Kamala Harris, la Vice que rompió el “techo de cristal”

La vicepresidenta electa, Kamala Harris, durante un mitin en Los Ángeles. Efe
La vicepresidenta electa, Kamala Harris, durante un mitin en Los Ángeles. Efe

«No hemos quebrado el techo de cristal, pero alguna vez alguna lo hará y ojalá antes de lo que hoy podemos imaginar», dijo Hillary Clinton tras la derrota a manos de Donald Trump, y animó para que «todas las niñas pequeñas que están mirando, nunca duden de que son valiosas y poderosas y merecedoras de todas las oportunidades del mundo».

Kamala Harris (ella insiste en que su nombre se pronuncia ‘coma-la’) era una niña negra y asiática americana que tenía siete años, cuando una de sus hoy referentes, dio una lección a Estados Unidos.

En 1972, también el año en que falleció trágicamente la primera esposa de Biden, la congresista afroamericana Shirley Chisholm emprendió una corta carrera hacia la presidencia, intentando conseguir la nominación demócrata apenas tres años después de entrar en la Cámara de Representantes: «Me lancé porque la mayoría de la gente pensaba que el país no estaba listo para un candidato negro, ni preparado para una mujer candidata. Algún día… 1972 fue el momento en que ese ‘algún día’ llegó».

Fue tal la osadía de Chisholm que tuvo desencuentros con sus compañeras de batallas feministas como Bella Abzug, como los amantes de las series han podido ver en Ms. America. Pero ella se lanzó para perder con vocación de ganadora. El triunfo estaba en intentarlo. Y no solo en eso. También en despertar los sueños de niñas como Kamala, que veían que alguien luchaba porque la oportunidad existía y que aprendieron que la política es como la vida y hay que saber perder para saber ganar.

Las intervenciones públicas de la hoy vicepresidenta electa Harris son habitualmente un ejercicio de empatía. Hemos perdido el miedo a esa palabra en la política. De hecho, en uno de los mejores discursos de la Convención Demócrata, Michelle Obama la pronunció cinco veces en dieciocho minutos. En su discurso de aceptación, Kamala dijo que Estados Unidos era “una nación en duelo. En duelo por la pérdida de la vida, la pérdida del trabajo, de las oportunidades, de la normalidad. Y sí, la pérdida de la certidumbre”.

Una empatía, que Fintan O’Toole, entiende como el summum del eslogan del “feminismo de la segunda ola”, eso de que “lo personal es político”. En realidad, no es más que la expresión de la lucha por la igualdad de derechos humanos que defienden las mujeres. Esto es el feminismo. No nos confundamos cuando pretendan vendernos sucedáneos. “Lo personal es político” forma parte del legado que se va trasmitiendo en cada relevo generacional. Es un mantra que las Chisholm, Abzug, Friedan, McWilliams ya habían aprendido de otras.

Cuando Kamala Harris habló sobre la muerte de Ruth Bader Ginsburg, la magistrada del Tribunal Supremo que falleció el 18 de septiembre, ensalzó su trayectoria dedicada a los derechos civiles, a la igualdad y al ejercicio honesto del Derecho. Pero también dijo que la fama le llegó tarde a esta mujer “pequeñita” que había hecho cosas grandes por su país, poniéndose en la piel de las limitaciones que sufrió y entendiendo cuánto le costó romper barreras.

Ruth Bader consiguió casi todo lo que se propuso. No consiguió vivir las siete semanas que habrían hecho falta para evitar el desequilibrio que ha dejado en el Tribunal Supremo el mandato de Trump. Tampoco ver a una mujer, y además jurista, en la Vicepresidencia de los Estados Unidos.

La llegada a la Vicepresidencia de esta fiscal progresista, feminista, ecologista y rigurosa, supone un soplo de aire fresco

Pero parece que esa empatía, esa solidaridad entre mujeres o sororidad, a criterio del lector, rodea a Harris este sábado de gloria. La alcaldesa de Oakland, la ciudad donde nació Kamala, Libby Schaaf, ha realizado unas declaraciones en las que, además de mostrar su orgullo y felicidad, ha dicho que con el triunfo de su paisana es como si se abriera por completo “un nuevo mundo”. Parte de esa alegría bien puede ser fruto de la pasión pero también de la esperanza. Donald Trump dijo en el mes de junio, refiriéndose, entre otras poblaciones a Oakland y Detroit, que “vivir en estas ciudades, es como vivir en el infierno”.

La llegada a la Vicepresidencia de esta fiscal progresista, feminista, ecologista, activista del control de armas, defensora de la igualdad étnica, pero sobre todo, de esta mujer rigurosa, moderada y con sentido común, supone un soplo de aire fresco, frente al tratamiento de los derechos civiles y políticos de los últimos cuatro años en Estados Unidos. La crispación y la polarización encontrarán un muro de contención en la jurista templada, recién llegada a la segunda posición del Gobierno.

Ya se ha hecho viral su vídeo felicitando al nuevo presidente Biden: “¡Lo hemos conseguido, Joe!”. Y Biden es un hombre que, según dicen, sabe rodearse de mujeres brillantes. Parece ser que la primera dama de 2021, Jill Biden es una mujer que dará mucho que hablar. Según explica su propio esposo, “piensen en su profesor favorito, en el que les dio la confianza para creer en ustedes mismos. Ese es el tipo de primera dama que será Jill Biden”.

Son las grandes mujeres de su entorno. Kamala era amiga y colega de su hijo, el fiscal Beau Biden, que murió a los 46 años de edad, víctima de un cáncer, sin ver a su padre ser el 46º Presidente de Estados Unidos.

La lucha por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres no es posible sin los hombres. Creer que es una lucha exclusiva de las mujeres es una falacia. Biden es el hombre que ha conseguido la presidencia a una edad más avanzada. Tiene 77 años y, presumiblemente, tendrá 81 al terminar su mandato.

Johnson llegó a la presidencia desde la vicepresidencia. Y la muerte del presidente no es la única causa para que esta vía se abra. También Gerald Ford o Bush padre, por poner ejemplos recientes. Existen muchas posibilidades de que Biden sea el presidente que dejó marcada su sucesión al elegir como compañera de candidatura a una mujer negra y asiática americana.

Quién sabe si la primera presidenta de Estados Unidos no ha entrado por la puerta de atrás, pero está ya dentro. Quién sabe si el destino no le tiene preparada esa jugada maestra a la Historia americana.

Cruz Sánchez de Lara es abogada, presidenta de THRibune for Human Rights y miembro del Consejo de Administración de EL ESPAÑOL.

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