King’s Cross

Mario Vargas Llosa, escritor (EL PAIS, 24/07/05).

Como en la primera, del 7 de julio, en la segunda ola de acciones terroristas que el fundamentalismo islámico desencadenó sobre Londres el día 21, el blanco privilegiado fueron las estaciones del metro. ¿Por qué? Porque en una estación subterránea la mortandad puede ser complementada con dosis abrumadoras de pánico y porque, además de hacer correr mucha sangre, el mártir arrebosado en explosivos camino al Paraíso consigue el caos, la confusión y el desvarío de la gente común y corriente. Además, por supuesto, de una espectacular publicidad. Los cerebros que maquinan estas operaciones funcionan con una lógica implacable, pues el odio inconmensurable que los guía, contrariamente a la creencia de que las pasiones nublan la razón, no está reñido con la inteligencia, con una lucidez helada, luciferina.

No se los puede comparar con los anarquistas que, en el siglo XIX y comienzos del XX, también tiraban bombas por las calles de Londres y a los que inmortalizó Joseph Conrad en El agente secreto. Éstos actuaban casi siempre sobre blancos específicos e individualizados y, como los “homicidas delicados” de Camus, invertían su propia vida para liquidar la del enemigo concreto que querían exterminar: el banquero, el primer ministro, el general. En cierto modo, se puede decir de ellos que practicaban el crimen amparados en una estricta moral, que excluía de entre las víctimas a personas “inocentes”. Es cierto que Ravachol lanzó su bomba sobre los parroquianos del Café de la Paix gritando “¡Nadie es inocente!”, pero lo que quería decir en verdad es “Nadie que sea burgués es inocente”. Y, por lo demás, las bombitas de los anarquistas finiseculares tenían una fuerza mortífica insignificante, comparadas con los prodigios que ha hecho la ciencia y la técnica moderna. Hoy, con una carga disimulada en una caja de zapatos, un terrorista puede matar a cientos de personas y herir a miles.

Para el terrorista islámico no hay inocentes. En los atentados de Londres han muerto y están heridos innumerables musulmanes, y tanta gente modesta, miserable y pobrísima, como la que padeció los horrores de New York y Madrid. De hecho, los lugares elegidos para perpetrar las carnicerías londinenses tienen una concurrencia donde están representados todos los sectores sociales, salvo los ricos y poderosos, que no toman metros ni autobuses. Esos lugares estaban elegidos con un criterio muy simple: porque en ellos habría de todos modos una gran concentración de gente. Que cayera el que cayera, no importaba nada, con tal de que fueran muchos, que cundiera el pavor en toda la ciudad, y que ésta quedara paralizada por el desorden y el miedo muchas horas o días. Una de las estaciones fatídicas, la de Edgware Road, en un barrio de muchos inmigrantes de origen asiático, implicaba que entre las víctimas caería buen número de musulmanes.

Porque, para el terrorista suicida, como para todo fanático, no importa nada que en la gran cruzada salvadora de la que se siente portador caigan muchos inocentes. Lo que importa es el final de la batalla: un mundo purificado de corruptos, impíos, sacrílegos, degenerados, en el que sólo la comunidad de los verdaderos creyentes reinará. Ésta es una utopía más descabellada aún que todas las otras que han llenado de cadáveres la historia de la humanidad. Los centenares o millares de “mártires” activos o potenciales al servicio de Ben Laden y Al Qaeda y demás sectas del fundamentalismo islámico pueden provocar muchas matanzas más, sin duda, y esta lucha cubrirá acaso con un gran manto de espanto todo el siglo XXI, pero lo absolutamente seguro es que jamás ninguna de ellas llegará a derrocar un gobierno ni tomar el poder político en país alguno -ahora menos que nunca- y que su único futuro previsible será la de continuar en la semiclandestinidad en la que ahora está, siendo periódicamente golpeada y desmantelada aunque, muchas veces, como la serpiente cercenada por el hacha, resucite por partes y, aquí y allá, siga sembrando las ciudades de cadáveres.

