Kamala Harris no puede ganar

Durante un tiempo, no supimos nada de Kamala Harris.

Estaban ocurriendo muchas otras cosas: el insoportable limbo entre el día de las elecciones y la declaración de un ganador, la negativa del presidente en funciones a aceptar ese resultado, sus rabietas, las demandas, la insurrección, el juicio político.

Por primera vez, una mujer fue electa vicepresidenta de Estados Unidos. Una mujer de color, además. No obstante, si bien se tomó nota de ello —tuvimos los titulares obligados, los tuits esperados—, no se pregonó de manera tan triunfal como podría y debería haberse hecho porque Donald Trump volvió a absorber todo el oxígeno.

Y, para colmo de males, estaba la pandemia. Estados Unidos tenía puesto el cubrebocas y la voz de Harris estaba silenciada.

Kamala Harris no puede ganar
Credit Ben Wiseman

Ya no. En días recientes ha atraído todo tipo de atención, incluidos ataques exagerados de políticos republicanos y los medios de comunicación conservadores, que parecen estar concentrando toda la antipatía que antes le dedicaban a Hillary Clinton y a Barack Obama en ella. Más vale parar en seco a esta pionera.

¡No hay tiempo que perder! La perspectiva de que Joe Biden, de 78 años, pueda dejar la presidencia luego de un único periodo no es el escenario más descabellado y, al parecer, ella es quien podría tomar su lugar. Harris es el obstáculo en el camino hacia la restauración republicana.

Es por eso que Nikki Haley, que tanto codicia la Casa Blanca, la criticó por un tuit que publicó el 29 de mayo, en el que Harris alentaba a los estadounidenses a “disfrutar el fin de semana largo”.

“Poco profesional e inadecuado” dijo Haley sobre el tuit, porque… ¿nadie va a la playa el Día de los Caídos? ¿Nadie organiza una carne asada? Fue como si Harris hubiese hecho algo en verdad malo, como ser cómplice de un déspota que pretendiera subvertir la democracia estadounidense. Puede que Harris no mencionara en ese escueto tuit a los hombres y mujeres uniformados que han muerto al servicio del país, pero los ha honrado en otros contextos. En cuanto a Haley, bueno, hay un viejo dicho que me viene a la mente. Se refiere a las casas de cristal.

A Harris le lanzan muchas piedras, desde múltiples direcciones. Fox News la ataca a diario, en artículos de su sitio web y en tuits, por el supuesto desacierto de no realizar una conferencia de prensa, como si las conferencias de los vicepresidentes fueran tan importantes. Noticia de último minuto: No lo son, pero si ella lograra que se volvieran importantes, sus detractores cambiarían de táctica y dirían que, con su arrogancia, hace quedar mal a Biden.

Hace unos días Charles Cooke le dedicó una crítica en National Review que se titulaba: “Los demócratas tienen un problema llamado Kamala Harris”. El comité editorial de The New York Post le dio un golpe bajo por el discurso de graduación que pronunció en la Academia Naval de Estados Unidos al describirlo como “ombliguista” [se usó un juego de palabras con naval y navel (ombligo), pues se pronuncian exactamente igual]. Astuto y arbitrario, además de una señal de qué tanto puede llegar a molestar a sus opositores.

Esos ataques coinciden con el aumento de las tareas que le asignó Biden. En marzo pasado, el presidente le pidió que trabajara en la contención de la migración en la frontera sur; el martes, la identificó como la líder de este gobierno en materia del derecho al voto. Esto es muy importante, ya que es un tema definitorio para muchos demócratas, una de las principales prioridades legislativas del partido y un punto de discordia que se debate con furia entre demócratas y republicanos.

“Se va a necesitar muchísimo trabajo”, dijo Biden cuando anunció la nueva responsabilidad de Harris en Tulsa, Oklahoma, el martes pasado.

El éxito está en duda, pero la discordia es segura.

“Si yo fuera la vicepresidenta Harris y el presidente Biden me siguiera encomendando las tareas más difíciles, mi respuesta sería: ‘¿Qué te pasa, amigo?’”, dijo David Chalian, director político de CNN, en el pódcast Political Briefing de CNN el miércoles. “Agréguenle esto ahora que también se va a encargar de la inmigración, y le esperan unas batallas políticas en verdad difíciles”.

