La América ‘trumpista’

Tanto en Europa como en Estados Unidos muchos imaginábamos -como quien se recrea en el guión de una disparatada película- lo que sería el mundo si Trump ganara las elecciones americanas. Más aún, anticipábamos ya los chistes, una vez pasadas las elecciones, de lo que habría sido América y el mundo si hubiera ganado Trump. No era para menos. Sus comentarios abiertamente obscenos sobre las mujeres, sus disparatadas exageraciones, sus inconcebibles palabras hacia los mexicanos, sus planes de construir un muro de separación con México y tantas otras cosas que salían de su boca sonaban verdaderamente caricaturescas.

Hasta el día anterior a las elecciones el mismísimo New York Times -siempre tan ecuánime, cauto y estricto en sus estimaciones- daba a Clinton, según el resultado de sus sondeos, una probabilidad de ganar del 84%. Después vendría el desconcierto y la perplejidad. Finalmente, lo impensable ocurrió.

Teniendo en cuenta la extrema importancia de la corrección política en Estados Unidos, particularmente en las altas esferas del mundo académico y de la política, que una persona con las opiniones y modo de expresarse de Trump pudiera llegar a ser candidato presidencial, y no digamos presidente, es algo que en la América intelectual e ilustrada se habría descartado por disparatado. Trump aparece en el mundo de la política americana como el ricachón que se permite ir a una fiesta de gala en vaqueros, manga corta y mal afeitado. ¿Cómo se explica entonces y, sobre todo, qué pone de manifiesto el triunfo de Trump?

Trump personaliza a la América áspera. Es el americano que “no se anda con tonterías”, concepto éste que cala muy profundo en la mentalidad popular americana. Muchos entre la población “blanca”, y sobre todo entre hombres, se identifican con el modo de expresarse de Trump, tan espontáneo y falto de moderación. Su mensaje y fluctuante programa político contienen, como es bien sabido, una curiosa mezcla de liberalismo y conservadurismo reaccionario, y están salpicados de desmesuradas exageraciones carentes de base, impropias de una persona en su posición.

El nuevo presidente está, por ejemplo, totalmente a favor de la igualdad de gays y lesbianas (algo que choca frontalmente con el tradicional posicionamiento republicano sobre esta cuestión), y al mismo tiempo quiere restringir drásticamente la inmigración y la entrada de refugiados políticos e imponer medidas preventivas y en gran medida indiscriminadas a la entrada de musulmanes. Y, como si tal cosa, alega sin prueba de ningún tipo que “millones” de ilegales votaron en las últimas elecciones (por Clinton, claro). Ni más ni menos.

Ese tipo de alegaciones sin fundamento tienen su lugar propio entre amigotes mientras se toman unas cañas, pero que sea el nuevo presidente de Estados Unidos quien las hace es profundamente preocupante por lo que parece augurar. En última instancia, lo realmente alarmante es que, pese a decir a lo largo de la campaña presidencial cosas igualmente insostenibles (por ejemplo, que si los resultados de las elecciones no le daban la victoria no los aceptaría) obtuviera suficientes votos para alcanzar la Presidencia.

Los votantes norteamericanos, como los de todas partes, salvo los más ideológicamente radicalizados, se dejan llevar a partes iguales (seamos optimistas) por las ideas y las apariencias: la imagen, el tono de voz y tantos otros elementos aparentemente triviales, pero que todo político que se precie cultiva con exquisito cuidado pues sabe que más votos le pueden depender de eso que de sus propuestas legislativas.

El tono espontáneo de Trump engancha al americano medio -insisto, particularmente al «blanco»- pues habla como muchos hablan en casa, de puertas adentro, donde no hay que tener en cuenta la corrección política. Es una persona que, en la crudeza de sus palabras, proyecta sinceridad y contundencia. No es parte de esa élite de lenguaje sofisticado a la que pertenecen todos los demás políticos, y de modo muy prominente los Clinton. Es, en última instancia, un infiltrado en el mundo de la política.

