La alfombra roja

En una fecha indeterminada de la presente legislatura los copresidentes del Gobierno Zapatero y Rubalcaba dictaron una instrucción secreta al Centro Nacional de Inteligencia para que, con cargo a su presupuesto de gastos reservados, encargara a la Real Fábrica de Tapices una alfombra roja de 454 kilómetros de largo y el ancho de una calzada romana. Cuando el general Sanz Roldán les preguntó de qué iban, le contestaron que pasarían a la Historia -además de al libro de los récords- porque se trataba de «la alfombra de la paz».

Era tal la cantidad de material inflamable requerido y tan flagrante la vulneración de las más elementales normas medioambientales que fue imprescindible implicar al Tribunal Constitucional, seis de cuyos jueces -con una larga trayectoria de prevaricaciones morales varias- se prestaron a bendecir la iniciativa, anulando para ello las últimas sentencias del Tribunal Supremo y derogando de facto la legislación vigente en materia de ordenación penal del territorio.

Siendo el siguiente objetivo trasladar la gigantesca alfombra enrollada hasta la ciudad de San Sebastián, Zapatero y Rubalcaba comunicaron sus planes al líder del PNV, Iñigo Urkullu, quien aplaudió con las orejas por considerar esa megainfraestructura prioritaria incluso a la conexión de alta velocidad a través de la llamada Y vasca.

Una vez obtenido el nihil obstat del partido al que consideran depositario de la legitimidad que emana de Dios y las leyes viejas, los copríncipes de La Moncloa encargaron la logística de la operación al lehendakari socialista que, por azares del destino, ocupa provisionalmente el palacio de Ajuria Enea. Patxi López, tan bien dispuesto como siempre hacia cualquier proyecto que desemboque en su pronta salida de un cargo del que en su fuero interno se siente usurpador, repartió a su vez la tarea entre el agente de Rubalcaba Rodolfo Ares y el protegido de Zapatero Jesús Eguiguren.

Pese a que la participación de este tal Txusito, un hombre desequilibrado donde los haya, capaz de combinar las violencias celtíberas con el pacifismo político, garantizaba las más diversas automutilaciones y tropiezos, también proporcionaba la seguridad absoluta de que ninguna humillación o indignidad exigida por los destinatarios de la alfombra roja dejaría de ser satisfecha.

A modo de ensayo general, y como prueba de buena voluntad por parte de los maestros tapiceros, en las pasadas elecciones municipales se desplegaron unas decenas de kilómetros de moqueta carmesí de forma que los candidatos de Bildu pudieran transitar cómodamente desde sus herriko tabernas, zulos y gaztetxes a bastiones del poder territorial como la Diputación de Guipúzcoa o el Ayuntamiento donostiarra.

Todo funcionó a la perfección -incluida la oportuna designación de San Sebastián como Capital Europea de la Cultura por parte de un jurado controlado desde el ministerio del ramo- y así, tacita a tacita, cheque regalo a cheque regalo, vale descuento a vale descuento, los fabricantes de la alfombra lograron convencer a la banda de facinerosos que durante más de medio siglo ha cometido más de 850 asesinatos con la pretensión de imponer su ley en las carreteras de nuestra convivencia, de que podrían llegar por las buenas y con todos los honores al mismo sitio al que habían intentado hacerlo perforando nucas, destrozando vientres y seccionando piernas de hombres, mujeres y niños con un inevitable coste de impopularidad.

Para terminar de ganarse la confianza de los criminales y vencer sus recelos en el sentido de que una alfombra puede desenrollarse un día pero volver a enrollarse apenas cambie la empresa gestora del teatro, Zapatero y Rubalcaba han patrocinado una edición extraordinaria del Festival de San Sebastián, dedicada exclusivamente al cine negro. Para ello contrataron a través de una organización llamada Lokarri a una serie de actores internacionales, con el vistoso Kofi Annan a la cabeza, obteniendo mensajes de adhesión de otras viejas glorias de la pantalla como los añorados Tony y Jimmy.

Nadie dudaba de que ETA sería la ganadora tanto de la Gran Concha de Oro, Plata y Bronce como del Premio Especial del Jurado y del Diploma a los Valores Morales de la Juventud, pero quedaba por saber cuál sería la película que presentaría a concurso, toda vez que su esmerada producción Sortu no había llegado a tiempo de completar su doblaje del euskera al castellano. Al final la incertidumbre duró lo justo and the winner is… Amaiur!!!

Una vez despejada esta incógnita ya sólo faltaba esperar el instante mágico en que los productores se dignaran comparecer, arropando a sus actores de ocasión -Iñaki Antigüedad, valga la redundancia, encabeza el reparto-, para enfilar la alfombra roja que les llevará a recoger sus galardones en el mismísimo Congreso de los Diputados. Se hicieron de rogar un rato pero tuvieron el detalle de presentarse encapuchados y hacer un canto a las esencias del género negro, argumentando que ETA siempre ha matado más blanco. Fue un momento inolvidable en el que el «alto el fuego permanente» se hizo «cese definitivo», con perspectiva de progresar hacia la triple A del rating de terroristas reinsertados o estadio de «superación de la confrontación armada», a cambio de unos indultillos de nada.

En todo caso lo esencial no es eso. Esta vez los tiros -con perdón- no van por ahí. Zapatero y Rubalcaba se han comprometido a que todas las noches desde ahora hasta el 20-N, ellos mismos, ayudados por sus respectivos grupos mediáticos, irán extendiendo la alfombra, en público y a toda prisa, para que el equipo de rodaje de la productora del hacha y la serpiente pueda atravesar cómodamente los pueblos, ciudades y cementerios de España hasta cosechar este primer fruto de su talento y esfuerzo.

