La amenaza a la democracia eres tú

Es imposible no hacer click. En tu muro de Facebook, a cambio de rellenar un sencillo test, una aplicación promete desvelarte qué personaje de Los Simpson eres. ¡Y gratis! Con un pequeño peaje: ceder tus datos y los de tus amigos al desarrollador de la aplicación. El desarrollador se llama Cambridge Analytica y su principal interés es trazar perfiles psicológicos para detectar un cierto tipo de votantes, los más influenciables; los que podrían, pongamos por caso, condicionar unas elecciones o un referéndum. Con ese pequeño intercambio de información, tú compruebas que eres igual que Bart Simpson y Cambridge Analytica sabe, por ejemplo, que te preocupa la inmigración.

De esta manera, recibirás enseguida contenido propagandístico especialmente diseñado para reforzar tu idea de que la inmigración es un grave problema, a la vez que soluciones fáciles en forma de candidato o eslogan político. Ahora imagina este proceso con los datos de millones de personas. El resto es historia: el candidato/eslogan gana y todo el mundo se pregunta cómo pudo pasar.

El gran hackeo, el documental de Netflix que indaga en el caso Cambridge Analytica, pone de manifiesto cómo las corporaciones tecnológicas comercian con los datos, sin indagar sobre las intenciones que hay detrás, y cómo se utilizan de forma opaca; cómo esos datos permiten hipersegmentar las audiencias y lanzar estrategias de comunicación política –¿propaganda, manipulación?– de gran impacto; y cómo este proceso podría corromper las normas básicas de la democracia, amenazando su supervivencia y colocando a los ciudadanos en una situación de extrema vulnerabilidad y enfrentamiento.

Son los ciudadanos los que abren libremente una cuenta de Facebook, completan el test, comparten información de dudosa credibilidad y, finalmente, ponen un voto u otro en la urna. Sin embargo, el documental, siguiendo la línea condescendiente o conspiranoica de otros trabajos sobre los riesgos del Big Data, pone todo el foco de la responsabilidad en Facebook y en las empresas que se aprovechan sin control de las posibilidades de la tecnología y el tratamiento de los datos. Pero, ¿y los ciudadanos?, ¿acaso no tienen ninguna responsabilidad en esta situación? Resulta inquietante la ausencia de crítica al papel que juegan los ciudadanos en este proceso de degradación de la democracia. Obviar la responsabilidad de una parte fundamental del problema no sólo limita el análisis, sino que necesariamente reduce las soluciones; a veces igual de dañinas que lo que se pretende denunciar y arreglar, como la censura.

Toda la corriente de investigación de la Economía del Comportamiento, con Daniel Kahneman y Richard Thaler (ambos premios Nobel) a la cabeza, han demostrado que los ciudadanos no toman decisiones de forma completamente libre y racional. Es un hecho, somos vulnerables. Y todavía más cuando los que pretenden influirnos tienen toda nuestra información. Pero eximir de responsabilidad a los ciudadanos con el argumento de que somos fácilmente manipulables supone caer en la trampa de la indefensión aprendida: como somos vulnerables y estamos en manos de poderes oscuros y lejanos, no tenemos ninguna posibilidad de cambiar la situación y, por tanto, para qué lo vamos a intentar.

En su ensayo De la ligereza, Gilles Lipovetsky habla de la ciudadanía light, ciudadanos que no participan ni se vinculan a las grandes organizaciones políticas y parecen inclinarse por la defensa, más o menos militante, de una u otra causa, a veces sólo modas pasajeras. En las democracias liberales, la abstención ha crecido en las últimas décadas al mismo ritmo que la volatilidad electoral. Aunque se habla mucho de política, se advierte una banalización de lo político; un interés más centrado en lo anecdótico, lo inmediato, lo ligero. Esa tendencia adelgazante parece también liberar a los ciudadanos del peso de su responsabilidad política, esto es, cívica. Y tal vez de manera inconsciente, esa ligereza irresponsable se asume de manera automática a la hora de denunciar los excesos recientes de la influencia de la tecnología en procesos electorales, entre otros síntomas que amenazan a la democracia.

Esta sobreprotección resulta tremendamente cómoda para el ciudadano. Su cerebro resuelve fácilmente la disonancia cognitiva entre «la democracia está amenazada» y «yo tengo parte de responsabilidad». Requiere mucho menos esfuerzo echarle la culpa a otro, especialmente a un otro corporativo, abstracto y poderoso. Una vez en nuestra mente, el sesgo de confirmación provocará que busquemos evidencias que confirmen nuestra creencia, como el documental El gran hackeo.

A medio plazo se genera un círculo vicioso que afianza el problema. El documental (o el libro, o el artículo, o la serie) triunfa y aparece en tus redes sociales. Es imposible no hacer click. Refuerza tu postura y simplifica una realidad compleja, haciendo que te sientas cada vez más vulnerable. Esta sensación de vulnerabilidad ahonda en la incertidumbre y exiges medidas ya. Los poderes públicos son incapaces de regular, precisamente porque se trata de una realidad compleja que va por delante de sus lentos mecanismos y procesos legislativos. Pero tú quieres respuestas, por lo que, a falta de medidas profundas, los políticos tiran de discurso fácil –¿propaganda, manipulación?–, anunciando medidas contundentes contra las empresas y los empresarios; prohibiciones, límites, sanciones. Y la rueda del miedo, la ira y la división se pone de nuevo en marcha. ¿Te das cuenta?

La solución pasa por equilibrar la balanza de la responsabilidad. Podemos aceptar la idea del ciudadano-pelele, sin ninguna capacidad crítica, influenciable y manejado a su antojo por malvadas corporaciones y/o interese políticos. Pero entonces, sería lógico concluir que el origen del problema está en los propios ciudadanos y, por tanto, en el sistema que les da poder. Defender la democracia supone entender que somos los ciudadanos los principales encargados de protegerla, de manera activa y con la debida diligencia; con responsabilidad y esfuerzo ciudadano, el de informarse, pensar, preguntar, escuchar y entender al que no piensa como nosotros.

Pregúntatelo, ¿y si la amenaza a la democracia eres tú?

Fernando Carruesco es experto en estrategia, márketing y comportamiento del consumidor.

1 comentario


  1. No existe lo correcto sin confrontación al error. No existe (o sea, no existen posibilidades de existencia) un bien sin una CONFRONTACIÓN ÉTICA al mal que impide a ése bien. Así es. Las buenas intenciones son papel mojado, estafa o, en suma, un cruel equivocar a los demás; al igual que las promesas o los buenismos o los positivismos o los maquillajes subliminables o las retóricas que conducen siempre a la confusión de lo más esencial.
    Los que utilizan algo parecido a lo que ha dicho ya Pablo Iglesias (de Podemos), en EL OBJETIVO (LaSEXTA) «No me gustan que sufran los animales, pero que lo decida el pueblo» como un decir «no quiero ése mal, pero me lavo las manos» siendo la gran mentira que también utilizan todos para una cosa u otra. El lema de fondo es: No me gusta que Jesucristo esté crucificandose, ¡pero no puedo hacer nada o no voy a hacer nada! Sí, al final lo que ocurre es que no se mueve nadie PARA CONFRONTARSE a un mal, ni nadie dando la cara y ofreciéndose a moverse ya y a hacer todo lo racionalmente necesario PARA QUE NO SIGA UN MAL. Miserablemente no se hace lo correcto-equilibrado, porque las retóricas de todos (en tanta falsedad) ganan. Yo no quiero que la democracia se deteriore (dice cada uno), pero !yo no puedo hacer nada!, he ahí la gran mentira. José Repiso Moyano

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