Conozco muy bien la estación de King’s Cross, donde hubo el mayor número de muertos en la primera oleada terrorista. Cada vez que estoy en Londres, paso por ella dos veces al día lo menos tres o cuatro veces por semana, pues me bajo allí para ir a la British Library, que está al lado. Es una estación de metro que es un nudo de varias líneas, y, además, conectada a la estación de ferrocarril del mismo nombre, un bello y estrafalario edificio victoriano de ladrillos rojos con torres góticas, donde, a la hora de la explosión, las ocho de la mañana, hay siempre una muchedumbre de oficinistas y operarios. Produce cierto vértigo tratar de trasladarse a la mente de los conjurados que eligieron estos blancos, con tanta precisión, para que el efecto devastador del explosivo abatiera al mayor número posible de personas, niños, ancianos, inválidos, creyentes o agnósticos. Sobre todo, sabiendo que los “mártires” eran británicos, nacidos o criados en el Reino Unido, donde se habían educado en las escuelas del Estado, y trabajado, y beneficiado de los servicios de la seguridad social, y donde todos ellos tenían un tramado de relaciones, familiares, amigos, conocidos. Todos sabían perfectamente bien que entre las víctimas de su bestial holocausto iban a caer gentes como ellos, tal vez personas que habían frecuentado e incluso querido. Nada de eso pesó en la balanza para disuadirlos. También los asesinos de la estación de Atocha, en Madrid, habían vivido y trabajado en la capital española e hicieron lo que hicieron a sabiendas de que matarían a sus vecinos.

Contra gentes así es muy difícil defenderse. Cuando alguien está dispuesto a sacrificar su propia vida para poder matar, se convierte en un arma de destrucción atrozmente efectiva. Por otra parte, lo perverso del terrorista de esta índole es que en una sociedad democrática, donde los derechos del ciudadano se respetan, tiene un ancho campo de acción para pasar desapercibido. En una sociedad autoritaria, en cambio, con su sistema asfixiante de controles y limitaciones para la iniciativa y la movilidad individual, el peligro se puede reducir considerablemente. Y no hay duda que aquellos cerebros luciferinos que planean los infiernos urbanos en los que inmolan sus cuerpos, aspiran a que una de las consecuencias de sus asesinatos a ciegas sea socavar las instituciones democráticas e induzcan a los gobiernos a restringir las libertades que para ellos significan impiedad.No hay el menor peligro de que ello ocurra en el Reino Unido, un país que, puesto a prueba en lo que concierne a la defensa de la cultura de la libertad, nunca decepciona. Lo demostró de una manera que pone los pelos de punta cuando tres cuartas partes de Europa Occidental era derrotada, se rendía o se acomodaba con los que parecían invencibles ejércitos de Hitler, resistiendo solo, en condiciones de absoluta inferioridad bélica, con un heroísmo sereno y sacrificios sin cuento, su pueblo unido como un puño detrás de su Gobierno, hasta que, con la entrada en guerra de los Estados Unidos, la relación de fuerzas entre los adversarios comenzó a cambiar a favor de los aliados. Y, en los años ochenta, la gran recuperación e impulso de los valores democráticos y de la modernización económica del mundo occidental, que contribuiría de manera decisiva en el desplome del comunismo y la utopía colectivista, tuvo a Gran Bretaña a la cabeza de Europa. Fue un Gobierno conservador el que dirigió aquella formidable revolución pacífica. Ahora es un Gobierno laborista el que enfrenta el desafío del fundamentalismo del terror. Ciertas retóricas varían, pero la actitud es idéntica: cuando están amenazadas las instituciones que sostienen la civilización, las querellas políticas y las menudencias locales pasan a segundo plano, porque la unión de todos los demócratas es la mejor estrategia para derrotar a los enemigos de la libertad.

Los “mártires” convertidos en bombas ambulantes son, en nuestros días, los adversarios más encarnizados que tiene lo mejor que ha producido la civilización occidental: la tolerancia, los derechos humanos, la liberación de la mujer, las libertades individuales, gobiernos representativos, el imperio de la ley, la coexistencia en la diversidad. Si, hipótesis ridícula, lo que representa el terrorista islámico triunfara, el resultado sería la abolición de todo lo que ha hecho humano y digno el mundo en que nos ha tocado vivir. Es decir, el retorno del oscurantismo, de la esclavitud de la mujer, de la barbarie de los castigos corporales, del despotismo y la desaparición del individuo soberano en la masa “municipal y espesa”, como escribió Rubén Darío. Y las víctimas de ese retorno a la barbarie no serían solamente todos los occidentales; también los asiáticos y africanos que ya salieron de ella, y, por cierto, muchos millones de musulmanes, como muestran las cifras de los muertos iraquíes dinamitados a diario por los “mártires” de Al Qaeda en Bagdad y demás ciudades de Irak.