Y digo bien porque lo pactado es cederles la alfombra para que puedan utilizarla como infraestructura a la vez permanente y móvil, de manera que les sirva en 2013, probablemente ya con Sortu en cartelera, para llegar al Palacio de Ajuria Enea, solos o en compañía del PNV, a recoger las llaves de la plaza que le queman en las manos al lehendakari cual si se tratara de un okupa con mala conciencia por estar vulnerando el derecho de propiedad.

Tiene gracia que de igual manera que la aproximación trágica al drama vasco me llevó el domingo pasado a Sófocles, su dimensión esperpéntica me obligue a recalar hoy en su precursor Esquilo. Y con los mismos personajes literarios de por medio. Porque, créanme o no, la primera referencia escrita a la «alfombra roja», como pasarela de los honores y agasajos que merece un triunfador, aparece en su obra Agamenón -datada en el 458 antes de Cristo- y más concretamente en labios de Clitemnestra cuando ultima los preparativos para recibir al vencedor de la guerra de Troya: «Mas, ¿por qué os retrasáis, esclavas mías, que tenéis la misión de desplegar una alfombra a sus pies? Salga un sendero de púrpura a su paso, y que Justicia lo conduzca a un lugar que no esperaba».

Sólo un visionario como Mikel Albizu, alias Antza, podía imaginar 25 siglos después este cursus honorum para una banda terrorista que ya en el momento de su detención en octubre de 2004 se encontraba contra las cuerdas como consecuencia del implacable acoso policial, judicial, legislativo, diplomático y social al que había sido sometida durante la segunda legislatura de Aznar. Sin embargo en su llamada «hoja de ruta», incautada junto a numerosa documentación que hizo aún más vulnerable a ETA, Antza pronosticaba que un proceso de negociación con el Gobierno desembocaría en «perdones por las dos partes», salida masiva de presos y la eclosión electoral de una relegalizada Batasuna. En concreto predecía que sus candidatos obtendrían en 2012 «cuatrocientos mil votos», triplicando casi su anterior apoyo en las urnas, lo que convertiría ese año en el de la «reparación histórica» mediante el ejercicio del derecho de autodeterminación.

Es difícil que este último objetivo se cumpla en tal plazo, pero en cambio la consecución de esa otrora quimérica cota electoral parece al alcance de su mano con unos meses de adelanto. Bildu obtuvo casi 320.000 votos en las municipales y está claro que en las generales subirá la participación y Amaiur contará sobre todo con el efecto propagandístico de la declaración de ETA, amplificado por la «alfombra roja» extendida por Zapatero y Rubalcaba.

Con el obvio propósito de impedir al PSOE capitalizar la pleamar de la euforia desatada el jueves por la noche, Rajoy se ha subido al carro oficialista y ha dicho que el anuncio de «cese definitivo de la actividad armada» no ha sido fruto de ninguna «concesión política». Será un movimiento todo lo astuto que se quiera -el favorito electoral no puede permitirse parecer aguafiestas a menos de un mes del 20-N- pero, sencillamente, eso no es verdad. Las concesiones comenzaron en 2005 en el mismo momento en que se aceptó a la banda como interlocutora de una negociación oprobiosa y continuaron embozadamente de forma ininterrumpida incluso durante la ruptura de la tregua, mediante la técnica de la zanahoria y el palo. En esta hora límite de España Rajoy podrá pedirnos muchas cosas en aras del pragmatismo, pero no que nos creamos que la legalización de Bildu fue una ocurrencia personal de Pascual Sala y el patético Eugenio Gay.

En el brillante artículo, publicado en El Periódico de Catalunya, que le hizo ganar el Premio Rey de España del año pasado, el escritor mexicano Juan Villoro aplaudía la iniciativa de la artista Rosa María Robles cuando denunció la iniquidad criminal del narcotráfico por medio de una instalación titulada Alfombra roja. Robles logró apoderarse, en un olvidado depósito judicial, de las mantas ensangrentadas en las que habían sido envueltos los cadáveres de algunas de las víctimas y las desplegó por el suelo de museos y galerías de arte. Cuando la policía se las incautó, vertió su propia sangre sobre otra manta y la puso en su lugar. «Antes podíamos pensar que la sangre derramada era de ellos; ahora es nuestra», concluía Villoro, refiriéndose a la creciente toma de conciencia de la sociedad mexicana de que la lucha contra el crimen organizado concierne a todos y no sólo a sus víctimas potenciales.

En cualquier tiempo y lugar no hay peor receta para afrontar una amenaza grave que confundir sus manifestaciones externas con su sustancia. Cuando un oráculo vaticinó que moriría aplastado por una casa, el mentado Esquilo, veterano de la batalla de Maratón, optó por marcharse a vivir al campo lejos de cualquier edificio; pero allí le cayó encima el caparazón de una tortuga transportada por un ave y le desnucó. Siempre he dicho que ETA era mucho más que una recua de psicópatas aficionados al gatillo. Mal negocio haríamos si aceptáramos que a cambio de dejar de matar pudieran obtener por otros medios lo que pretendían con todos sus asesinatos anteriores, pero el colmo de los colmos sería ayudarles a alcanzarlo.

Uno de los hitos del último capítulo de El primer naufragio es el momento en que la Convención Nacional sitiada vota otorgar una soldada de dos libras al día a todos los sitiadores sin recursos en tanto dure el asedio. Lenin tenía, pues, precedentes en los que inspirarse para pronosticar que los burgueses venderían a los revolucionarios la soga con la que los ahorcarían. En la era del show business la metáfora de la alfombra roja resulta aún más apropiada. Lástima que ésta por la que avanzan los verdugos esté entintada por la sangre de casi un millar de españoles. Es decir, con la sangre de todos nosotros.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *