La agenda del desgobierno mundial

Al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial escribía Ernest Jünger: «Esta guerra civil mundial ha sido la primera obra común de la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda... La historia humana está tendiendo con apremio hacia un orden planetario». Un apremio desgraciadamente insatisfecho.

Tenemos, es cierto, un nuevo (des) orden internacional, altamente conectado (más que nunca), y todavía constituido por Estados como unidades básicas, que es la base del sistema inter-estatal de Naciones Unidas. Pero al tiempo aflora algo radicalmente nuevo en la historia de la humanidad: una sociedad abierta global que salta por encima de los Estados y deja obsoletos a ellos y a los organismos internacionales, nueva sociedad que exige, no otro orden internacional más, sino algo distinto y nuevo. Hoy la economía, la política, la seguridad, la ciencia, la tecnología, la opinión pública, las enfermedades, el clima son globales y se han desterritorializado, pero los Estados y sus gobernanzas son locales y siguen territorializados. De modo que la globalización hace aflorar un déficit creciente de gobernanza global y vemos emerger por doquier problemas nuevos, hace décadas inexistentes o abordables por los Estados, pero que sólo admiten ya tratamientos transnacionales. Agenda emergente que es, desgraciadamente, la agenda del desgobierno mundial, que se ha hecho patente con la crisis económica actual pero que lleva perfilándose hace un lustro, y que trataré de explicitar en estas notas, necesariamente exploratorias, incompletas y prematuras.

Y sin duda los elementos más visibles de esta nueva agenda del desgobierno afectan a la seguridad internacional. En primer lugar, por supuesto, el nuevo terrorismo internacional de raíz islamista, forma post-moderna de guerra (asimétrica), de guerrilla urbana, que algunos comparan con lo que fue la amenaza comunista. Con evidente exageración a mi entender, pues si bien la ideología que lo sustenta es, ciertamente, totalitaria, y la eventual conexión con armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas o químicas) haría saltar la letalidad terrorista a niveles claramente bélicos (ya lo fue el 11-S), baste pensar que el PIB de todos los países árabes sumados es inferior al de España. Amenaza que, sin embargo, se refuerza si la vinculamos con el segundo gran reto actual a la seguridad internacional: el de proliferación de esas mismas armas, singularmente las nucleares, en Estados como Irán o Corea del Norte, que suministran la tecnología a amigos políticos (si de China pasaron a Pakistán, y de éste a Irán, ¿pasarán de Irán a Venezuela?), al tiempo que fuerzan a sus vecinos a nuclearizarse para protegerse, en una cadena sin fin (pues si Corea del Norte, entonces Japón; y si Irán, entonces Arabia Saudita y Egipto) que preludia un equilibrio nuclear multilateral de imposible gestión. Retos estos dos que se vinculan inevitablemente con la emergencia (o permanencia) de Estados fallidos, no menos del 20% de los 200 Estados que componen el mundo, que son fácilmente capturados por grupos terroristas, como ocurrió en Afganistán, está ocurriendo en el Líbano y en Palestina, y podría pasar en Irak o incluso en Colombia. Todo ello (en cuarto lugar), lubricado por el narcotráfico, la delincuencia organizada y el blanqueo de dinero, capaces de desestabilizar, no ya países fallidos sino otros sólidos como México o Colombia, y que encuentran en la globalización instrumentos para obviar los controles policiales clásicos. Por ejemplo ¿sabía usted que la economía de Corea del Norte se sostiene en el contrabando de cigarrillos o marfil y la falsificación de dólares? Y finalmente -y ésta es sin duda la mayor amenaza en el medio plazo- por la geopolítica de la energía mundial (petróleo y gas) y los restantes recursos naturales (desde el aluminio al hierro pasando por los alimentos), sometidos a presiones crecientes por la emergencia de inmensas nuevas potencias (China e India sobre todo), verdaderas aspiradoras de los recursos naturales del planeta, que compiten por obtener garantías en sus suministros, y que reconstruyen sus ejércitos a velocidad de vértigo en una nueva carrera de armamentos a escala multilateral (y no bilateral como fue la vieja guerra fría). Si recordamos lo que fue el ascenso de las viejas «nuevas» potencias a finales del XIX, el ascenso de USA, Alemania, Japón o Rusia, y cómo el conflicto por su específico lebensraum, su espacio vital, dio lugar al imperialismo primero y a dos guerras mundiales después, podremos calibrar el reto al que nos enfrentamos: hacer sitio en el siglo XXI a más de la mitad de la población del mundo distribuyendo equitativamente los escasos recursos naturales de que disponemos.