No es la primera vez que un voto democrático da lugar a lo demencial. Tristes ejemplos sobran, y los más terribles de ellos en la Europa del siglo pasado. Aún es temprano para predecir qué dimensiones puede llegar a adquirir el fenómeno Trump, aunque ya las primeras decisiones que ha tomado carecen de toda mesura. Especialmente preocupante es el grupo de personas que ha colocado en los puestos cruciales de la administración. En muchos casos se trata de individuos cuyas trayectorias e ideologías les sitúan en los márgenes de una sociedad abierta y democrática. Y una cosa es segura: ellos no comparten la patética ingenuidad del presidente. Con Trump en sus garras, pueden llegar a causar una grave crisis internacional.

A la vista de lo que se ve venir, es fácil augurar que la era Trump seguramente dará lugar a un importante retroceso en la conquista de la igualdad por parte de las minorías en Estados Unidos. Trump, indirectamente, alimenta un exclusivismo encubiertamente racista y condescendiente que está presente incluso en la América ilustrada, pero que ahora con toda probabilidad se afirmará y manifestará de modo contundente como parte de la ideología trumpista.

Las clasificaciones raciales son omnipresentes en Estados Unidos. Por ejemplo, en el momento de firmar un contrato de trabajo uno tiene que rellenar documentos en los que se clasifica racial o étnicamente. Ello se hace con el aparente objetivo benevolente de conocer el nivel de representación de las minorías en el ámbito laboral e intentar introducir medidas correctivas si fuera necesario. Una consecuencia indeseada, sin embargo, es que a base de clasificar continuamente a las personas por su raza o etnia se perpetúa un discurso racial en la sociedad. Y créanme, de racial a racista hay muy poca distancia.

De entre las numerosas categorías etno-raciales entre las que uno debe clasificarse, “blanco” es la más exclusiva de todas, hasta el punto de no incluir a personas de origen español, da igual cuál sea su color de piel. De hecho, en el impreso en que uno debe marcar el grupo etno-racial a que pertenece el casillero correspondiente a “blanco” aclara entre paréntesis : “Not of Spanish origin” o “Not of Hispanic origin“. Da igual que un español o un argentino sea rubio y de ojos azules. Su Hispanic o Spanish origin automáticamente les convierte en no-blancos. Y créanme que eso tiene muchas consecuencias que el discurso de Trump -que llegó a acusar a un juez de prevaricación por su origen hispano- tenderá sin duda a acentuar.

Como otros comentaristas han señalado, la versión española de Trump serían un Jesús Gil o un Ruiz Mateos. Pero en España, al menos en la España de aquellos momentos, ninguno de los dos tenía posibilidad de llegar a presidente del gobierno. Pero si no hubieran tenido a sus espaldas lo que tenían, si las coordenadas socioeconómicas hubieran sido las actuales, y si un difuso apoyo popular les hubiera permitido competir por la candidatura de uno de los grandes partidos existentes (en vez de tener que crear sus propios partidos) la probabilidad quizás no hubiera sido tan remota como pudiera parecer a primera vista.

No era la primera vez que un multimillonario se lanzaba a la carrera por la Presidencia de Estados Unidos. Ya en los 90 lo hizo Ross Perot, un archimillonario tejano, que llegó a generar una especie de culto en torno a su figura: exigía incluso juramentos de lealtad. También el mensaje de Perot (que intentaba obtener la candidatura republicana) era populista aunque menos extremo y discordante que el de Trump. Pero su imagen y tono eran más elitistas, y carecía de la candidez y espontaneidad con que Trump dice sus disparates.

La América profunda, esa América prejuiciosa, racista y arrogante, ve a Trump como uno de los suyos. Pero en su forma esencial, la América profunda es minoritaria. Los que han votado a Trump son muchos más. Trump expresa de modo contundente ideas hasta ahora vetadas en el manual de corrección política norteamericano. Finalmente se ha descorrido el telón.

Juan A. Herrero Brasas es profesor de Ética y Política Pública en la Universidad de California.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *