Kant prohibiría la prostitución

La luz verde que ha dado el Congreso para iniciar los trámites de la proposición de ley que prohíbe el proxenetismo en todas sus formas ha reabierto el debate sobre si el objetivo final de esta iniciativa, u otras subsiguientes, debe ser la prohibición también de la prostitución. O, más bien, la cosa se debe quedar solo en la penalización de la explotación sexual. Hay sectores sociales y grupos políticos que defienden no prohibir la prostitución cuando se ejerce de manera libre y voluntaria.

Pero, ¿qué significa libre y voluntario? ¿Es libre y voluntario el trabajo que realiza sin contrato un parado de larga duración que no se ha reinsertado en el mercado laboral? ¿O lo hace forzado para poderse ganar el sueldo necesario y lograr su subsistencia mensual?

Pareciera, así, que el debate político y legislativo acerca de la prohibición de la prostitución remite al problema filosófico y psicológico (conductual) de la naturaleza de la libertad y el mecanismo de los actos voluntarios en el ser humano. ¿Son todas nuestras decisiones y acciones fruto de una cadena de procesos bioquímicos y psicológicos, o de causas de otra índole de las cuales es imposible sustraernos, o se hallan condicionadas por factores controlables?

Creemos que hoy la teoría sobre la libertad humana que mejor se halla fundamentada filosóficamente, y la que parece más acorde a lo que saben la psicología y la neurociencia actuales, es que la gran mayoría de las decisiones y actos no reflejos de la persona no responden de modo determinístico a un unívoco proceso psicológico y fisiológico, sino que similares cadenas de procesos bioquímicos (neuronales) y mentales se pueden correlacionar con distintas acciones y comportamientos. Así las cosas, parece haber puntos o momentos, en la cadena de pensamientos, decisiones y acciones de toda persona, que rompen con la cadena causal y son, por tanto, susceptibles de considerarse actos de voluntad (frutos de los deseos, creencias y razonamientos del sujeto).

Sólo que esos actos de voluntad se hallan siempre condicionados en una medida importante (bien que tampoco de modo absoluto o determinístico) por dos tipos de factores: los límites físicos y las disposiciones psicológicas. Los primeros vienen determinados por las leyes de la naturaleza; las segundas, por la hechura genética de la persona y por su pasado biográfico (lo vivido por ella en su entorno y en sus propios actos y hábitos).

La gran pregunta filosófica y psicológica es, por tanto, en qué grado, la persona que alquila su cuerpo se encuentra condicionada por esos dos tipos de factores. ¿Es una prostituta por elección o se halla prostituida para subsistir? En virtud del postulado racional según el cual las personas buscan siempre maximizar su bienestar, preservar su autoestima y ejercer su autonomía, debemos suponer que, en una abrumadora mayoría de casos, la primera vez que alguien decide vender su cuerpo lo hace porque cree haber intentado, por todos los medios pero sin éxito, encontrar otras maneras de ganarse el sustento. La necesidad biológica de todo ser humano de tener que alimentarse, protegerse del frío y evitar dormir al raso se ha unido, en tales casos, al hecho de que los referidos condicionantes biográficos no le han sido propicios para hallar mejores alternativas.

Es aquí donde la prohibición de la prostitución—en especial, si es punitiva con respecto del cliente prostituidor, como proponen algunos— haría que tales condicionantes fueran significativamente diferentes y el supuesto acto de voluntad de las personas prostituidas en esas circunstancias pudiera ser distinto al tener como contexto un entorno social y laboral bien diferente. Del mismo modo en que al aprobar leyes que prohíben subyugar, a cambio de comida, la mano de obra inmigrante, la sociedad intenta suprimir las condiciones que puedan inducir, a los sin papeles, a la autoesclavitud para evitar morir de hambre.

La respuesta a la interrogación acerca de las razones por las que, en el caso de la prostitución, también hay que eliminar esas circunstancias, por parte de la sociedad, con el fin de que, aun habiendo libertad, esta se puedan ejercer en contextos mucho menos condicionantes, la encontramos de nuevo en la filosofía y en la psicología: venderse el cuerpo para su uso por parte de otras personas es cosificar al ser humano; usarlo como medio. Ninguna persona puede ser un medio para otras porque, al disponer de algo denominado consciencia, constituye un fin para sí mismo. La consciencia (el yo) posee, por su propia naturaleza, esa propiedad: es reflexiva, se refiere a sí misma. Establece fines para sí y, por tanto, conforma un fin en sí y para sí. Al no ser un medio, no es cuantificable y no puede ser intercambiado por dinero, siquiera en su dimensión corporal, pues es una parte constitutiva de su ser. No tiene un valor finito, ya que determina fines no finitos para sí mismo. Es esta la magnífica fundamentación de la dignidad que Immanuel Kant atribuye al ser humano. Una dignidad que es inherente y única en cada persona y, por ello, no finita, intransferible, inalienable y no instrumentalizable, sea en lo referente a lo corpóreo o a otros aspectos de su ser.

Rosa Rabbani es psicóloga social, premio Equidad-Diferencia de la Generalitat de Cataluña, y Arash Arjomandi es filósofo y profesor de Ética en la UAB.

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