La adolescencia de Internet

Por José B. Terceiro, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y coautor, con Gustavo Matías, de Digitalismo. El nuevo horizonte sociocultural (EL PAÍS, 13/03/03):

Ha pasado un septenio desde la publicación de un libro, Socied@d Digit@l, que contribuyó de forma notable a extender el uso de ese término. En estos años hemos asistido a una creciente familiarización con Internet, a su impacto en la nueva sociedad digital y a la profusión de análisis prospectivos. Su concepción fue resultado de la cooperación de sus inventores, un conjunto de hackers (intrépidos) deseosos de crear una red para comunicarse entre ellos; deliberadamente, intentaban diseñar un ámbito compartido de investigación y colaboración. A diferencia del cracker (rompedor), el hacker no es delictivo, pese a heredar la condición de los phreakers, vocacionalmente dedicados a manipular redes telefónicas para hacer llamadas gratuitas. Internet se convierte luego en un bien público de uso general y, gracias al espíritu de sus inventores, las redes (conjunto de máquinas y cables) devienen en redes sociales donde el ordenador deja de ser un injerto de máquina de escribir y calculadora.

La conexión permanente a Internet, ya permitida por los nuevos teléfonos móviles, es más que acceder a un canal de comunicación. No sólo añade la posibilidad de hacer, mientras nos movemos, cosas que ya hacíamos parados, sino que podremos hacer cosas que antes no podíamos lograr, como localizar y ser localizados, en cualquier parte del mundo, con un error de algunos centímetros. Amén de comunicarnos, nos localizará con toda precisión; lo que, desde luego, me identifica con la confesión de Umberto Eco: “He llegado a una edad en que mi propósito principal es no recibir mensajes”. Estas nuevas posibilidades, cuyo coste desciende progresivamente, al ser ofrecidas a la vez, refuerzan su valor individual de acuerdo con la ley de Metcalfe: “El valor de una red crece de acuerdo con el cuadrado del número de nodos que la componen”. El efecto final de esta ley supone que la sociedad digital se basa en una tecnología que, al facilitar la formación de grupos de usuarios, incrementa su valor de forma exponencial. En expresión anglosajona: siguiendo la curva del palo de jockey.

Internet no es una red de arquitectura aleatoria, contra lo que se venía creyendo desde el siglo pasado. El siglo XXI ya nos ha enseñado que, siendo Internet un conjunto de conexiones entre ordenadores, de cobre y fibra óptica, su desarrollo sigue reglas muy similares a las que rigen a los humanos en sus relaciones sociales. Se cumplen especialmente las referidas a la agrupación por afinidades o demandas comunes de conocimiento temático, nada precisamente nuevo. La oferta temática ya contenía, en el siglo XV, variantes tan vocacionalmente dispares como la colección de esbozos de sermones conocida coloquialmente como “Duerme tranquilo”, porque evitaba a los curas párrocos la ansiedad de tener que preparar el sermón de cada domingo, o la guía Tariffa delle puttane, publicación veneciana que glosaba con todo detalle las circunstancias de más de cien distinguidas meretrices. No es casual que, en el siglo XV, y precisamente en Venecia, nazcan los derechos de autor, creados en la ciudad que encabezaba la edición europea y en la que siembra la especialización y fragmentación temática en un contexto cultural donde las universidades europeas repartían la enseñanza, de sus escasas disciplinas, en tan sólo dos niveles: trivium (dedicado al lenguaje) y cuatrivium (dedicado a los números). Quizá la única ventaja, desde la perspectiva de hoy, de sus diádicos planes de estudio era que, al ser muy similares, permitían que los estudiantes pasaran de una universidad a otra en un trasiego precursor de las actuales becas Erasmus.

