Jugar con los alimentos

Por Pep Riera, payés (EL PERIÓDICO, 02/06/08):

En estos últimos meses, los alimentos básicos han subido de precio en el mercado mundial. Pero esto, que deberíamos considerar normal en un mercado especulativo, llevaba muchos años sin producirse. Pasados los efectos desestabilizadores de la segunda guerra mundial y recuperadas las producciones agrarias en el primer mundo, la tendencia era que los precios de los alimentos empezaran a bajar, sobre todo en relación con unos salarios que iban incrementándose. En 1957, para los países que fundaron el Mercado Común Europeo, el promedio de ingresos familiares destinados a la compra de alimentos era de un 70%. Hoy, no obstante, no llega al 18%.
EEUU seguía siendo la primera potencia exportadora de alimentos e introdujo un producto estrella, la soja, que en Europa pronto revolucionaría la producción de carne, con piensos elaborados con esta leguminosa de alto valor proteínico. Pero países que desde el siglo XIX exportaban sus excedentes agrarios –Argentina, Brasil, Australia, Uruguay– seguían teniendo la imperiosa necesidad de vender para equilibrar las balanzas de pagos, aunque fuera con precios a la baja. Explicar por qué ahora se dispara el precio de alimentos aún importantes como el trigo, cuando en los 60 su precio se estabilizaba con tendencia a la baja no es fácil, puesto que, para analizar situaciones complejas, hay que tener presentes muchos factores.

ESTOS PAÍSES industrializados importadores de productos agrarios iniciaron, a partir del Tratado de Roma, una política agraria común (PAC) que contemplaba, entre otros objetivos importantes, incrementar y mejorar la producción de alimentos para estabilizar los precios y controlar la inflación. Y esto tenía que lograrse con unos ejes básicos de actuación. Primero, con una política de modernización que incrementara la productividad. Después, con una política de precios y mercados que garantizara unos precios mínimos para los agricultores y que a la vez protegiera al conjunto de la ciudadanía, en tanto que consumidores.
Esta política no fue barata, pues obligó a contar con grandes almacenes, silos y frigoríficos para guardar las producciones que, en años de buena cosecha, podían hundir los precios del mercado. Pero si se producía el efecto contrario –alza de precios en un sector como el cereal por una mala cosecha– se autorizaba a vaciar los silos, sacar las reservas al mercado y provocar la bajada de los precios para que no afectara al IPC. Hay que tener presente que los años posteriores a la creación del Mercado Común, el porcentaje de ingresos familiares que había que dedicar a la cesta de la compra aún era superior al 50% y, por lo tanto, cualquier oscilación al alza del componente alimentario, porque ponderaba mucho, afectaba negativamente al IPC.
Ahora bien, para que los mecanismos de intervención de Bruselas funcionaran había que mantener el mercado europeo protegido de las oscilaciones del mercado mundial, lo que se logró con un fuerte proteccionismo arancelario que desconectó los precios agrarios de la CEE de los mercados exteriores. Esta PAC proteccionista coincidió con la modernización de la agricultura en los 60 y 70: mecanización, abonos químicos, herbicidas, fungicidas, insecticidas, etcétera, con lo que se obtuvieron notables incrementos de productividad por hectárea.
Por tanto, los precios agrarios en el mercado mundial se mantuvieron bajos, en parte, porque no había en el tercer mundo economías emergentes, con gran capacidad importadora, y también porque el primer país exportador, EEUU, mantenía una política agraria muy distinta de la de la UE, sobre todo en lo referente a las subvenciones. El sistema de ayudas americano, que hacía innecesaria la práctica del dumpin para hacer competitivas sus exportaciones, dio la mayoría de argumentos a sus negociadores al final de la ronda Uruguay del GATT, ante los representantes de la UE. Pese a la progresiva aplicación de los acuerdos del GATT, los precios mundiales se mantuvieron bajos, algo que en la UE tenía que perjudicar a todos los sectores de la agricultura que se beneficiaban de la estabilidad que les proporcionaba la tradicional política de precios y mercados.

Y AHORA, de pronto, los precios suben, y en productos tan importantes como el trigo, la leche o el arroz, y los expertos hacen distintas interpretaciones: las importaciones de los países emergentes (China, India), el coste del transporte y las toneladas destinadas al agrocombustible, competitivo a partir del alza del petróleo. Sin embargo, el porcentaje de cereales y leguminosas destinado a producir agrocombustibles en Europa no llega al 2%. En EEUU es 10 veces superior, cierto, pero insuficiente para justificar por sí solo la subida de precio de las materias primas.
Conviene recordar que el factor determinante de todo ello es la especulación, en unas lonjas abiertas, globalizadas, que han aprovechado los factores citados para subir precios, gracias a unas condiciones de mercado que años atrás no se daban. No son cooperativas de payeses las que controlan el mercado mundial, sino corporaciones financieras que no tienen contemplaciones para condenar a medio mundo al pacto del hambre.
Hay razones muy poderosas para replantearse las políticas agrarias del primer mundo y defender un verdadero plan de desarrollo para los países más pobres. Porque mientras que a nosotros, los ricos, el aumento del precio de los alimentos nos afecta ligeramente en la cesta de la compra y un poco, muy poco, en la inflación, en el tercer mundo es una tragedia porque los pobres tienen que destinar casi todos sus ingresos a alimentarse.