Junio del 68

Por Fred Halliday, prrofesor de investigación de Icrea (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats) y del IBEI, Barcelona. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 16/06/08):

“Con el alba, las promesas de la noche se desvanecen”. En la política, como en el amor, este antiguo refrán parece constituir como mínimo una oportuna advertencia sobre la valoración, celebración y denigración a las que – cuatro decenios después- se han visto sometidos los acontecimientos del Mayo del 68. Cualquiera que, como yo mismo a los 22 años, experimentó esa época estimulante, única y formativa puede dar fe de la fuerza y la energía de aquel año. Un año que aunó una explosión de rechazo contra el conformismo de Europa y Estados Unidos en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, un encuentro emocionante con nuevas formas de música, psicología, política y debates intelectuales y una nueva y plural solidaridad con movimientos de revuelta, ya fuera en Vietnam o Latinoamérica, en Checoslovaquia o en Rusia o entre los afroamericanos y los manifestantes contra la guerra en Estados Unidos.

1968 fue una época increíble y maravillosa. Pero resulta ser tan mal valorada bajo el marchamo de simplista y juvenil como bajo esa clase de mofa y rechazo con que Blair y Sarkozy han intentado sofocarla recientemente.

En primer lugar, y pese al teatro vivido en París en Mayo del 68, no modificó la política de Francia ni de ningún otro país importante de la Europa Occidental. De hecho, tras la nostalgia de Mayo de 68 necesitamos recordar junio de 68: en especial, las grandes manifestaciones a favor de De Gaulle en los Campos Elíseos de París y las elecciones generales a finales de ese mes, en las que la derecha francesa obtuvo una resonante victoria.

En Estados Unidos, no fue (pese a su inclinación a la retórica jactanciosa) el “movimiento antiguerra” el factor que obligó a una retirada de Vietnam, sino las muy distintas (de mayor calado y coste) ofensivas militares de los propios revolucionarios vietnamitas. Además, en el ámbito interno, 1968 señaló el comienzo de una era más conservadora en Estados Unidos; los años de Nixon y a continuación de Reagan que dieron paso a una opción más insulsa a finales de los años setenta con Jimmy Carter. Únicamente en Alemania, con la victoria del SPD de Willy Brandt en 1969, que señalaba, como él mismo dijo, en su discurso la derrota final del nazismo, se produjo un cambio radical y largamente esperado.

Sin embargo, reparar en los acontecimientos (extraordinarios en sí mismos, ciertamente) del Mayo de 1968 de un modo restringido equivale a deformar el sentido de aquella época al menos de tres maneras.

En primer lugar, la celebración de lo que era – y sigue siendo- positivo sobre la herencia de 1968 complica el lado más oscuro de aquellas épocas y de sus vertientes ideológicas. De forma retrospectiva, la ausencia más llamativa de los movimientos y las ideas de 1968 y de sus años inmediatamente anteriores fue el feminismo: se hablaba de “liberación sexual”, pero no se criticaba la desigualdad de género. Los instrumentos políticos y teóricos de esta crítica vendrían más tarde, con la publicación a partir de 1969 en Europa y Estados Unidos de estudios y trabajos que articularon el feminismo de la segunda generación. Otro punto débil (y más dañino) del clima ideológico del 68 era la tolerancia de la violencia: no sólo formaba parte del bagaje ideológico de la izquierda la idea de que la violencia, y los crímenes de guerra, eran lícitos en el caso de los oprimidos, pero no del opresor, sino que además una pequeña parte del movimiento del 68, en Europa y Estados Unidos, se enfrentaba precisamente con un bloqueo a largo plazo de su política y el descarrío hacia la violencia, enaltecida con la expresión “guerrilla urbana”. La Fracción del Ejército Rojo en Alemania, las Brigadas Rojas en Italia, las Panteras Negras y los Weathermen en Estados Unidos eran en tanta medida hijos del 68 como lo eran los hippies y los anarquistas. En Europa Occidental surgieron dos bandas militarizadas, ETA y el IRA provisional, pero ni una ni otra daban cuenta cabal de la novedad emancipadora y cultural del propio 68.

Por último, la actitud confusa del 68, y de muchos sesentayochistas, hacia el consumo de drogas y sus efectos sobre la salud, al cabo de 40 años y en medio de una epidemia global, no precisa más explicación.

Los más llamativo del 68 – comentado de manera tan simplista en buena parte de los comentarios y análisis publicados 40 años después- fue la falta de realismo político. Los últimos años sesenta no fueron – desde una perspectiva histórica- una época de revolución mundial sino, por el contrario, una época de contrarrevolución internacional; de hecho, tricontinental: la muerte del presidente Kennedy en 1963, el golpe de Estado de 1964 en Brasil y la caída del líder soviético moderado Nikita Jruschov en el mismo año, el golpe de Estado en Indonesia y la invasión estadounidense de la República Dominicana y de Vietnam en 1965, el golpe de Estado que expulsó a Nkrumah en Ghana en 1966, el golpe de los coroneles en Grecia en 1967, la guerra árabe-israelí del mes de junio y la muerte de Che Guevara, todos estos acontecimientos anunciaron un cambio mundial hacia la derecha, cuya culminación fue la victoria de Nixon en las elecciones presidenciales de noviembre de 1968.

Podría sostenerse, sin embargo, que los acontecimientos más dramáticos de 1968 – y los de consecuencias a más largo plazo- no se produjeron en Europa, Estados Unidos o el Tercer Mundo sino en el segundo mundo comunista. Dos acontecimientos, la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de 1968 que aplastó la primavera de Praga y la revolución cultural en China, que alcanzó su apogeo en 1967-1968, parecieron indicar una consolidación del comunismo burocrático autoritario y coactivo lejos del ambiente progresista y culturalmente experimental de París o Berkeley.

No obstante, a largo plazo, estos procesos aparentemente contracíclicos en el seno del bloque comunista contendrían las semillas de cambios importantes: en este capítulo se inscribe la decisión de Brezhnev y sus socios de invadir Checoslovaquia, iniciativa que efectivamente acabó con las últimas esperanzas e ilusiones, derivadas de la revolución bolchevique, de una evolución gradual “democrática y socialista” de las sociedades comunistas. En el bloque soviético, el optimismo reformista de los años de Jruschov condujo a los deseosos del cambio a pensar en programas mucho más radicales; sus herederos fueron Gorbachov y los reformadores del Este de Europa en los años ochenta. En Europa occidental, la invasión soviética de Checoslovaquia, aún más que la invasión anterior de Hungría en 1956, motivó el rechazo de los partidos comunistas supervivientes, que les colocó en Italia, Francia y España en la senda primero del eurocomunismo y luego de la desaparición que en efecto les ha sobrevenido a cada uno de ellos.

En China, la revolución cultural, ensalzada con disparatada irresponsabilidad por buena parte de la izquierda europea, pero contra la que más veteranos y sensatos observadores, como Isaac Deutscher y Herbert Marcuse, nos advirtieron, condujo a tal violencia, miedo y daño social que la generación posterior a Mao, en 1976, intentó perseguir una senda muy distinta, moderada y reformista. China, como también Vietnam, son elogiados en la actualidad como modelos de socialismo de mercado, no de compromiso revolucionario. Con visión retrospectiva, por tanto, podemos decir que 1968 no enterró la democracia capitalista europea o el imperialismo estadounidense sino que propició la muerte y sepultura de las revoluciones rusa y china y del comunismo en Europa occidental. Un admirable ejemplo, realmente, de la ironía de la historia.