Pero, reconocida la veteranía de la necesidad recurrente de oferta temática, lo relevante es que estamos en la adolescencia de Internet que, como cualquier otra tecnología (igual que los adolescentes) no se adapta fácilmente a los usos sociales. Sigue un proceso lento y gradual en su adaptación a las necesidades de sus usuarios, es cada vez más grande y potente en su camino hacia la madurez. Roberto Saracco hace una aguda comparación con el desarrollo de la aviación. Transcurrieron veinticuatro años entre el primer vuelo de los hermanos Wright (menos de cien metros de distancia, a metro y medio de altura) y la primera travesía atlántica de Lindberg, acreedora del primer reconocimiento de que la aviación ya era una tecnología madura. Igual periodo de tiempo, veinticuatro años, transcurrió entre las precursoras realizaciones de Arpanet (el antecedente inmediato de Internet) y la aparición del primer navegador de la www, el Mosaic, que alcanzó en un año la cifra de un millón de usuarios y que fue calificado por el New York Times como “la primera ventana al ciberespacio”. En el comienzo de la aviación está, tanto la publicidad (que se exhibía en las ferias por los primitivos biplanos arrastrando carteles) como el servicio de correos, el primero y más importante uso de la aviación comercial. El paralelismo con los banners (anuncios de Internet) y el correo electrónico es sorprendente.

Siguiendo con la analogía, en Internet acabamos de cruzar el Atlántico. Existe similar euforia respecto a la madurez de la tecnología digital, como sucedió con la travesía de Lindberg. Pero estamos, si comparamos 2003 y 1927, como la muchedumbre que lo esperaba en París y creyó que ya lo había visto todo. Nadie pensó entonces ni en la construcción de grandes aeropuertos ni en los turborreactores, ni en la navegación por satélite, ni en viajar a la velocidad del sonido. Nos ha sorprendido de tal forma el éxito de Internet que ya la consideramos una tecnología madura, cuando la realidad es que acaba de salir de su infancia. No dudamos ya de su eficiencia como herramienta de aprendizaje e información, pero deberíamos plantearnos su capacidad para alterar el concepto y la naturaleza de esas actividades. Resulta ilustrativo el efecto de la moderna tecnología médica: la salud ha dejado de ser algo que conservar por medios naturales para convertirse en un objetivo nuevo y distinto por mor de la tecnología. Ya todos aspiramos a conservar una salud ampliada, artificial. Tenemos un diferente concepto de salud, distinto al de nuestros bisabuelos. De igual manera, a nuestros bisnietos les costará mucho entender el galimatías de nuestros esquizoides usos de comunicación: el correo para la correspondencia en soporte papel, el telégrafo en casos urgentes, las empresas de mensajería, el fax, el teléfono, en sus variantes fijo y móvil, con sus contestadores y buzones de voz. Toda una panoplia de diferentes tecnologías con el único fin de comunicar. Internet revelará muchos nuevos conceptos sociales no incorporados en su tecnología que, por su condición de transformadora, no la debemos entender limitada a unos fines determinados.Con independencia del auge y la ruina de las empresas puntocom, la revolución de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) apenas ha comenzado.

Hemos de reconocer la improcedencia de esta denominación, que equivale a hablar de “charcutería y salchichón”, como nos recuerda Aníbal Figueiras. Más apropiado sería referirse a las tecnologías de computación y comunicaciones, aunque se haya impuesto el acrónimo TIC como traducción de su equivalente anglosajón ICT. Sus anteriores modalidades, como la imprenta o el telégrafo, tuvieron un impacto muy importante en la cultura y la sociedad. Las actuales generarán impactos más extensos, rápidos y profundos, dado su continuo desarrollo, que las convierte en algo tan generalizado y ubicuo como la electricidad. Pero la naturaleza de estos impactos dependerá mucho más de las elecciones sociales y políticas que de la evolución de la tecnología (innecesaria, en muchos casos, como ha señalado el principal fabricante de ordenadores personales, Michael Dell, al afirmar: “Hay tecnologías para problemas que no existen, y eso no es innovación”). En la difusión de cualquier tecnología, a partir de un determinado grado de su desarrollo, cuentan más los factores sociales y culturales que los aspectos puramente tecnológicos. Piénsese que Estados Unidos todavía no ha podido liberarse del corsé del sistema imperial de medidas (sí ha logrado hacerlo el Reino Unido) a pesar de reconocerse las ventajas técnicas y comerciales de la adopción del sistema métrico decimal.

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