La algarabía de la plebe

Alcuino de York –teólogo, gramático, matemático, pedagogo y erudito inglés del siglo VIII–, en una célebre carta dirigida a Carlomagno, escribió lo siguiente: «Y no debería escucharse a los que suelen decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues la algarabía de la plebe está cerca de la locura». La máxima latina a la que alude Alcuino de York – voxpopuli, vox Dei– plantea la cuestión de la legitimidad de la gobernanza. ¿Hay que equiparar –a la manera latina– la voluntad popular a un designio divino que, por su propia naturaleza, debe ser cumplido? Cierto es que, en la Edad Moderna –en buena medida, también a finales de la Edad Media–, la identificación entre voz del pueblo y voz de Dios sirvió para legitimar y consolidar algunas democracias parlamentarias nacientes. A la manera del designio divino, la voz del pueblo debía ser escuchada. Pero no es menos cierto que dicha identificación abre la vía a una degradación de la democracia – a una democracia de la audiencia en la que el «pueblo», sin restricciones, tendría la última palabra: a eso llamamos «populismo»– que pone en cuestión el Estado de Derecho y la sociedad abierta. «La algarabía de la plebe», por decirlo a la manera de Alcuino de York. En España, por ejemplo. ¿La plebe? Para nuestro erudito, que escribe su carta en el año 798, el término «plebe» apunta a «plebs» o «plebis», es decir, al plebeyo en oposición al patricio. Al pueblo llano –con todos los matices que se quiera–, diríamos hoy. A la masa, también con los matices que se quiera, por utilizar la terminología sociológica.

Sacando a colación a Elías Canetti («Masa y poder», 1960), en España está emergiendo una «masa abierta»: «La masa que de pronto aparece… el movimiento de unos contagia a los otros… la masa ya no se conforma con piadosas condiciones y promesas, quiere experimentar ella misma el supremo sentimiento de su potencia… la masa nunca se siente satisfecha… mientras exista un hombre no incluido en ella, muestra apetito… la destrucción de imágenes que representan algo [el “sentimiento de destrucción” es característico de la masa] es la destrucción de una jerarquía que ya no se reconoce».

Si Elías Canetti brinda la teoría, los indignados de vieja, nueva y novísima generación –muchos de ellos sobrevenidos a golpe de oportunismo político y electoralista- redactan el programa. En pocas palabras, España se ha convertido en el laboratorio del populismo en Europa. Una pléyade de publicistas diversos –políticos, periodistas, opinadores, intelectuales, agitadores- proclama la buena nueva y la nueva fe a los españoles. La lista es larga: democracia genuina, desobediencia civil, revocación de mandatos, referendos vinculantes, reeducación en el raciocinio, abandono del euro, presupuestos participativos, nacionalizaciones, reversión de los recortes, expropiación y socialización de las empresas energéticas, no al despido, paralización de los expedientes de desahucio, fin del régimen de concertación con la enseñanza privada, impago de la deuda ilegítima, fondo de restitución para compensar a los países empobrecidos por el neoliberalismo, derogación de la legislación de extranjería, software y redes libres, desmercantilización de la cultura, no a la aguerra y fuera de la OTAN. Ahí tienen ustedes el libreto del populismo español de última generación. Un buen ejemplo de «la algarabía» de Alcuino de York. Una buena muestra del «todo lo que pidas te daré» propia del populismo. Ese populismo que usa y abusa de la palabra, que inventa la verdad, que fustiga sistemáticamente al disidente convertido en enemigo del «pueblo», que degrada la política convirtiéndola en antipolítica, que aplaza el examen razonado de la realidad, que promete – lowcost, por supuesto– la redención del género humano. Un populismo fundado en convicciones que no toleran la discrepancia. Un populismo absolutizador, excluyente y moralista. Un populismo que se autoverifica y autolegitima y deviene un prejuicio. Y el prejuicio condiciona las convicciones hasta generar nuevas convicciones y propuestas que conducen al integrismo de rostro humano y llevan – la destrucción de la cual habla Elías Canetti– a la quiebra y el aislamiento. Difícilmente se encontrará, en la cultura occidental, una manifestación tan singular –híbrido del movimiento indignado y de la izquierda retroprogresista– de demagogia salvapueblos y salvademocracias.

La pregunta. ¿Por qué ocurre lo que ocurre? La crisis y sus consecuencias. La desafección política. Todo ello da lugar a una suerte de «contrademocracia» (Pierre Rosanvallon) en la cual aparecen diversas figuras –pueblo vigilante, pueblo veto, pueblo juez– que acaban obstruyendo la política y conducen a una «impolítica» que paraliza la política y cuestiona la democracia. Una vía abierta al populismo. Hay más: el populismo gana enteros, porque señala culpables –no adversarios, sino culpables– y encuentra soluciones fáciles y rápidas; porque aumenta y afirma la autoestima –esa «fatal arrogancia» de las izquierdas, diría el clásico– de quienes están convencidos de formar parte de las fuerzas del bien; porque retorna el rousseaunismo más ingenuo que sostiene que las normas debilitan el ser humano y sus relaciones con el prójimo; porque ofrece un estilo de vida y una misión que realizar; porque brinda un ideal que compensa las fatalidades de una realidad dolorosa; porque da oportunidades de vida y sentido a la vida. Y eso fascina. Atrae. «El movimiento de unos contagia a los otros», decía Elías Canetti. Pero no es oro todo lo que reluce. ¡Cuánto orgullo enfermizo existe en un populismo que, con la intención de construir un mundo mejor, conduce a un mundo peor! El populismo recuerda la figura de aquel príncipe Mishkin –protagonista de una conocida novela de Dostoievski– que, retratado como la expresión y representación del bien –franco, cordial, noble, humilde, virtuoso, dialogante, comprensivo, compasivo, próximo, entrañable–, acaba extraviado por culpa de sus bajas pasiones. Un Mishkin hoy renacido –«nunca satisfecho», en palabras de Elías Canetti– que corre el riesgo de extraviar, también, a sus conciudadanos. En España, por ejemplo. Thomas Jefferson: «El precio de la libertad es la eterna vigilancia». Cuando el populismo gana espacio, cuando la voxpopuli pretende ser la voxDei, cuando la democracia de la audiencia y el «pueblo» arremeten contra la democracia en nombre de una denominada democracia verdadera que puede acabar con la sociedad abierta, cuando la contrademocracia y la impolítica parecen tomar cuerpo, cuando retorna el discurso rabioso contra los ricos y la Casta a la manera de Savonarola, cuando los redentores aparecen de nuevo, cuando eso sucede, conviene recordar el mensaje de Thomas Jefferson. Defender la libertad. Defender la democracia. Con la política, sí. Pero, también, con las ideas. Son las ideas las que guían la acción del hombre y determinan el objetivo que alcanzar y los medios que utilizar. No se puede perder la batalla de las ideas. La democracia no puede perder la batalla de las ideas. Estos son sus poderes: Estado de Derecho, Constitución, libertades fundamentales, cumplimiento de la ley, seguridad, responsabilidad, mínimo moral irrenunciable. Y ese escepticismo epistemológico que requiere mirar con cuidado y examinar atentamente antes de tomar cualquier decisión o emitir juicio. Solo así podremos conjurar la algarabía que amenaza con envolvernos y confundirnos.

Miquel Porta Perales, escritor.

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