“Ahora está a cargo de supervisar la aprobación de la Ley Para el Pueblo”, añadió Chalian, refiriéndose al proyecto de ley sobre el derecho al voto que fue aprobado por la Cámara de Representantes, pero que parece que no se aprobará en el Senado. “Ni siquiera tiene los votos de todos los demócratas”. Incluso si los consigue, tendrían que deshacerse del filibusterismo y emitir un voto de desempate para poner la legislación sobre el escritorio de Biden. Los republicanos no escatimarían en su satanización.

Sin embargo, según un artículo que publicaron el jueves Katie Rogers y Nicholas Fandos en el Times, ella pidió estar a cargo del derecho al voto. Eso es valiente. También es una audaz réplica a la narrativa de que ha tratado de pasar inadvertida en la vicepresidencia.

“Sigue escondiéndose detrás de temas de conversación y lugares comunes en público”, escribió Edward-Isaac Dovere en una evaluación que hizo de ella en The Atlantic el mes pasado. Señaló que los críticos de Harris “ven su vicepresidencia hasta ahora como una colección de piezas inconexas. Harris llega a algún lugar con el avión y la caravana y los agentes del Servicio Secreto, hace unas cuantas declaraciones en general anodinas y luego le dice a quien sea que esté reunido con ella que va a llevar sus historias a Washington. Y, así como llegó, desaparece”.

Pero ¿qué se supone que debe hacer exactamente? Enfrenta los límites dentro de los cuales tiene que actuar como vicepresidenta y, además, los límites dentro de los cuales a menudo se espera que actúen los negros y las mujeres en posiciones de poder. Es un dilema de Ricitos de Oro doble o incluso triple. Si dice algo fuerte está fuera de lugar. Si se pronuncia con cierta debilidad, su timidez no le permite estar a la altura de las circunstancias.

Harris no puede ganar. Me refiero en general, pero también conozco a muchos demócratas que piensan que no podrá ganar en 2024 o 2028, no porque los republicanos vayan a atacarla sin cesar —cosa que sin duda harán—, sino porque nunca ha logrado tener suficiente popularidad entre los votantes a nivel nacional, enfrenta los obstáculos más altos y la resistencia adicional que suelen enfrentar las minorías y no siempre ha sido la operadora política más hábil. Así que, aunque intenta no dar ningún paso en falso, realmente tiene algo que demostrar.

¿Qué tan sensible a esto es Biden y en qué medida la apoya? No detecto ningún remanente de la tensión entre él y Harris de las elecciones presidenciales primarias de los demócratas, pero cabe recordar que el modelo de Biden de la relación entre un vicepresidente y un presidente es la que tuvo con Barack Obama, y Obama no alimentó las ambiciones políticas de Biden ni lo preparó para un ascenso. Prefirió hacerlo con Hillary Clinton.

Esta es una vicepresidencia tensa y fascinante. Harris tiene (y ya ha utilizado) el voto de desempate, a cuenta de un Senado dividido al 50 por ciento, lo que la convierte en un blanco aún más atractivo para las críticas y la ira.

Además, la estrategia de Biden para gobernar no ha sido la de atraer los reflectores hacia su persona, sino más bien pasar inadvertido en público mientras se ocupa de los asuntos tras bambalinas, y ha resultado difícil de derribar para los republicanos. Eso intensifica el escrutinio de Harris.

Dudo que algo de esto la tome por sorpresa.

“Ella es muy consciente de que estar donde está es una amenaza para mucha gente”, me dijo Valerie Jarrett, quien fue una asesora sénior de Obama durante su presidencia. “Les aterra ver a una mujer de color en una posición de tal autoridad y responsabilidad. Pero en cada uno de los puestos que ha tenido a lo largo de su carrera en el servicio público, ha lidiado con la misma reacción. Así que está acostumbrada a esto y parte de lo que la hará tener éxito es su capacidad de ignorar el ruido”.

A partir de ahora, el ruido solo va a aumentar.

Frank Bruni ha estado desde 1995 en el Times, en donde ha ocupado una variedad de cargos, incluido el de reportero de la Casa Blanca, jefe de la oficina de Roma y crítico de restaurantes en jefe, antes de convertirse en columnista en 2011. Es autor de tres libros superventas.

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