Kennedy

Por Salvador Pániker, filósofo y escritor (EL PAIS, 22/11/03):

Viernes 22 de noviembre de 1963, a las doce treinta del mediodía, hora local, se produjo en la ciudad de Dallas, USA, un estallido seco y bronco, seguido, tras cinco segundos, por dos estallidos más. Una expresión de asombro pudo haber recorrido el rostro de John Fitzgerald Kennedy antes de caer abatido en el coche presidencial. Durante veinte minutos, el pulso le siguió latiendo. Finalmente, se detuvo.

Recuerdo que la noticia me alcanzó en Ibiza, ya de noche, tomando copas en un bar. La noticia me impresionó, incluso me afectó. Yo sentía una especial predilección por Kennedy. Kennedy (JFK) sintonizaba con los que teníamos una ideología digamos de izquierda liberal, y un talante antimesiánico. Pese a su vitalidad, JFK poseía una fragilidad y una sensibilidad que le diferenciaban de su gregaria familia. Arthur Schlesinger le describió así: “Una mente escéptica, una personalidad resuelta y autocontrolada (self-possesed), un gran encanto personal, un agradable desdén hacia los rituales de la política, un despego hacia las mojigaterías de la izquierda americana”.

JFK había nacido rico y, en consecuencia, no tenía necesidad de trepar. Pertenecía a lo que alguien llamó la Era de la Postmotivación. Quiso la Presidencia de los Estados Unidos (“será difícil, pero todas las cosas son difíciles”) y tampoco le hubiera importado demasiado no ganarla. JFK era un poco zen. Tuvo momentos de malhumor pero nunca de ira. Un gran sentido del humor. Asumía sus decisiones, incluso cuando se daba cuenta de que habían sido estúpidas (caso del episodio de Bahía de Cochinos). Conocía el dolor físico, pero no se quejaba.

Sus iniciativas más importantes quedaron interrumpidas: el programa americano de bienestar social, las bases para la coexistencia pacífica con la URSS, la nueva política con el Tercer Mundo, la aventura espacial. Pero hizo algo simbólico e importante: devolver la esperanza a muchos jóvenes, reconciliar la inteligencia con el poder.

JFK se me antojaba pertenecer a la especie que yo entonces denominaba “hombre real”, esa franja estrecha de seres humanos que conducen sus opciones hasta el fin. Cuando le preguntaron que cómo fue que se había convertido en un héroe de guerra, él contestó: “Fue sencillo, hundieron mi lancha”. Era un ejemplo de lo que podríamos denominar Situación de No Alternativa. Perdido en el océano, el oficial de marina John Kennedy nadó por espacio de quince horas, sujetando con los dientes el chaleco de uno de sus compañeros herido, hasta alcanzar un islote. El islote resultó desierto y Kennedy, a pesar de sentirse enfermo, decidió que debía volver a hundirse en el agua helada del océano y nadar hacia otro islote en busca de nuevo auxilio. Fue un acto de valor resultado, como digo, de una Situación de No Alternativa.

JFK tenía tendencia a superar los planteamientos dualistas. “Al luchar por los demás luchamos por nosotros mismos”. Y también: “El desinterés en la actuación pública no es más que el resultado de llevar el respeto hacia uno mismo hasta sus últimas consecuencias”. No le importaba morir y, en cierto modo, lo había previsto. Nunca se interesó por los detalles de su protección personal. “Si quieren matarme”, decía, “me matarán”. Toda su vida estuvo familiarizado con la enfermedad y con el dolor. Pero no creía que el dolor purificase; al contrario: creía (citando a Somerset Maugham) que el dolor embrutecía. Asumía la realidad. “Este mundo es peligroso y sucio, pero no hay otro, y no hay seguridad alguna en la evasión”.

La guerra, el sufrimiento y el conocimiento de la inconsistencia humana configuraron definitivamente el tono vital de aquel político “de vuelta”. “Hoy nos vitorean, mañana volverán a ocuparse exclusivamente de sus propios asuntos”. Era un hombre poseído por una inmensa curiosidad, abierto permanentemente a aprender. Su diseño político era realista e inteligente. “¿Qué clase de paz buscamos? No una Pax Americana impuesta por el poderío atómico norteamericano”. Kennedy conocía la historia. La paz, decía, ha de ser dinámica, no estática. No le agradaban los planteamientos en forma de “vencedores y vencidos”. Lo que perseguía era construir un nuevo espacio mental, un nuevo margen entre el prestigio y la belicosidad. Era exactamente la política contraria al maniqueísmo de Foster Dulles. La política contraria a la que hoy siguen los fundamentalistas de la Administración de Bush. Kennedy se oponía al dogma de la inevitabilidad de la guerra, del mismo modo que los economistas comenzaban a oponerse al dogma de la inevitabilidad de la pobreza en masa. Kennedy preconizaba “un mundo a salvo para la diversidad”. Porque “todos habitamos un mismo planeta, respiramos un mismo aire, queremos un futuro para nuestros hijos”. “Y todos somos mortales”.

Yo entendía aquel lenguaje. Entendía incluso la apuesta por la aventura espacial como una especie de secularización de la guerra. Entendía el empeño por vivir intensamente y sin ostentación, por tomarle gusto a lo difícil y por buscar lo mejor sin hacerse ilusiones. Hoy, a los cuarenta años de la muerte de aquel hombre joven, inteligente, culto y valiente, somos muchos quienes le echamos de menos. En la confianza de que su legado permanezca vigente y reviva pronto en Norteamérica.