Un catálogo de cinco retos a la seguridad al que debemos añadir otras cinco cuestiones generadas por todo aquello que circula a borbotones por las porosas fronteras de los Estados en que se articula políticamente el mundo. En primer lugar, personas, y hay más de 200 millones de emigrantes en una oleada mundial sin parangón desde finales del XIX, que continuará imparable a medida que se acentúen las disparidades demográficas y de renta y se reduzcan las distancias sociales y culturales, diversificando y complejizando la composición étnica y cultural de viejos países que todavía quieren pensarse como «naciones». En segundo lugar, capitales financieros, en una interconexión on line cada vez más opaca gracias a instrumentos financieros de extrema complejidad que generan una alta volatilidad en unos mercados que pueden burlar al regulador con un par de clicks del ratón del ordenador. En tercer lugar, mercancías, viejas y nuevas mercancías, pues al tiempo que la base de la economía y la riqueza pasa de la propiedad inmueble (la tierra) a la mueble (los valores), y desde esta a los intangibles (patentes, diseños, marcas, logos, fondos de comercio), la piratería y el control de la propiedad intelectual devienen problemas esenciales en una economía de bienes públicos, una economía del conocimiento y la creatividad. En cuarto lugar, por supuesto, residuos de todo tipo, aflorando inmensos problemas medioambientales (mares, polución atmosférica, calentamiento global, residuos tóxicos), de urgente resolución. Y finalmente, algo que siempre ha circulado desde la prehistoria: gérmenes, virus, con riesgos de epidemia y problemas sanitarios globales (como el SIDA o el SARS), y baste pensar que el numero de turistas internacionales portadores de virus pasó de 230 millones en 1976 a 900 en el 2006.

Alguien dirá que no he mencionado el problema más urgente y que afecta a miles de millones de personas todos los días: el hambre. Cierto, lo hago ahora porque, aun cuando la malnutrición es un pecado colectivo y la mayor obscenidad de nuestro tiempo, es cuestión previa a la globalización, claramente territorializada y competencia de los Estados «soberanos». Y un tema en el que se han alcanzando éxitos considerables gracias (y no a pesar) de la globalización. Un reciente estudio de uno de los mayores expertos mundiales en el tema, Martin Ravallion (The Developing World´s Bulging (but Vulnerable) «Middle Class», The World Bank, Policy Research Working Paper 4816, enero 2009), muestra que el numero de pobres viviendo por debajo del límite de 2 dólares diarios se redujo del 63,4 al 47% entre 1990 y 2005 mientras la clase media de los países en desarrollo (=un hogar con consumo per capita entre 2 y 13 dólares diarios de 2005 en PPP) creció del 33% al 49%, es decir, de 1.400 a 2.600 millones de personas. Pero quedan todavía 1.400 millones y estemos atentos: la crisis de los alimentos, que es una crisis de abundancia, crisis de demanda, está haciendo retroceder parte de lo conseguido al menos en África, y poniendo en peligro el alcanzar los Objetivos del Milenio.

El problema principal, sin embargo, y el que resume todos los anteriores, no es que tenemos problemas nuevos. Siempre lo ha habido y siempre los habrá. El problema principal es que carecemos de instrumentos para abordar los problemas. Por decirlo de otro modo, nunca fue más cierta la afirmación del poeta latino Terencio: humani nihil a me alienum puto, nada nos es ajeno y estamos conectados con todo. Pero carecemos de instrumentos de gobernabilidad global. Y el hiato entre mundialización y emergencia de problemas globales, de una parte, e instrumentos de gobernabilidad mundial, por otra, crece cada día.

Y la pregunta es inmediata ¿cómo gestionar este nuevo mundo que es ya una única sociedad planetaria? Continuará.

Emilio Lamo de Espinosa, cátedrático de Sociología, UCM.