Como una de las bellas conquistas del Occidente es el espíritu autocrítico, el terrorista islámico tiene entre nosotros buen número de valedores. Gentes, por ejemplo, convencidas de que, si no hubiera pobres, si no hubiera hambre y explotación, no habría terrorismo. Es decir, que los hombres-bombas que despanzurran a inocentes son luchadores sociales extraviados, que, aunque equivocados en su proceder demencial, actúan guiados por un mesianismo generoso, fabricado por la frustración y el rencor que produce entre los marginados la opulencia, la falta de solidaridad y el espíritu de lucro occidental. Estas almas cándidas no parecen haber advertido que los terroristas fundamentalistas matan sobre todo a pobres y marginados, y que, cuando llegan al poder, como ocurrió en Afganistán durante el régimen talibán, sus políticas generan una pobreza espeluznante, y que la crueldad con que aplican sus convicciones, por ejemplo con las mujeres, a las que prohibieron estudiar, trabajar, y condenaron a vivir sólo como apéndices de padres, hermanos y maridos, no congenia para nada con esa visión simplista -y occidentalizada hasta el tuétano- de las motivaciones y aspiraciones del fanático.

Es una ingenuidad creer que al terrorista acuartelado en su visión dogmática se le puede aplacar con concesiones. Todavía hay quienes sostienen que si Estados Unidos no hubiera derribado al régimen de Sadam Husein no hubiera ocurrido lo que está ocurriendo. ¿Acaso los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono ocurrieron después de la intervención en Irak? No, la antecedieron y la provocaron. Se puede discutir la oportunidad y la manera en que aquella se produjo, pero no sostener seriamente que si la dictadura ignominiosa del sátrapa iraquí estuviera todavía incólume no habría terrorismo fundamentalista. La guerra contra la cultura de la libertad que encarna la civilización occidental estaba ya declarada hacía tiempo y ya había dejado muchos muertos en varios continentes antes de que Estados Unidos se decidiera a invadir Irak. Esta invasión ha liberado a los iraquíes de una dictadura atroz, que asesinó, torturó y exilió a millones de personas y provocó una guerras -contra Irán y contra Kuwait- que causaron más de un millón de muertos. Desde entonces, el pueblo iraquí es un pueblo mártir, en la expresión más alta y noble que tiene la palabra, porque los mismos fanáticos que asolaron con su odio y sus bombas a New York, Washington, Madrid y Londres, asesinan, mutilan y hacen vivir en el terror a esos ocho millones de iraquíes que, plantándoles cara con la pacífica y trascendental acción de ir a votar en las primeras elecciones libres en la historia de Irak, los desautorizaron y rechazaron.

Éstas son las ideas, muy resumidas, que Tony Blair ha repetido sin cesar desde que la vesania fundamentalista llenó de sangre las calles de Londres. No se trata de Irak. Se trata de la vieja pugna entre la libertad y sus enemigos. Entre éstos, por el momento, quienes capitanean la ofensiva son los grupos fundamentalistas, a los que los gobiernos democráticos tienen la obligación de enfrentar con energía y convicción, como Inglaterra enfrentó a Hitler en 1940, sabiendo que la razón y la decencia estaban absolutamente de su parte porque tenía al frente un enemigo que personificaba toda la sinrazón y la arbitrariedad de la barbarie: la intolerancia, el racismo, el odio religioso, la violencia convertida en valor.

Es tranquilizador que las circunstancias hayan llevado a Tony Blair a tener en estos momentos el liderazgo europeo de la lucha contra el terror. No hay en Europa un estadista de ideas tan lúcidas sobre lo que está en juego ni de tanto coraje a la hora de poner en práctica lo que Weber llamaba unas “políticas de convicción”. Luego de su difícil triunfo en las últimas elecciones, su figura ha ido creciendo de nuevo, como cuando convenció a su partido de que el viejo manual de recetas socialistas para crear trabajo y desarrollo estaba caduco y debía renovarse aplicando políticas de apertura de mercados y de incentivos a la empresa privada, gracias a lo cual el Reino Unido ha prosperado extraordinariamente bajo su Gobierno y reducido el desempleo a niveles mínimos. Y ha hecho bien la oposición en apoyarlo en su firme determinación de no hacer la menor concesión al terror.

Una vieja leyenda dice que si Inglaterra no ha podido ser invadida en los últimos mil años es porque el mítico rey Arturo vela por ella desde las sombras. Y que el héroe medieval retornará a la vida y a la lucha si, en un momento trágico, su país lo necesita. Creo que es así y ya veo deslizándose entre la blanca bruma del verano londinense la larga cabellera, la blanca armadura y la luciente espada del antiguo caballero, compareciendo a cumplir con su deber.