Justicia incompleta, sentencia inútil

Por Mariano Aguirre, director de Paz, Seguridad y Derechos Humanos en FRIDE (EL CORREO DIGITAL, 31/12/06):

Uno de los principios básicos de la justicia moderna es que sea universal, que cada sentencia sobre casos particulares en nombre del sistema judicial tenga un sentido jurídico y normativo para el conjunto de una sociedad dada. El genocidio y las violaciones masivas de derechos humanos son, además, causa para los Estados nacionales y también para la justicia internacional, terreno en el que se ha avanzado mucho en los últimos años. La ejecución del ex presidente de Irak, Sadam Hussein, no satisface la justicia nacional iraquí ni la justicia internacional, y tampoco ayudará a la reconciliación entre las comunidades enfrentadas en su país.

El ajusticiamiento podrá trasladar la sensación de que se ha hecho justicia a los familiares, amigos y miembros de la comunidades chií y kurda, pero hay cuatro razones por las que el ahorcamiento de Sadam Hussein resultará contraproducente:

-El juicio sufrió muy serias irregularidades. El procesado, los testigos, jueces y abogados defensores no tuvieron garantías suficientes de seguridad ni para ejercer sus funciones. Unos fueron amenazados, algunos testigos asesinados y el conjunto del proceso se celebró sin transparencia y bajo fuertes medidas de seguridad a cargo de fuerzas de Estados Unidos. Mientras que nadie duda de la seriedad de los cargos contra Sadam Hussein y de la culpabilidad de éste, era necesario que tuviera un juicio justo y con todas las garantías procesales para que el proceso no pudiese ser visto como una venganza orquestada por Estados Unidos y por los representantes de la comunidad chií. El encausamiento de un dictador tiene que tener un sentido reparador para el conjunto de la sociedad. Este juicio, la condena a muerte y la ejecución no cumplen esa condición y sientan un desafortunado precedente.

-El juicio podría haberse celebrado en otras condiciones. Si en Irak no había contexto para llevar a cabo un proceso complejo y con tanto peso político como éste, existían mecanismos internacionales para haber juzgado a Sadam Hussein en otro país. Así se ha hecho con el ex presidente serbio Slobodan Milosevic, o se hará con el genocida Charles Taylor de Liberia, quien se encuentra en Holanda para ser procesado. Pero había un doble problema: Primero, que la justicia iraquí es débil e inestable dado que la guerra destruyó el aparato estatal. En un país donde no hay orden ni justicia y mueren 50 personas cada día sin que haya investigaciones ni procesamientos resultó una parodia que hubiese un juicio con la apariencia de orden legal. Y segundo, que Estados Unidos ha guiado este proceso contra en cada paso del mismo. Para Washington, haber apresado al ex presidente es el único logro que puede mostrar en tres años de guerra, algo que comparte con el débil Gobierno iraquí. EE UU, por otro lado, ha renegado de la Corte Penal Internacional y de cualquier medida de justicia extra-nacional. Atrapados Washington y Bagdad en el círculo de venganza y fracaso en la guerra, acabar con Sadam les crea una sensación de victoria que tardará pocos días en disiparse.

-La pena de muerte es una medida retrógrada. Aunque se mantiene como una opción vigente en la legislación de algunos países o ciertos Estados dentro de algunos países (como es el caso de EE UU), existe una fuerte tendencia jurídica y moral a eliminar la condena capital en las sociedades avanzadas. El supuesto nuevo Estado iraquí democrático, según la versión del presidente George W. Bush, debería haber dado ejemplo a Oriente Medio y al mundo de que era capaz de juzgar con fiabilidad y condenar duramente (por ejemplo, a cadena perpetua). Si no podía garantizar la seguridad del prisionero podría haber pedido ayuda a la comunidad internacional, para que el proceso se llevase a cabo en otro país.

-La ejecución generará más violencia. La justicia debe actuar de forma independiente de los contextos políticos, pero por la altísima inestabilidad y el enfrentamiento sectario que rigen en Irak lo más razonable era realizar un juicio justo y no dar un ejemplo más de violencia. La justicia iraquí, o la internacional si se la hubiese dejado actuar, no precisaba ser generosa sino justa, para de esta forma evitar que Sadam Hussein se convirtiese en un mártir o en una figura que ahora usarán sus partidarios para seguir matando y sus verdugos para defender la condena.