de propuestas llamativas: aparecer como el gran pacificador con propuestas y recetas de todo tipo ha sido una tentación demasiado fuerte y a la que han sucumbido demasiados líderes políticos.

Pero ahora que, a pesar de todas las dudas y críticas razonables que se puedan plantear, se vislumbra una posibilidad real de que ETA desaparezca definitivamente y volvamos a gozar de la libertad de derechos ciudadanos garantizados por un sistema constitucional, jugar a enriquecer el recetario de soluciones llamativas para poder tener una plaza en el mercado mediático puede rayar en la irresponsabilidad.

Es curioso que en una sociedad que ha sido convocada desde la transición en multitud de ocasiones y con multitud de fórmulas -elecciones de tipo referéndum, elecciones a cortes constituyentes, elecciones parlamentarias, referéndum, elecciones municipales y autonómicas- para que diera su opinión y expresara su palabra, perviva todavía como fantasma de solución el eslogan de ‘dar la palabra al pueblo’, a un pueblo que está a punto de quedarse sin voz de tanto hablar y de no ser escuchado debidamente.

Sea como sea, hay quien para el comienzo del curso político vasco ha desempolvado, desde su posición de actor secundario, el fantasma de escuchar la voz de la sociedad, el fantasma de recurrir a saber lo que piensa la sociedad para dar un impulso al llamado proceso según la intención de los proponentes, para dejar de ser actores secundarios según más de un observador.

Es cierto que algún actor secundario -en este proceso, aunque principal en la política vasca- como es el PNV está actuando con toda lealtad y sensatez, sabiendo cuál es su sitio, aunque de vez en cuando deje caer la idea de que sabe más de lo que dice porque cuenta con fuentes que, en el silencio que ha sido decretado, no pueden compartir con los ciudadanos lo que saben o lo que está sucediendo.

Pero el lehendakari Ibarretxe y el consejero Madrazo están jugando con fuego. Ibarretxe deja caer, una vez sí y otra también, la idea de que la última y decisiva palabra la tendrá el pueblo vasco, sin que la opinión del Congreso de los Diputados pueda condicionar esa decisión. Recupera así todo lo que tenía de inaceptable su plan que ya debiera ser difunto y estar enterrado. La idea de que lo que opine el Congreso de los Diputados no puede condicionar la decisión del pueblo vasco siempre ha tenido una finalidad: institucionalizar la existencia de un sujeto político separado, distinto e independiente del sujeto político español, algo no sólo imposible en el marco constitucional actual, algo que implica romper las reglas de juego asumidas tras hablar el pueblo, incluido el vasco, sino algo que niega radicalmente la pluralidad de la sociedad vasca en lo que al sentimiento de pertenencia se refiere.

Y la misma idea, pero transformada en impulsora del proceso de desaparición de ETA, está siendo socializada a través de los medios de comunicación a lo largo del verano: Ibarretxe repite que la sociedad debe tener un papel fundamental en el proceso, distintos portavoces del Gobierno anuncian que en el debate de política general Ibarretxe va a proponer fórmulas para articular esa participación de la sociedad vasca en el proceso. Y Madrazo adelanta que puede tratarse de consultar previamente a la sociedad sobre no se sabe exactamente qué, pero sospecho que sobre la pacificación y la normalización.

Están jugando con fuego. No sé si se trata sólo de buscar por todos los medios, nunca mejor dicho, estar presente en los medios tratando de dejar de lado su papel de secundarios, cuando no extras, en la película que se está rodando. No sé si se trata sólo de la dificultad de desembarazarse de una fórmula que ha adquirido tintes mágicos, tintes de pócima milagrosa que todo lo cura.

Pero sí parece que se trata de recuperar la vieja idea de que la solución del conflicto se halla en que la decisión última e incondicionada está en la decisión de la sociedad vasca. Egibar tiene la ventaja de ser muy claro al respecto. Sí parece que se trata de legalizar la consulta trasladándola en el tiempo procesal, pero dotándola de eficacia gracias al traslado: si está fuera de la legalidad constitucional que al final valga lo que decida la sociedad vasca independientemente de lo que dictamine, decisoriamente también, el Congreso de los Diputados, si se adelanta la consulta a una fase previa, se le da carácter de lo que el nombre implica, mera consulta, su resultado condicionaría los acuerdos posteriores, pues quién se va a atrever a decidir en contra de lo que consultivamente el pueblo vasco ha dicho que hay que decidir.

Llama la atención que sean los que, respetando muchísimo a las víctimas por supuesto, han reiterado que las víctimas no pueden ni deben ocupar el sitio y la responsabilidad de los partidos políticos -¿alguien ha llegado a decir que las víctimas se tienen que limitar a ser eso, víctimas!- los que ahora se quieran saltar esa representatividad dirigiéndose consultivamente a la sociedad, y crear así hechos condicionantes.

Es jugar con fuego y con fuego peligroso. Todas las democracias tasan con bastante exactitud cuándo y cómo se consulta a la sociedad, cuándo se recurre a la fórmula del refrendo. La palabra misma indica que se trata de refrendar algo que previamente existe, un acuerdo alcanzado por los partidos políticos, o por los gobiernos europeos en el caso del Tratado constitucional de la UE. Pero el recurso a la opinión de la sociedad nunca está permitido en las democracias al estilo de las encuestas de opinión: ¿Dígame usted lo que más le gustaría, se trata sólo de una encuesta, expláyese, déjese llevar por sus sueños, pida la Luna!

Si la Constitución alemana prohíbe los refrendos no es porque Hitler llegara al poder gracias a uno de ellos, sino porque buscó su legitimación en ellos. Las democracias occidentales son representativas no por capricho de nadie, sino porque es el mecanismo que permite el gobierno del pueblo junto con la sumisión del poder a su división y a la limitación por el derecho y la ley.

No se puede jugar con la sociedad, y menos con el pretexto de que se le quiere dar participación para impulsar la pacificación y la normalización. Y no se trata de tener miedo a lo que pueda decir la sociedad. Se trata de que el populismo se presta a la demagogia, y de la demagogia nunca resulta nada bueno para la socidad sometida a ella.

En una democracia representativa cada cuál lleva su responsabilidad y tiene que responder de sus decisisones dentro de los límites que establecen la ley y el derecho. No hay recurso a la sociedad que invalide esos límites, y menos cuando ese recurso se camufla de consulta orientativa abriendo la puerta a todas las apetencias sin posibilidad de reclamar ninguna responsabilidad posterior. En lugar de querer escuchar la voz de la sociedad y conocer su opinión se la está engañando, trasladándole responsabilidades que no son suyas y haciéndole creer que es posible lo que quienes lo proponen saben que no es posible.

El Estado de Derecho surge cuando el poder constituyente -por definición ilimitado en su soberanía- deja de serlo y se somete al imperio de la ley y el derecho, pasa a ser poder constituido. Hay quienes entre nosotros siguen soñando con la posibilidad de vivir permanentemente en situación de poder constituyente sin que nunca jamás dicho poder se tenga que someter a ningún derecho ni a ninguna ley. Pero esa situación implica que lo único que vale es la ley de la jungla, la ley del más fuerte, del más dispuesto a usar la violencia y el terror.