Juventud ‘bartleby’ o la tentación de la acedía

He tardado mucho en escribir este artículo y ha sido agotador. Al terminar la página pensarán que no parece para tanto, que es corto y, como todos los de su especie, se limita a completar una intuición sobre un fenómeno llamativo con algo de bibliografía y un par de ejemplos curiosos. Y, sin embargo, a mí me ha costado acabarlo, y es que, cada vez que llegan facturas, compruebo que, sin haberlo solicitado, vivo sometido al absolutismo de la servidumbre de la producción. Que tengo que trabajar un montón, vaya, y apenas me queda tiempo. Y no debería quejarme tanto porque, entre los que, como yo, se pagaron la juventud y los textos currando en el mar, hubo varios ilustres -Gorki y Conrad- que tuvieron ocupaciones mucho más ingratas -el uno estibador, el otro embarcado en una goleta que realizaba peligrosas misiones para los carlistas-; pero resulta (aquí llega el fenómeno novedoso) que mi generación (la que merodea la treintena) se queja antes de la obligación de trabajar (sí, en abstracto y con sorpresa de recién emancipado) que del paro o de las condiciones en que se trabaja.

En Sin blanca en París y Londres, George Orwell cuenta que uno de sus colegas presumía de haber dado con la demostración matemática de la inutilidad del trabajo humano, aunque aquel descubrimiento no le libraba de pasar los días fregando platos. Para entonces, ya Paul Lafargue -que también vivió entre las dos metrópolis- había escrito El derecho a la pereza, una obra en la que afirma que «todas las miserias individuales y sociales son fruto de la pasión por el trabajo» aunque, para su regocijo, a finales del siglo XIX aún quedasen algunos enemigos de ese hábito tan nocivo: «para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes».

Lafargue embiste contra aquello que ni siquiera su suegro (nada menos que Marx) quiso cuestionar: la idea de que solo mediante la producción (bajo cualquier sistema; capitalista o no) es posible paliar la escasez que toda sociedad padece de manera espontánea (y esta escasez, que es el objeto de estudio de la ciencia económica, no significa insuficiencia o miseria, sino que nombra un desajuste insalvable entre deseos y recursos). Pero en su breve e ingenioso panfleto, el yerno apenas propuso: quizá solo pretendía defender el derecho al ocio en una época en la que la acedía era pecado y las jornadas de los obreros duraban más que las de los condenados a galeras.

Algunos autores más recientes, como Baudrillard («el intercambio primitivo nada sabe de la escasez»), han seguido discutiendo sobre el carácter de la producción (una necesidad, según la mayoría; una arbitrariedad fruto de la vieja distinción entre humanidad y naturaleza, según ellos); pero hasta hace poco la mayoría de las propuestas contra el trabajo habían resultado más lúdicas y poéticas (Debord y su grafiti: «Ne travaillez jamais») que utópicas y, sobre todo, más utópicas que prácticas.

Hoy el cambio climático amenaza con llevárselo todo por delante. Si el problema (más bien una serie de problemas encadenados) resulta casi inimaginable por su complejidad y por la escala de sus consecuencias, al menos está claro que tiene mucho que ver con la producción de mercancías. Bajo la amenaza del clima, no es raro que muchos ecologistas defiendan el decrecimiento: producir menos y, también, trabajar menos para evitar el colapso. Y, para que en este escenario no padezcamos una escasez redoblada, Jorge Riechmann, por ejemplo, ha desarrollado su «ética de la autocontención»: ante el agotamiento de los recursos se hace necesario modular los deseos. Otras voces proponen una renta básica universal -muy relacionada con la automatización y la enésima revolución industrial-, y esta idea se enfrenta a la vieja reivindicación de los movimientos obreros para acabar con el paro: el reparto equitativo del empleo disponible. El obrerismo siempre ha entendido que el trabajo asalariado no es solo un mecanismo de redistribución de la riqueza, sino que también apuntala la identidad de los individuos y les permite participar de la vida pública.

Últimamente la identidad ha engordado alimentada por el ocio y el consumo («eres lo que escuchas») y cualquiera puede volverse viral. Así que entre muchas protestas legítimas (sufrimos la tasa de desempleo juvenil más alta de la Unión Europea y unos salarios alarmantemente bajos, es necesario detener el cambio climático) se han colado algunos viejos escapismos que circulan renovados por Twitter.

La indolencia, que es un gran tema para novelas metafísicas o existenciales, y una buena pose para un cantante, reaparece como siniestra opción política o generacional. Sobre los inmóviles cabe recordar que Oblómov tenía un criado y Bartleby se deja morir. El estudiante de Un hombre que duerme termina derrotado por el tiempo -«no estás muerto y no eres más sabio», le recrimina Perec-; y la protagonista de Mi año de descanso y relajación lo pasa fatal durante sus encierros. Sin embargo, desde Estados Unidos no dejan de llegar ensayos como No puedo más de Anne Petersen o Cómo no hacer nada de Jenny Odell, cargados de estrategias para resistir a la aceleración del tiempo contemporáneo.

Pero hubo un mundo -y unas organizaciones políticas y económicas, y otras experiencias del tiempo y del trabajo- anterior al nuestro, e incluso uno previo a la modernidad. Y si existe ese insólito consenso entre liberales y marxistas ortodoxos en cuanto a la necesidad de la producción es porque aquellas sociedades (feudales, sin ir más lejos) empujaban a servidumbres mucho peores que la del despertador y el café con prisa.

Incluso Belén Gopegui, que tanto ha escrito sobre cómo las condiciones materiales construyen la intimidad, advertía en La Hora Extra sobre los riesgos de vaciar las vidas de los trabajadores: «si vamos a reducir o eliminar nuestras jornadas laborales, tiene que ser a cambio de otra cosa. No se puede renunciar a la capacidad de participar socialmente y de ser útiles a cambio de una renta. Tendremos que construir formas de desplegar nuestras facultades porque sentirse útil es una necesidad».

Puede que estemos hartos y cansados, que necesitemos bajar el ritmo para seguir en movimiento. Pero no hay que engañarse: lejos del trabajo solo existen lealtades y subordinaciones indeseables (a una familia abusiva, a un gobierno totalitario, a un mecenas caprichoso, a cualquier quimera o a lo peor de uno mismo). El mercado está mal organizado, genera malestar y excluye a demasiados jóvenes. Pero tirar la toalla no es una opción. Es algo con lo que estarían de acuerdo, sin que sirva de precedente, Marx, Milton Friedman, Belén Gopegui y el Cholo Simeone.

Enrique Rey es escritor.

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