Kennedy, después de 50 años

Nunca conocí al presidente Kennedy aunque tengo una carta suya, en mi noveno cumpleaños, en 1961, en la que expresaba su esperanza en que creciera para ser un buen demócrata como mi padre, “aunque tal vez de una estatura más conveniente”. El día en que el presidente fue tiroteado yo estaba en el colegio. Recuerdo, sobre todo, el semblante sombrío de mi madre y los pequeños grupos de hombres reunidos en las aceras de Cambridge, conversando con calma y circunspección mientras íbamos a casa.

Papá estaba en Washington. El mensaje que envió a casa fue: “Hoy es el peor día de mi vida”. Al caer en la cuenta de que la Casa Blanca ya no sería suya, convino con la viuda de Kennedy en que esta se alojaría posteriormente en casa de Averell Harriman, en Georgetown. Unos días más tarde, escribió un primer borrador del discurso del presidente Johnson al Congreso. No fue el texto utilizado por Johnson.

Durante los siguientes treinta años apenas pensé en esos días. Nuestra familia –ahora me doy cuenta– era una fortaleza frente al dolor. Vietnam, el caso Watergate, la carrera profesional, el matrimonio y el divorcio llegaron y se fueron. Y luego, por casualidad, en 1993, empecé a pensar de nuevo. Para aquel entonces había unos 600 libros sobre el asesinato, o eso oí aquellos días.

Leí acaso una décima parte de esa cifra en los días en que el tema me captó intensamente. ¿Qué aprendí? Esa controvertida historia es difícil y complicada. La longitud no tiene correlación con la profundidad. Autoridades y avales no significan nada. Las notas a pie de página tienen su importancia. Para investigar el asesinato de John F. Kennedy hay que saber cómo interpretar.

He hecho mi aportación a la historia. Una cuestión era la relativa a la decisión de Kennedy, adoptada en octubre de 1963 con el apoyo de Robert McNamara, de ordenar la retirada de todos los asesores estadounidenses de Vietnam para finales de 1965 y el hecho de que tal decisión fuera anulada posteriormente. Volver a ponerla sobre la mesa, incluso con pruebas claras, representó una batalla entre los historiadores que duró quince años. Y la batalla continúa. El 27 de octubre, Jill Abramson publicó un largo ensayo en The New York Times Books Review que incluía esta declaración: “La creencia de que habría limitado la presencia estadounidense en Vietnam se basa tanto en la fantasía de ‘lo que podría haber sucedido’ como en el ‘historial documentado’”.

El registro de las reuniones, cintas y memorándums da otra versión. Uno del general Maxwell Taylor enviado a sus colegas de la junta de jefes de Estado Mayor, fechado el 4 de octubre de 1963 y que comunica la decisión del presidente, afirma claramente: “Todos los planes se enfocarán a preparar las fuerzas armadas de la República de Vietnam para el momento de la retirada de todas las unidades especiales de apoyo y personal de Estados Unidos para finales del año 1965”.

El otro tema era el de los planes bélicos nucleares de Estados Unidos. Hace veinte años, mi alumno Heather Purcell descubrió en el archivo de seguridad de la vicepresidencia referido a 1961 que el plan estratégico estadounidense preveía un primer ataque nuclear contra la URSS y China que se lanzaría bajo pretexto no especificado a finales de 1963. La reacción de Kennedy fue un estallido de furia. Y no es por nada que el presidente Johnson, mirando por la ventana durante el vuelo de Dallas, comentó a Bill Moyers: “Me pregunto si ya estarán volando los misiles”. ¿Desempeñaron estos temas un papel en la muerte de Kennedy? Y si lo tuvieron, ¿qué importancia alcanzaron en comparación (por ejemplo) con la posibilidad de que Kennedy hubiera tenido de normalizar más o menos las relaciones con Cuba, o incluso de acabar con la guerra fría?

Podría exponer mi visión, pero no serviría de nada. Después de más de cincuenta años, las polémicas sobre Kennedy han destruido la credibilidad de la opinión oficial. La comprensión de las cosas no puede imponerse: ni por la comisión Warren, ni por el comité de la Cámara de Representantes sobre asesinatos, ni por Oliver Stone, ni por mí. Permítanme compartir con ustedes algo que sólo Mijaíl Gorbachov me dijo cuando nos conocimos en Italia en el 2010: que cuando visitó el Museo del Sexto Piso del Depósito de Libros Escolares de Texas, escribió en el libro de visitas: “Creo que sé por qué”.

Cincuenta años más tarde, no es tan difícil conseguir un buen control sobre los hechos fundamentales. Es factible, para separar la investigación franca, sincera y honrada de los ineptos. Muchas personas ya lo han hecho. Pero esto exige trabajo y dedicación en forma de lectura meticulosa y crítica, ayudada del debate en grupos reunidos de forma privada. Hay que estudiar, tomar notas, argumentar y averiguar por uno mismo, para sí y junto con personas de la propia confianza. Democráticamente.

A decir verdad, no soy tan buen demócrata como mi padre. Pero tal vez la esperanza que el presidente Kennedy expresó dirigiéndose a mí hace mucho tiempo se ha realizado, en pequeña medida, al fin y al cabo.

James K. Galbraith, profesor de economía en la Lyndon B. Johnson School of Public Affairs, de la Universidad de Texas. Su padre, John Kenneth Galbraith, fue asesor de John F. Kennedy en Harvard. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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