Juventud, perdido tesoro

Por José Ignacio González Faus, responsable de teología de Cristianisme i Justícia (LA VANGUARDIA, 18/09/06):

Encuestas recientes alarmaron a bastantes medios de comunicación y a muchos comentaristas. Nuestra juventud se inicia en el sexo, en el alcohol y en la droga con una precocidad llamativa. Desde hace tiempo son competitivos hasta el punto de no prestarse apuntes de clase. No tienen la más mínima ilusión por la política, crecen entre ellos brotes racistas que se ceban con compañeros de clase, ya en secundaria y a veces de manera cruel. Sólo parecen creer en la amistad, y en la familia concebida de forma cerrada, como clan o abrigo frente a la dureza exterior. Su caracterización más adecuada sería la de un inmediatismo hedonista

Es vicio arraigado del bípedo humano reaccionar moralistamente ante noticias que le incomodan. Lo de “hay que ver cómo está la juventud”, lo viene oyendo el Homo sapiens casi desde Atapuerca. A todos nos es más fácil lanzar excomuniones que buscar las causas, aunque sean éstas y no aquéllas lo que ayuda a resolver problemas.

Para esa búsqueda de causas puede ser útil describir el marco en que esa juventud va cuajando y el aire cultural que respira. Al hacer esa pintura, no olvidemos que lo propio de la juventud es ser intuitivos, no precisamente saber pararse a tiempo. Tienen un olfato infalible para sacar consecuencias simplificadas, pero lo suyo no es el sentido del matiz.

Enumero tres posibles rasgos generadores de la situación descrita: a) La mayoría de nuestra juventud viene mamando desde los 14 años una cultura de desprecio a la religión, que aprovecha los innegables y trágicos errores de la Iglesia oficial no como material para la crítica necesaria, sino como plataforma para ridiculizar la pregunta y el hecho cristiano en sí mismos. b) Sobre eso incide una indoctrinación fáctica, y tácita, de que sus vidas, además de tener poco sentido, tienen pocos horizontes: el dogma del “TINA” (There Is Not Alternative) les hace aprender pronto que lo más a que podrán aspirar será a ir saltando de empleo en empleo cada tres o seis meses y – si algún día logran estabilizarse- a cuarenta años de hipoteca para poder pagarse una vivienda. Y ya pueden pedir a santa Rita, patrona de los imposibles, que no les toque caer en el atraco del dentista antes de haber pagado la hipoteca… En estas condiciones, ¿quién se anima a estudiar, cuando el estudio es hoy más difícil que antaño y hay una clamorosa abundancia de alternativas? Encima no pueden ni hacer huelga: porque hoy las huelgas se las han robado al trabajador, y sólo pueden usarlas ricachones como los pilotos de Iberia. c) Si desde esta situación miramos al horizonte, éste aparece nublado por el descrédito de las personas públicas (llámense políticos u obispos): sin duda habrá entre ellos, excepcionalmente, buenísimas personas; pero la sensación que dejan es la de buscar sólo el propio medro o el del propio grupo, y no el servicio a una causa noble y transformadora. Es la herencia de don Jesús Gil y alguna mitra de cuyo nombre no quiero acordarme. Como modelos sólo tienen hoy figuras inimitables: Rafa Nadal, Fernando Alonso, Ronaldinho…: siempre modelos que ganan millones, por supuesto. Figuras como Gandhi, Luther King o Nelson Mandela (para no hablar de santos como Francisco de Asís o Javier) son estrellas que no brillan en su noche.

Total: si no hay sentido, si no hay futuro ni alternativas, y si no hay ejemplos ni maestros, ¿qué queda por hacer como no sea lo que constataba la encuesta antes citada?

Durante varios años, en un monumento a Gaudí del paseo que lleva su nombre en Sant Cugat, estuvo ondeando, como bandera del bergantín de Espronceda, esta pintada elemental: “Si no bebes, si no follas, ¿pa qué vives, gilipollas?” (perdonen el léxico, pero las citas tienen que ser literales). Es un ejemplo de lo que antes califiqué como intuición de las consecuencias JAVIER AGUILAR e incapacidad para el matiz. Hace unos setenta años, Keynes (buen economista pero mal filósofo) escribía que “durante un poco más de tiempo, la avaricia, la usura y el cálculo habían de seguir siendo nuestros dioses… porque lo sucio es rentable”. Luego, ya estaríamos desarrollados y podríamos ser buenos. Dos generaciones después, la juventud no hace más que preguntarse por qué aquellos dioses útiles habían de tener vigencia sólo de forma fugaz.

Daba ternura verlos y oírlos, cuando el pasado Mundial de fútbol, gritando como ciegos y malgastando su optimismo, convencidos de “que sí que sí, que vamos a Berlín”. Era el modo de llenar unos días aunque, naturalmente, “más dura fue la caída”: pues el pasado Mundial no lo perdió sólo España, sino sobre todo el fútbol: lo ganó la marrullería, la mentira y el insulto.

Es frecuente oír que “ay de aquel que en su juventud no haya sido comunista, y ay de aquel que lo sigue siendo a los cincuenta años”. Dejando la segunda parte del refrán, que ha servido demasiado para justificar innobles cambios de chaqueta, quedémonos con la primera: a esta juventud ya no se le permite soñar con cambiar el mundo. Y el verso ramploncillo de Rubén Darío ( “juventud divino tesoro, que te vas para no volver”) se convierte en la pregunta de para qué ese tesoro de energía y optimismo, típico de toda generación joven.

Si no cabe la pregunta por el sentido, ni cabe la pregunta por el futuro, ni cabe la búsqueda de referentes o maestros, sólo queda la pregunta por el dinero fácil y rápido: que en este campo sí hay auténticos modelos.

Iglesias y gobiernos discutirán si esas amenazas son galgos o si son podencos, con el peligro de que la historia termine como la fábula de Iriarte: “Llegan los dos perros y hallan descuidados a mis dos conejos”.

Ya no se trata de “las raíces cristianas de Europa”: pues las raíces de Europa no están ya en Jerusalén, pero tampoco en Atenas. Las raíces de Europa están hoy en Wall Street. Algo de esto nos dicen los jóvenes.